Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

NOOSE

—Ay, ¡joder! —le doy un manotazo a la mano que me está cosiendo el cuero cabelludo.

—Deja de quejarte, nenaza —Doc pasa de mí y me clava otra vez la aguja. Escuece como el demonio. Una abeja. Lo que sea.

Eso siempre pasa cuando alguien te hurga en una herida abierta.

Exhalo con rabia y cruzo los brazos, apretando literalmente los dientes durante todo el calvario.

—Ya está —dice con retintín, claramente satisfecho con su trabajo—, solo diez puntos.

—He tenido más.

—Sí, pero esta no era una buena herida, Noose.

¿Qué herida lo es?

—¿Listo, nenaza? —pregunta Snare.

Le hago una peineta mientras bajo de un salto de la mesa donde tenía el culo plantado durante ese divertido numerito.

—Sí.

Salimos de la mini-enfermería que tenemos en el club y nos dirigimos a la sala grande donde celebramos las reuniones. Snare abre la puerta y entra.

Vince está sentado a la cabecera de la mesa de los Road Kill MC, que ocupa casi toda la longitud de nuestra sala de reuniones sin ventanas.

Me recorre con la mirada, deteniéndose en la herida de la cabeza. —Parece que arreglaste las cosas con tu chica.

Me dejo caer en mi asiento. Tamborileo con los dedos sobre la madera brillante de la mesa durante unos segundos. —Sí.

—Snare me cuenta que Chaos se la llevó y te dio un golpecito cariñoso en el coco.

Recorro con la mirada los rostros reunidos. La mayoría se unió después de mí, algunos antes. Todos son mis hermanos. Algunos estuvieron conmigo en Afganistán.

Las emociones me incomodan. Tengo que mantener los sentimientos a raya.

Por desgracia, Rose hizo añicos mi compostura como un martillo contra el cristal. Un minuto vivo para montar en moto, follar y meterme alcohol entre pecho y espalda.

Al siguiente, aparece Rose. Ahora todo se divide en «antes de Rose» y «después de Rose».

—Lo arreglé.

—Pues suéltalo. Tenemos que saber dónde estás antes de saber adónde vamos, Noose.

Miro a Vince. Tiene bien puesto el gorro de Prez, y sé que no me va a respaldar a menos que admita la verdad. —Quiero que sea mi propiedad.

Snare silba, y se oyen algunas risas socarronas alrededor de la mesa.

No estoy para bromas. Rose está bajo el tierno cuidado de Diablo.

Y su cuidado es brutal.

Me tenso. —Escuchad, cabrones. Rose tiene algún problema médico.

Hipo-no-sé-qué-mierda. Tiene que comer cada pocas horas.

A ese cabrón enfermo le importa una mierda ella, solo la quiere para vengarse porque tiene a su hijo.

Y Rose me da la impresión de ser lo bastante terca como para irse de la lengua con ese imbécil.

No va a reaccionar bien a esa boquita suya.

Una imagen de Rose gritando mientras Diablo la embiste surge en mi mente, y se me revuelve el estómago.

Los miro a cada uno a los ojos. —Le va a hacer daño. Puede que le esté haciendo daño mientras vosotros os reís de mi debilidad por querer a Rose.

Las risas se apagan como la llama de una vela sin oxígeno.

—Oye, tío, yo tengo una vieja. Estaría echando espuma por la boca si otro club tuviera a mi propiedad —Rider se encoge de hombros.

Estoy echando espuma. Intento no perder los papeles hasta que pueda poner un plan en marcha.

—Vale, así que vas a jugártela por ella, ¿verdad, Noose? Porque no vamos a poner en peligro lo que, en el mejor de los casos, es una alianza incómoda, solo para que puedas hacerte el caballero andante o alguna mierda así.

Asiento. Razonable. Horrible. Trago saliva con la garganta seca. —Sí, me la voy a jugar por ella.

—¿Merece la pena? —pregunta Lariat, nuestro contable.

Le lanzo una mirada. —Sí —bajo la vista. Aquí es donde la cosa se pone seria—. No está metida en la vida del club. No lo entiende. Diablo mató a su hermana y se libró untando a quien había que untar. Obviamente, no está de acuerdo con todo. Todavía.

Lariat se inclina hacia delante. Lleva el pelo castaño largo recogido en la nuca, y sus ojos verde pálido parecen clavarme al asiento. —Quieres a Rose como tu vieja, pero ¿puede que ella no esté de acuerdo?

Giro el cuello, intentando aflojar los nudos. Asiento.

Se recuesta y cruza los brazos.

Prez mira a los quince miembros reunidos. —Yo respaldo a Noose. Nunca se ha jugado el tipo por ninguna mujer que yo conozca. Joder, pensábamos que nunca querría un coño fijo —Vince se encoge de hombros—. Pero el contexto de la petición hace que el asunto sea más serio. Votemos.

—Todos a favor de la gilipollez de Noose…

Doce manos se alzan lentamente como banderas de carne por toda la sala. Tres no.

Lariat es uno de los que no. —Sabes que te quiero, hermano. Pero estamos salvando a una tía que puede que ni te quiera, tío. No puedo.

Vince se encoge de un hombro. —Sin problema. Cuando consigas una vieja, recordaremos que no necesitas nuestra ayuda si un club rival se la lleva por diversión —Vince sonríe con las cejas enarcadas.

Es más un gruñido animal silencioso que una sonrisa.

Lariat parece incómodo. —No me vais a acojonar. No quiero ninguna mujer para siempre. Solo un culo fácil y sin compromiso —inclina la cabeza.

Lo miro fijamente.

—Conduciré. Pero no voy a jugármela en primera línea por una mujer sin reclamar —declara Lariat.

Asiento. Se está poniendo de pie, más o menos. Da igual. Habría ido tras Rose pasara lo que pasara, me respaldara quien me respaldara. Nadie, todos. Lo que sea.

Snare se pone de pie.

—Te apoyo pase lo que pase. Creo que eres un imbécil demente, pero me apunto a tu locura.

Sonrío por primera vez en lo que parece una eternidad.

Prez golpea el mazo. Todos se ponen de pie.

Cada palmada en la espalda es como una píldora de energía que trago hasta el fondo, que me fortalece para lo que pueda encontrar.

Para lo que pueda hacer.

Los nudos ya se están formando en mi mente, entrelazándose en formas de asesinato.

Vince da un golpe en el mapa.

—Podemos darle al GPS hasta hartarnos, pero la realidad es que a este viejo le gusta un mapa por principio. Me da igual que la tía del GPS tenga un acento inglés sexy. No me gusta que me digan adónde ir. Me gusta saberlo —se golpea el pecho con el puño.

A mí no me importa que el móvil encuentre un sitio donde no he estado nunca. Pero bueno.

Snare mira por encima del hombro de Prez. Con su metro setenta y cinco, Vince es el más bajo de todos nosotros. Y el más valiente. Ha hecho cosas en la guerra que yo ni sabía que podían ocurrir.

Lo hizo. Lo vivió.

Su dedo grueso recorre una carretera que conozco bien. En la parte más oriental de Kent, la 132 atraviesa Fairwood entero hacia el norte. Antes de Renton, un montón de ramales salen como venas de la arteria principal. Kent es el corazón que late, y muchas de esas arterias van hacia el este.

Es donde pasa un montón de mierda.

—Estoy bastante seguro de que tienen un almacén viejo. En esta carretera —su dedo se detiene unos ocho kilómetros al este, saliendo de la 132.

Asfalto sin señalizar.

Ellos que miren el mapa. Yo abro Google Earth como quien saluda a un viejo amigo y pulso vista de calle.

Giro el móvil y digo:

—Parece que alguien lo ha estado cuidando.

Vince entrecierra los ojos, suspira y se saca las gafas del bolsillo delantero. Las abre de un tirón y se las coloca en el puente de la nariz.

Vuelve a mirar, estudiando la imagen de un camino lateral lleno de árboles, y se vuelve hacia Snare.

—Este es el único sitio de Chaos donde crees que tienen a la chica.

—Rose —digo, sin molestarme en suavizar el tono. Le doy una calada al cigarro y echo aros al cielo nocturno, intentando meter uno dentro del otro antes de que se deshaga.

Vince no dice nada.

Enciendo la linterna del móvil y la enfoco en el mapa. La luz del día se desvanece tan rápido que los trazos se han convertido en contornos borrosos.

—Estoy seguro, Viper —Snare clava el dedo en el mapa y luego señala hacia mí con el pulgar—. Diablo machaca a Noose y necesita llevar a Rose a algún sitio rápido antes de que despierte.

—¿Que despierte? —pregunto, irguiéndome.

Los hombres evitan mirarme a los ojos.

Soy. Un. Idiota. Pues claro que Diablo sometió a Rose.

—Lo siento, tío —Snare baja la barbilla—. Pensé que te habrías imaginado que probablemente la dejó inconsciente. Vosotros dos en el parque, testigos, todo el puto lío. No se puede sacar de allí a una tía que grita y forcejea tan fácilmente como a una inconsciente.

Asiento y le doy otra calada profunda. Retengo el humo en los pulmones como si fuera hierba. Lanzo un aro como un cañonazo y tiro la colilla al suelo. La brasa brilla como un ojo naranja hinchado y después parpadea hasta apagarse.

Los dedos se me cierran en puños mientras la sien me palpita al ritmo del corazón.

—Voy a matar a ese hijo de puta.

—No puedes, Noose —dice Vince.

Me vuelvo hacia él.

—Y una mierda que no puedo.

—Ahora mismo no es de tu propiedad. Diablo se la llevó antes de que hubiera ninguna reclamación. Es presa fácil. Una tía cualquiera en el lugar equivocado en el momento equivocado. Joder, ese cabrón seguramente piensa que es una zorra sin dueño, si es que piensa algo.

Controlo la respiración, intentando calmarme. Joder, joder, joder. Rose no es ninguna zorra.

Justo cuando lo pienso, pasa Crystal, la grava crujiendo bajo sus tacones de plataforma. Lleva las tetas subidas hasta el cuello, sobre una falda tan corta que con solo levantarla un poco se le vería todo.

—He oído que te han hecho pupa —se aparta el pelo rubio teñido de la cara y me pasa un dedo por el brazo mientras con la otra mano se toca el escote—. ¿Quieres que Crystal te lo bese para que se cure?

Pone morritos.

Me la quito de encima.

—No. Lárgate.

—Puedes besar el mío y curarlo —dice Snare, meneando las cejas tatuadas.

Le suelto un puñetazo en el estómago.

Se dobla, boqueando.

—Gilipollas —jadea.

—Céntrate —le siseo.

Me fulmina con la mirada mientras la risa de burra de Crystal nos sigue hasta el aparcamiento del club.

Los coches esperan al ralentí. El humo del escape se enrosca mientras nos acercamos a cuatro vehículos. En este viaje no habrá Harleys anunciando nuestra llegada. Eso no nos conviene.

Voy hacia la parte trasera de mi Nova del 72. El culo del coche parece cortado a hachazos. La carrocería tiene un surtido de abolladuras y golpes sin reparar, además de desconchones de pintura meticulosamente tapados con imprimación gris metalizado.

No compré este cacharro por su belleza, sino por el motor. Un Chevy Corvette 327 plantado en medio de todo ese acero. Este coche arranca y vuela.

Pero no me pongo al volante. Voy hacia el maletero achaparrado. Pequeño comparado con otros, pero lo bastante grande para meter un cuerpo.

Levanto la tapa y repaso mi arsenal. Cuerdas de todos los largos y grosores, cuidadosamente enrolladas y anudadas. Cada una tiene un uso diferente.

Matar con cuerda es íntimo, como el combate con cuchillo. No puedes matar a alguien fácilmente a distancia con ninguna de las dos cosas, aunque si sabes lanzar una hoja con precisión, eso te puede sacar de un apuro.

No estaré en un aprieto.

Estaré detrás de Diablo, asfixiándolo hasta matarlo.

Snare se mueve a mi derecha, observando todas las cuerdas prolijamente anudadas.

Suelta una risita.

—Parece un montón de cuerdas para amarrar mierda en la parte trasera de una camioneta.

Para mí no.

Cada cuerda posee una fibra distinta, un nudo diseñado específicamente para adaptarse al material y a la necesidad.

Mis ojos acarician un tramo corto de cuerda, anudado en ambos extremos. Los nudos son lo bastante grandes para que mis puños cerrados no resbalen más allá. La fibra es ligeramente abrasiva. Lo justo para agarrarse a la carne.

Barba áspera. Tendones.

Quien esté debajo de mí sentirá el ardor de mis cuerdas.

La presión de mis nudos.

El poder de mi voluntad.