Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 1
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Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions)

Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions)

Por Marata Eros

© inepub.com

CAPÍTULO 1

NOOSE

Agarro el pelo de Crystal, apretando el puño contra su cuero cabelludo, y la embisto con fuerza por detrás.

Chilla, y me trago ese sonido como un hombre hambriento.

Las chicas de club son todas iguales. Quieren que las posean.

Yo quiero poseer.

Me encanta a pelo, pero los condones son clave. Este coño ha tenido más pollas de las que puedo contar, y es como follarte a otro tío si no te pones chubasquero.

Aunque no esté lloviendo.

Se acabó lo de ser introspectivo. Ya no tengo que serlo. Solo follo. Me pongo condón para poder follar sin pensar.

Perfección.

Como los nudos que hago. Como los que he usado para matar.

Crystal gime.

Empujo con más fuerza y empiezo a mover la polla en semicírculo hacia arriba. Grita, y su coño me aprieta la polla con pulsaciones hondas y fuertes.

Mis huevos se preparan para el despegue, y me corro desde la punta de los pies, vaciando los dos cañones justo en el blanco.

Echo la cabeza hacia atrás y suelto un suspiro de agotamiento.

Cuando por fin bajo, le doy una palmada en el culo prieto y me retiro, me quito el condón usado tirando desde arriba y lo enrollo mientras camino.

Tiro la funda flácida a la papelera y me doy la vuelta.

Sigue ahí, con las tetas aplastadas contra la mesa donde la empujé, el coño rosa brillante e hinchado.

Abierta para el siguiente tipo. Si alguno fuera tan gilipollas como para entrar en mi guarida. Sonrío con suficiencia. Desde luego que no deberían.

Suelto un suspiro y me paso los dedos callosos por el pelo, con unas ganas locas de fumar.

Vuelvo a mirar el coño de Crystal. Es una pena que un coño tan bueno no esté chorreando semen. Sacudo la cabeza con algo de pena.

No se puede tener todo.

Levanta la cabeza de la mesa y se mueve hacia un lado, sus grandes tetas naturales rodando hacia la mesa. Crystal apoya la cabeza en la palma de la mano y me estudia.

Admiro la vista mientras me pongo los vaqueros. Sin calzoncillos. Ya me ocuparé de la ropa interior cuando se haya largado y pueda ducharme. Por ahora, solo quiero taparme el culo y fumarme el pitillo de después de follar.

Rebusco entre la mierda de encima de la cómoda destartalada y veo la cajetilla dura debajo de unos calzoncillos limpios.

Abro la tapa de golpe, sacudo el paquete con la muñeca y tres cigarrillos asoman. Abro los labios y pillo uno con los dientes.

Cierro la tapa de golpe y tiro el paquete a la cómoda. Saco el mechero del bolsillo de los vaqueros y enciendo. Hago cuenco con la mano alrededor de la llama, doy la primera calada y lanzo un aro de humo hacia el techo grisáceo de pintura descascarillada.

El alivio me invade. Ya me he corrido, toca relajarse, y luego vuelta al curro. Ya estoy repasando la mierda del día en la cabeza cuando Crystal empieza a hablar.

Me había olvidado de que estaba ahí.

Frunce los labios en un puchero. Algunas tías creen que hacer pucheros es mono. Yo sé que es la señal de una bronca monumental en mi futuro inmediato.

Paso de ese coñazo.

Se pasa la mano por el pelo rubio decolorado y lo ahueca por el lado que tenía aplastado contra la mesa.

Se me tuerce la boca. Su esfuerzo por parecer sexy tiene su gracia, como entretenimiento gratis.

—Oye, cariño, déjame quedarme un rato —dice con una voz que se esfuerza demasiado por sonar suave y sensual, mientras se pasa el dedo por la teta y se pellizca el pezón.

Bonito. Me sujeto el pitillo entre los labios y niego con la cabeza. —No. Fuera —señalo la puerta del dormitorio con el pulgar.

Viene el puchero en toda regla, con labio inferior incluido. —Pero... —se sienta, las tetas le rebotan, y echa a andar deprisa detrás de mí— pensé que podríamos...

—No —repito, y sacudo la ceniza hacia el cenicero mientras voy hacia el baño. La mayor parte de los dos centímetros de ceniza cae en el fondo de cristal donde pone Road Kill MC. Vaya mierda de propaganda. El Presi cree en el club como en el Santo Grial.

Yo también. Es todo lo que hay para nosotros, los del uno por ciento.

Es la carretera. La moto. Y las tías. No siempre en ese orden. No necesito nada más. Nunca lo he necesitado.

Me doy la vuelta rápido y Crystal rebota contra mi pecho. Apoyo la mano en el marco de la puerta del baño. —Escucha, eres mona —le doy un toquecito en la barbilla—. Pero no busco nada a largo plazo —me encojo de hombros y lanzo otro óvalo perezoso hacia el techo.

Crystal parece a punto de echarse a llorar. Joder.

Aplasto el pitillo en el cenicero, partiéndolo por la mitad. Espirales de humo se elevan. Cojo la cartera de la mesita de noche junto a la puerta y saco dos de veinte y uno de diez.

Se los planto a Crystal.

—Cómprate algo sexy. Algo que enseñe tetas y culo —a las tías les gusta comprar. ¿Cómo lo llaman? Ah, sí, terapia de compras.

Agarra el dinero, lo mira un segundo y me lo tira a la cara. —¡No soy una puta!

Hago una mueca. Los billetes verdes flotan hasta la alfombra gastada. Si actúas como una puta, pareces una puta…

—Eres una chica de club. Y fuiste dulce —ya no tanto—. Pero es hora de que te largues.

Se le pone la cara roja. —Eres un capullo, Noose.

Me han llamado cosas peores.

Entro en el baño. No miro a la chica de club, que recoge el dinero arrugado.

Cierro la puerta de una patada y abro el grifo de golpe.

Cuando el baño se llena de vapor, me meto en la ducha.

Ya se habrá ido cuando salga.

Siempre se van.

Debería haber hecho mis series antes de ducharme.

Pero ni de coña iba a tener a Crystal cerca mientras curro con mis mierdas.

Esta noche haré flexiones, abdominales en torsión y burpees hasta que las ranas críen pelo.

Siempre está el saco de boxeo. Nunca lo usa nadie cuando entro. A base de puñetazos acabaré agotado.

Puto insomnio. La hora de las brujas es oficialmente mía. Me pertenece.

También me pertenecía en Afganistán. No puedes dormir cuando sabes que alguien podría matarte.

O cuando podrías ser tú quien tenga que matar.

Me muevo por el club con mucho sigilo, teniendo en cuenta mi tamaño. Por eso nunca fui paracaidista en el ejército. Los tipos grandes la palman rápido.

Un metro noventa y tres y cien kilos de macho tienen todas las papeletas para acabar hecho pedazos. Lo de «cuanto más grandes son, más duro caen» cobra otro significado en un paracaídas.

Por eso los asesinatos cuerpo a cuerpo resultan mucho más atractivos.

Nudos.

Cuando estoy estresado, mi mente los crea. Mis manos están inquietas por sentir cuerdas bajo las yemas de los dedos: las ásperas o las nuevas resbaladizas que se anudan más rápido de lo que mi mente puede procesarlo.

Paso por la cocina con un nudo de horca ocupando mis pensamientos. El lazo es perfectamente simétrico, se enrolla y se envuelve hasta formar un pequeño bucle, luego tiro y—

—¡Noose!

Una mano áspera me da una palmada en la espalda y frunzo el ceño. Casi lo tenía. Mi nudo favorito. De ahí el apodo, supongo.

Mi equipo sabría por qué, aunque los del club no. Seguramente piensan que es un nombre duro o que mola.

No lo es. Noose tiene su significado. Pero los que luchamos codo con codo no hablamos de mierdas obvias.

Nuestro tiempo simplemente fue.

Sonrío abiertamente. Muchos de nosotros, los hermanos, tenemos nombres parecidos.

Por ejemplo Snare, el tío que acaba de darme la palmada. Se escapa de todo: trampas, situaciones límite, lo que sea. El tío tiene siete vidas.

Aunque no se parece en nada a un gato.

Levanta el puño y choco mis nudillos con los suyos.

—Eh, tío.

—Vi a Crystal salir de aquí hecha una furia. —Sus ojos, de un azul tan pálido que parecen agua congelada, brillan con humor. Snare mide unos ocho centímetros menos que yo, pero está hecho un tanque.

Me encojo de hombros.

—¿Qué tal estuvo? —pregunta con los ojos entornados. Seguro que está pensando en el desfile de coños que tenemos por aquí todo el rato. Todavía no ha catado el aperitivo Crystal.

Me encojo de hombros.

—Como todas.

Arquea las cejas sorprendido. Snare tiene algo de nativo estadounidense. Su pelo es negro azabache. Los blancos nunca tienen el pelo tan oscuro sin ayuda. La mezcla de ojos azul claro y pelo negro es llamativa, o eso piensan las tías.

Mi pelo es de ese rubio indefinido que no se decide entre castaño y rubio. Da igual; llevo los lados cortos y arriba largo. Cuando me molesta, me lo recojo todo.

Como paso la mitad del tiempo despierto encima de la moto, llevo el pelo recogido casi siempre.

Hasta tengo una gomita invisible para la barba. La llevo larga y cuadrada. Es más oscura que el pelo de la cabeza, con un toque pelirrojo. Una de las zorras me preguntó el mes pasado si era escocés.

Ni puta idea.

Supongo que soy estadounidense, para lo que eso valga.

Soy un cabrón loco, le dije. Y me puse a trabajarle el coño. Eso zanjó las preguntas de golpe. Solo gemidos y esas cosas después.

Así me gusta: no me preguntes por mi pasado.

—Venga, Noose, siempre anda suspirando por ti. No he tenido ocasión de probarla.

Me río.

—Buena elección de palabras, hermano.

Abre los brazos musculosos de par en par.

—No soy solo una cara bonita —dice Snare guiñando un ojo.

Su cara no es bonita. A Snare le rajaron bien y tuvo un encuentro cercano que casi le cuesta el ojo. El tejido cicatricial retorcido le parte una ceja en dos, pasa rozando el ojo y baja en una línea curva hasta el hoyuelo de la barbilla.

A algunas tías les da corte Snare.

Yo creo que las cicatrices dan carácter. Le dan un aire de tipo duro, lo que asusta a las tías. Eso del amor/odio. No viene mal para la cama.

Suspiro.

—Crystal no suspira. Lloriquea.

—¿Y ahora quién es el poeta? —pregunta Snare abriendo mucho los ojos glaciales.

Le hago una peineta.

—Gilipollas.

Asiente.

—Sí. Pero habla bien de mí de todas formas.

Sonrío de lado.

—No creo que Crystal vaya a pensar que ninguna de mis palabras sea buena después de nuestro interludio.

Snare silba y sale conmigo.

La luz del sol me da de lleno en la cara y abro las gafas de sol de un chasquido. Son de alta gama y polarizadas. No me gusta el resplandor cuando voy en moto.

Me las pongo, saboreando la anticipación de la larga cinta de asfalto negro.

—¿Interludio? —pregunta incrédulo.

Levanto una mano y la meneo.

—Roce pélvico, choque de caderas, meter cañería...

Snare gruñe.

—¿Alguna vez te has tirado a alguien dos veces, Noose?

Entrecierro los ojos mirándolo a través de mis gafas oscuras. —No.

—Me lo imaginaba.

Dirigimos la atención a nuestras motos. Los parabrisas destellan al sol como ojos adormilados que guiñan.

—Vámonos —digo.

Snare no necesita que se lo digan dos veces.