CAPÍTULO 13
ROSE
Muevo la cabeza.
Mi estómago se rebela de inmediato y ruedo hacia un lado para vomitar. El dolor me estalla en la cabeza mientras devuelvo sin control.
Me alejo arrastrándome del desastre humeante que acabo de provocar y me paso una mano temblorosa por la boca.
—Joder, Diablo. Te has pasado de la raya: ¿secuestrar a una ciudadana? Una a la que pueden… —le grita a Drake un hombre cuya voz no reconozco.
—Cierra tu puto pico, o lo haré yo.
Abro los ojos. Veo borroso, así que los cierro.
Cuando los abro, Drake y otro tipo están discutiendo. Parpadeo y toso.
Los dos se vuelven hacia mí.
—Ha vomitado por todas partes. Joder, —suelta Drake.
—Probablemente le has provocado una puta conmoción cerebral, imbécil. No puedes golpear a una mujer como a un hombre.
Qué bien saber que hay que dosificar la fuerza cuando se maltrata a una mujer.
Me incorporo como puedo y me arrastro hasta la pared más cercana, a solo un metro de distancia. Apoyo los hombros contra el hormigón frío y reprimo un suspiro de alivio. Estar erguida es mucho mejor.
Tumbada en el suelo con un círculo de vómito a mi alrededor, estoy a merced de Drake. Y que yo sepa, Drake no tiene ninguna.
El otro hombre me mira de arriba abajo. Ojos marrones y cabello oscuro enmarcan un rostro demasiado angular para ser guapo, pero difícil de olvidar.
No es que quiera que nadie me preste atención aquí.
—Está buena, incluso con el vómito.
Oh, Dios.
Drake resopla.
—Sí. Pero es un incordio de cojones.
—¿Es ella la que tiene tu propiedad?
Drake asiente.
—No por mucho tiempo. Voy a enseñarle modales a esta zorra, y después obedecerá.
Obedecer.
Aprieto los dientes. El cráneo me palpita de dolor, y el estómago me arde por falta de comida, sobredosis de glucosa, bajón de adrenalina y un buen golpe en la cabeza.
Me siento fatal, pero tengo la mente despejada.
Este hombre es un demonio en carne y hueso.
Quiere a Charlie. No hay fuerza en el mundo que consiga que se lo entregue.
—Sigues siendo un puto retrasado por llevártela.
—La zorra no entraba en razón. Tuve que ir a lo duro.
El otro hombre se pone las manos en las caderas.
—Fuiste a lo duro, desde luego.
—Puck, cierra la puta boca. Lo digo en serio. Soy un hermano, y los hermanos nos respaldamos.
Puck, con su pinta oscura y de villano, me mira de nuevo.
—Respaldo a todos mis hermanos en los Chaos Riders, pero no me apunté para golpear y torturar tías.
—¿Cuál es la puta diferencia? Traficamos con chicas.
—Drake se encoge de hombros con desdén.
Puck se señala el pecho con el pulgar.
—Yo no. Me uní antes de que empezara el tráfico. Ahora estoy metido de por vida, pero no hago eso con tías.
—Todas son unas zorras, Puck.
Cierro los ojos, las lágrimas de desesperanza pugnando por salir.
Por lo visto, sí hay diferencias entre los MCs.
Drake es un criminal. Su «hermano» se queda por pura lealtad, pero probablemente no estaría aquí si no fuera por eso. Por lo visto, el MC Chaos Riders era un club diferente cuando Puck se unió.
—Todas tienen coño. Esa parte es cierta, pero no todas son zorras.
—Ponte fino, retuerce mis palabras: me da igual, mi polla quiere darle una lección a esta zorra. Voy a recuperar mi propiedad, y si tengo que hacer mierdas jodidas para conseguirlo, lo haré.
Puck gruñe por lo bajo.
—Vale. Pero antes de atacarla, podrías ir un poco más suave. No va a estar presentable para la audiencia si la maltratas.
La voz de la razón. Abro los ojos y los clavo como dagas en Drake. Su sonrisa es lenta y tranquila, dedicada a mí.
—No voy a maltratarla, a menos que llames maltrato a clavarle la polla.
—Joder, Diablo, no la violes. Mírala.
—Puck señala hacia mí con la palma abierta.
Sé que la lógica de Puck cae en oídos sordos. Drake ya no puede hacerle daño a Anna, así que se desquitará conmigo.
Drake centra su atención en mí.
—Sí —se lame los labios—, mírala.
—Tengo hambre —digo, pillándolos a ambos por sorpresa.
Puck me lanza una mirada especulativa.
Drake se acerca a mí, esquivando el charco de vómito, y se agacha con un movimiento fluido.
Mechones de su pelo grasiento le caen sobre la cara, y alarga la mano hacia mí.
Me encojo.
Me arranca la camiseta y suelto un grito. Mi cuerpo se sacude hacia el suyo porque la tela se resiste a rasgarse.
Caigo hacia atrás y los codos me golpean contra el suelo de hormigón con un chasquido doloroso.
—Ay —susurro. Las fuerzas me abandonan.
—Eh, espera un momento, Diablo.
Drake me retuerce el pezón a través del sujetador deportivo con un movimiento rápido, y grito. Pero sale como un gemido en lugar del alarido que oigo en mi mente.
A este paso, lo único que no me va a doler es el dedo gordo del pie.
Supongo que hay tiempo.
El miedo me seca la boca hasta convertirla en un desierto de algodón.
Drake ignora a Puck y me agarra el pecho izquierdo con la mano.
—Las mejores tetas de por aquí, joder.
Me baja el sujetador deportivo de un tirón y mi pecho desnudo se desliza directamente entre sus dedos expectantes.
Solo puedo pensar en Noose y su ternura salvaje con mi coño. ¿Cómo puede un hombre abarcar cada parte de tu cuerpo sin que tu corazón se rinda a su posesión?
—Mira ese tatuaje, imbécil.
—¿Eh? —dice Drake distraído, con los ojos vidriosos de lujuria.
—Algún tipo de símbolo médico.
Por fin, la atención de Drake abandona mi pecho y baja hasta mis costillas inferiores. Sé lo que hay ahí.
Ha estado ahí desde el primer «episodio».
Todo el mundo conoce el símbolo médico. Un palo con alas y una espiral retorcida alrededor de una especie de asta. Pero el mío tiene una palabra en cursiva encima: glucosa.
Así supieron qué hacer cuando llegué al hospital. Lo primero que hicieron fue comprobar los signos vitales, levantarme la camiseta y voilà. Problema de glucosa.
—¿Qué coño es esto? —pregunta Drake, y me da un golpe seco en la costilla que duele.
Me muerdo el labio y consigo decir:
—Tengo hipoglucemia.
Su bofetada me echa la cara hacia atrás.
—Solo un golpecito de amor, zorra desagradecida.
Me tumbo en el hormigón frío. Es oficial. Drake, o Diablo, quien quiera que sea, odia a las mujeres. No está contento si no me está llamando coño de todas las formas despectivas posibles.
Me cabrea. No tengo la culpa de que sea demasiado estúpido para saber qué significa hipoglucemia. Pero me duele más la cara, así que lo fulmino con la mirada desde el suelo.
—¡Necesito comer regularmente, sobre todo proteína, pe-pedazo de imbécil! —grito.
Gritar me hace daño en la cabeza. Apoyo la cara contra el hormigón frío.
Drake se levanta, agarra un puñado de lo que queda de mi camiseta y me pone de pie de un tirón. El movimiento es demasiado brusco. La cabeza me da vueltas y el estómago se me revuelve con un retortijón nauseabundo.
Giro la cabeza y vomito sobre él. Y no es precisamente una evacuación suave. Abro la boca en la mayor arcada de mi vida, expulsando vómito como la niña de El Exorcista.
—¡Joder! —ruge Drake, y me lanza hacia atrás.
Caigo contra la pared y las palmas me golpean contra el hormigón áspero mientras intento frenar.
Aun así me deslizo hacia abajo y aterrizo sobre una nalga.
De repente, Puck está ahí.
Me encojo por segunda vez; se está convirtiendo en costumbre. Alzo la mirada para encontrarme con sus ojos.
—No te haré daño.
Claro. Aparto la cabeza y escupo saliva mezclada con vómito al suelo.
Me agarra el brazo y grito. A pleno pulmón. Un rugido herido que me arranca de la garganta.
El ruido resuena hueco en los confines de la habitación.
El cráneo me reverbera de agonía y me desplomo sobre mí misma.
—Cállate.
Sus ojos marrones intentan decirme algo, pero la histeria es mi próxima parada en el tren del secuestro.
Cierro la boca de golpe, odiando el sabor rancio que tengo dentro. Odiando lo que sé que tendré que vivir. Para sobrevivir. Más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Qué significa hipoglucemia?
—Estaba en el hospital cuando... cuando...
Me cubro la cara mientras las lágrimas se filtran por entre los dedos.
—¿Cuándo qué? —pregunta con voz suave.
—Habla, perra.
No miro a Drake. No puedo. Quizás pueda usar esto.
—Cuando Drake me cogió. Iba a irme a casa, a comer. Ahora estoy aquí y me duele la cabeza. Necesito comida.
—¿O qué? —gruñe Drake.
—Simplemente... —Desapareceré.— Entraré en coma.
—¡Joder! —Puck se levanta y se encara con Drake.
—Secuestras a una chica que está vinculada a un asesinato. ¿Y encima tiene algún problema médico? Muy listo, Diablo.
—¿Qué es eso del nombre Diablo? —los miro a ambos, y sus caras giran hacia mí.
—Apodo de motero, puta.
Levanto la barbilla.
—No soy una puta.
Drake arquea una ceja.
—Ah, sí, ¿y no era un tío de Road Kill al que vi abriéndote el coño? Sí, parecía que iba a follarte delante de Dios y de todo el mundo.
Su voz es un picahielos en mi cerebro. No respondo. No puedo negar lo que pudo parecer. Pero no voy a justificarme ante este hombre.
No sé qué significa «Diablo», pero apuesto a que le va como anillo al dedo.
—Hay que darle de comer, tío.
Drake niega con la cabeza.
—Tenía ganas de mojar el churro.
Se relame los labios gruesos.
Puck frunce el ceño.
—Escucha, sé que tienes un puto plan de tortura. Pero puede que tengas que posponerlo el tiempo suficiente para dejarla mear y comer algo. O vas a acabar violando a una tía inconsciente.
Se me revuelve el estómago.
Drake se agarra la entrepierna. Su sonrisa es lasciva.
—Puede que me dé igual. Aun así le llenaré el depósito.
Tengo arcadas.
—Vamos a buscarte algo de comer —dice Puck, girando la cara hacia mí.
—¿Qué? ¿Te da pena esta perra? Ella es la que se llevó a mi colega. Somos hermanos. ¿De qué lado estás?
Puck me ayuda a levantarme despacio. Me tambaleo y me rodea los hombros con el brazo.
—El correcto. Ahora déjame darle algo de comer, y luego puedes destrozarla.
Dejo que me lleve por una habitación. Mis ojos se clavan en un desagüe en el centro mientras pasamos.
Me trago el miedo. Manchas color óxido marcan el suelo. No soy la primera que ha vomitado aquí. Que ha sangrado aquí.
A la que han amenazado con torturarla.
No seré la última. Al menos tendré el estómago lleno.