CAPÍTULO 24
ROSE
—Hola, Rose —dice Drake mientras acaricia el pequeño brazo de Charlie, y algo dentro de mí se marchita.
—Drake —respondo con el corazón en la garganta. Mi voz suena tranquila, aunque mi cuerpo recuerda lo que me hizo. No con excitación, gracias a Dios. Sino como se recuerda a un hombre que quiso hacerme daño. La reacción de mi cuerpo al ver a Drake sosteniendo a Charlie es instantánea.
El miedo, disfrazado de adrenalina, recorre mi cuerpo como un incendio forestal.
—Quiero que te vayas. —Mi voz sale entrecortada; tengo las palmas húmedas.
—Claro. Solo estoy saludando a mi chico.
Charlie frunce la cara confundido, un pequeño pliegue de piel se forma entre sus ojos.
—Soy el chico de Rose. Y de mi mamá, en el cielo —dice con vocecita pero seguro mientras cruza los brazos sobre su estrecho pecho.
Drake arquea una ceja.
—¿En serio? Bueno, hay gente aquí que también te quiere, Charlie.
Él asiente con entusiasmo.
Mis pies se mueven; la necesidad de protegerlo es mayor que mi miedo.
—Hora de dormir, Charlie —digo con voz alegre y el alma oscura.
Drake sonríe con malicia mientras acaricia la cabeza de Charlie.
Si alguna vez me pregunté si realmente era madre, esa incertidumbre se desvaneció en ese momento.
—¡Ajá! —Charlie cruza los brazos y deja que sus piernas se balanceen desde el regazo de Drake.
Parece imposiblemente pequeño. Frágil.
—¡No quiero ir a la cama, tía Rose!
—Sí, Rose. Charlie no quiere ir a la cama. —La voz de Drake me acaricia con amenaza.
Sin apartar la mirada de Charlie, no dejo que Drake vea mi estremecimiento.
—Mala suerte, ha sido un día largo y nos vamos, compañero.
Me inclino.
Drake tiene los ojos clavados en mis pechos.
Cabrón.
Levanto a Charlie en brazos, y en los tres segundos que tardo en hacerlo, pienso que Drake le hará daño.
Me hará daño.
A nosotros.
Los ojos espeluznantes de Drake nos siguen hasta la puerta y por el pasillo.
Bajo a Charlie al suelo y le quito las zapatillas, los vaqueros y la camiseta en tiempo récord, dejándolo en calzoncillos.
Se agarra el pene.
—Tengo que hacer pipí.
Vaya. Miro hacia la puerta. Drake no nos ha seguido.
Una de las ventajas de nuestra casa es que los dos dormitorios tienen baño privado.
Charlie va correteando descalzo por el suelo de madera pulida.
Oigo cómo la orina cae casi toda dentro de la taza y luego el sonido de la cisterna.
Vuelve corriendo con una sonrisa.
—¿Tía Rose? —pregunta frotándose un ojo.
—¿Sí? —digo con el corazón acelerado. Drake está en mi cocina.
El asesino de Anna.
—¿Quién es ese tipo?
—Un amigo —digo, tragándome la mentira hasta el fondo, enterrándola en el cementerio con las demás.
—Ah —dice, estudiándome la cara.
Me fuerzo a sonreír, me inclino para besarlo y me levanto, retrocediendo.
—Buenas noches, gusanito.
Charlie pone cara de terco.
—Prefiero cariño.
—Lo sé. —Le lanzo un beso y cierro la puerta.
Me tiemblan los dedos cuando oigo el pestillo encajar.
Me doy la vuelta.
Drake está justo detrás de mí.
Me tapa la boca con la mano y me levanta del suelo, arrastrándome a mi dormitorio. Me arroja sobre la cama.
—No grites, joder, Rose. No querrás despertar al niño.
Niego con la cabeza.
—¿Por qué?
Drake cierra la puerta.
—Sé, sé que no harás lo que quiero. Eres una zorra terca, igual que tu puta hermana.
Cada vez que menciona a Anna, la herida de su muerte se reabre. No existe palabra lo bastante grande, lo bastante oscura, para explicar mi odio hacia Drake.
Sonríe con desprecio.
—Desnúdate, perra.
Me levanto. Odiándolo. Sabiendo que no puedo llamar a la policía. Que no hay ayuda.
Alejé al único hombre que podría haberme ayudado, porque estaba tan malditamente segura de que podía con esto y no quería complicaciones con la banda de moteros.
Drake se cierne sobre mí, usando su tamaño para intimidarme.
¿Por qué Drake me parece tan aterrador si no es ni de lejos tan grande como Noose, mientras que el tamaño de Noose solo me hace sentir segura?
Me arranco la camiseta ajustada que me prestó Crystal y la dejo caer a mis pies. El sujetador es apenas una tira que sujeta mis enormes pechos como una tirita sobre un rasguño demasiado grande.
A Drake le gusta lo que ve.
—Nada de tías planas para mí. Tienes las mejores tetas que he visto en mi vida.
Su erección presiona contra la tela de los vaqueros como un poste obsceno.
Una lágrima solitaria traza un rastro ardiente por mi mejilla.
—Violador —susurro.
Entorna los párpados.
—Te gustó lo que te hice, Rose.
—Tienes razón, una mujer inmovilizada que sabe que no puede escapar mientras un hombre le trabaja el cuerpo sin parar, sí, al final habrías destrozado mi cuerpo. Pero nunca me tendrás a mí. —Me llevo el pulgar al pecho, con las lágrimas dejándome medio ciega de dolor. De rabia.
—No te quiero a ti —dice, metiéndose un dedo hasta el fondo de la boca. Lo mete y lo saca, parodiando el sexo.
Camina hacia mí y retrocedo hasta que mis muslos topan con el borde de la cama.
Me estampa ese dedo húmedo en la frente. —Eres mía para tomarte. Mía para jugar contigo. Mía para follarte. Solo mía.
—No pienso darte a Charlie.
La mejilla todavía me palpita donde me golpeó hace horas. Como si hubiera sido hace segundos.
Desliza el dedo húmedo desde mi sien hasta la mandíbula. —Lo sé.
Me estremezco y me aparto de su tacto repugnante.
Me empuja sobre la cama, quizás con la misma fuerza con que empujaría a otro hombre.
Me quedo sin aire.
Drake cae sobre mí.
No puedo no luchar. Levanto la pierna, intentando alcanzarle las pelotas.
—No, no, Rose —sonríe.
Veo algo entre sus dientes y se me revuelve el estómago. Su aliento apesta a tabaco de mascar.
Una necesidad repentina de Noose me invade y jadeo, tomando una bocanada de aire.
Drake me pellizca el pezón y grito, mordiéndome el labio.
No quiero que Charlie vea esto.
Drake saca algo del bolsillo.
Medias de nailon.
Entrecierro los ojos al recordar lo que Noose le hizo a Drake. —¿Cómo tienes el cuello, Drake? —escupo.
Ladea la cabeza hacia la izquierda. —Sobreviviré, pero de eso va esta visita, Rose. No podemos dejar que los de Road Kill metan sus pollitas donde no deben. Podrían cortárselas.
Me has castrado, Rose. Las palabras de Noose me persiguen.
Parpadeo para contener las lágrimas. Se me escapan de todos modos.
Drake las observa, claramente impasible. —¿El cabrón grande de la cuerda? Lo voy. A. Destrozar —Drake sonríe.
Me encojo.
—Primero, ya que parece que le ha cogido gusto a tu coño, voy a asegurarme de que sepa que no es suyo para tomarlo.
Me mete un dedo por los vaqueros y cierro las piernas con fuerza.
—¿Te lo follaste, puta? —pregunta, respirando pesadamente contra mi cara mientras su dedo se abre paso hacia mi sexo.
—Te apesta el aliento, imbécil —me escurro de debajo de él.
Encuentra mi parte más blanda y empuja dentro de mí.
Gimo.
—¿Lo hiciste, zorra?
Niego con la cabeza, lo que sea con tal de que saque el dedo de mí.
Retira el dedo y mi alivio es tan grande que no puedo respirar ni pensar. Drake me ha hecho darme cuenta de que solo hay un hombre al que quiero dentro de mí.
Y le dije que se fuera.
Drake se pone de rodillas y me agarra del cuello. —No hables ni respires, perra.
Aprieta la mano.
Con la otra me quita los vaqueros y luego las bragas. Mi coño queda expuesto ante él.
Con Noose nunca me sentí expuesta, solo desnuda.
Con un chasquido rompe el horrible sujetador y mis pechos quedan libres, rebotando con el movimiento.
—Joder —Drake se ajusta la erección bajo los vaqueros y me suelta el cuello—. Esto va a ser lo más difícil que he hecho en mi vida.
Usando los cuatro postes de madera, me ata piernas y brazos hasta dejarme en cruz sobre mi propia cama.
—Perfecto.
—¿Qué haces? —pregunto con voz ronca.
—Dejar un mensaje, perra. Por desgracia, es más importante que mi erección.
Rebusca en mi tocador antiguo. El baño no es lo bastante grande para todo mi maquillaje, joyas y demás, así que lo guardo todo en la pequeña cómoda de madera con espejo grande. Coge un pintalabios de la superficie.
—Rojo puta. Precioso.
Salta a la cama y se sienta a horcajadas sobre mi cintura.
Tiro de las ataduras. Ceden pero no se aflojan.
Drake dibuja entre mis pechos.
Cuando termina, se incorpora y examina su obra en mi cuerpo.
—Ese cabrón va a flipar. Creo que estoy enamorado —se lleva la mano a la herida del cuello.
Sonrío al ver la prueba de la violencia de Noose.
Drake camina hacia mi mesita de noche sin dejar de mirarme. Me observa durante mucho tiempo. Minutos.
—Te follaré. Cuando recupere a Charlie, te follaré cuando me dé la gana —parece estar convenciéndose a sí mismo.
—Será una violación, Drake. Si esa es la única forma en que puedes acostarte con una mujer, eres más patético de lo que pensaba.
Su sonrisa es de suficiencia. Segura.
Tengo miedo.
Drake alarga la mano y me pellizca el pezón.
Jadeo de dolor.
Un dedo se desliza hasta mi ombligo antes de bajar. Se hunde entre mis pliegues, roza mi clítoris y llega hasta mi entrada.
—Tan estrecha. Tan húmeda —su dedo se queda ahí, sin entrar. La cara de Drake es una máscara de contención—. Al menos —dice en voz baja—, eso es lo que recuerdo.
Las lágrimas me corren libremente ahora. —Vete —las palabras me salen ahogadas.
Drake se limita a asentir mientras retrocede hacia la puerta. —Claro que sí… puta.
La puerta de mi dormitorio se abre y se cierra.
Unos segundos después, oigo que la puerta principal hace lo mismo.
Me quedo ahí tumbada, desmoronándome de miedo y rabia. La vergüenza no se queda atrás. Un minuto entero después, me doy cuenta de que no tengo forma de liberarme de estas ataduras de medias.
Tiro de ellas.
Aprietan.
Estoy atada y la única persona que podría ayudarme es un niño de cinco años que duerme, pero jamás querría que me viera así.
Cierro los ojos. Agotada. No sé cuánto tiempo paso ahí tumbada en la semioscuridad. ¿Diez minutos?
Un ruido me hace abrir los ojos.
«Dios mío, ha vuelto. Me violará de todos modos». No puedo evitar el gemido de dolor que escapa de mis labios.
Pero no es Drake.
Noose está frente a la ventana de mi dormitorio, con una cortina transparente que se arremolina a su alrededor como una capa de gasa. La luna por fin ha salido e ilumina con dureza cada uno de sus rasgos.
Y la expresión de su rostro me da miedo por primera vez.
«Si las miradas matasen» no es una frase vacía, después de todo.
Noose la lleva puesta ahora.