Capítulo 2
CAPÍTULO DOS
Se notaba que estabas en un ala muy distinta del hospital, no solo por el cambio en el suelo, con los azules y verdes asépticos dando paso a unos cálidos tonos topo neutros, sino por todos los pequeños detalles.
Las salas de espera estaban enmoquetadas, y había mesas de centro de madera maciza con una selección de material de lectura, incluidos el Tatler y The New York Times.
De fondo sonaba música clásica, y no había ni una máquina expendedora a la vista.
Ali era una de las dos auxiliares de enfermería de guardia aquel día, y apenas había empezado sus rondas cuando el primer drama de la jornada se desplegó ante ella.
—Alan —dijo la mujer en voz baja—. Tienes que ponerte bien y volver a casa. Tus hijos están desmadrados. —La esposa del hombre, que era considerablemente más joven que él, por unos buenos treinta años, pronunció las palabras con un tono de desagrado.
Ali mantuvo la cabeza gacha, pasándole la manopla por los brazos al hombre. Ni él ni su esposa parecían reparar en que estaba allí. Su formación le decía que aquel no era el momento de hacer contacto visual .
El hombre al que atendía era Alan Fordyce, director general de Attica Solutions, una de las mayores gestoras de inversión de fondos de pensiones del país.
Su palidez grisácea era como la de muchos de los pacientes de precirugía cardíaca que tenían en El Brahmin.
Era uno de los centros médicos más exclusivos del estado y constituía el ala más nueva del City General.
Solo la flor y nata llegaba a ver el interior de estas puertas para recibir tratamiento.
—Camilla —respondió él en el mismo tono quedo—. Los niños solo están preocupados. Anthony está un poco nervioso por dar un paso al frente, pero está listo. Me he pasado toda mi carrera asegurándome de que esté listo.
—Bueno, pues no va a tener que hacerse cargo del negocio —respondió ella con los dientes apretados.
Este tipo de conversaciones antes incomodaban a Ali.
Cada vez que empezaban, se inventaba una excusa para salir de la habitación y volver más tarde.
Sentía que estaba escuchando a escondidas una conversación privada, pero ya no.
Si elegían tener la conversación mientras ella estaba en la habitación, dejaba de ser privada.
Ella seguiría con su trabajo en silencio.
—Camilla. —Alan apartó de un tirón la mano de donde Ali se la había estado lavando, usándola para señalar con el dedo a su esposa—.
Escúchame bien. Esto ha sido una señal de los cielos de que necesitaba tomarme un descanso del trabajo.
Creo que es hora de que Anthony tome el relevo y me dé la oportunidad de disfrutar de la vida que me quede.
Ali, que llevaba trabajando en El Brahmin el tiempo suficiente, sabía lo que venía a continuación. Como ajena a su discurso, recogió el manguito de tensión, abriendo el velcro de un tirón.
—¡Es que quieres tirarlo todo por la borda, Alan! ¡Nuestro tren de vida, nuestra felicidad! Tu hijo va a llevarlo todo a la ruina, ¡y no pienso consentirlo! —Camilla hablaba con una cantidad ridícula de dramatismo. Ali no pudo evitar pensar que se le daría bien el teatro con frases así.
Si alguien sabía de dramas, esa era Ali.
En su día había vivido y respirado todo lo relacionado con el teatro; era lo único que había querido en la vida.
Súmale el drama que había vivido en su propia vida, y ahora el drama que presenciaba aquí, y había tenido más que de sobra.
De crearlo a vivirlo, sentía alivio de ser una espectadora con asiento en primera fila.
Ali no era de las que se llamaban a sí mismas expertas en gran cosa, pero el drama le parecía su fuerte.
Alzó la vista justo a tiempo de ver a Camilla recoger del suelo su bolso de diseño, uno que probablemente costaba más que el coche de Ali. Sin decir otra palabra, salió hecha una furia de la habitación del hospital, con los tacones repiqueteando en el suelo de baldosas.
Alan se giró hacia Ali con una sonrisa amable en la cara. Aquel hombre era multimillonario y dirigía el negocio familiar. Encandilar a la gente era su especialidad.
—Siento lo de ella —dijo—. Siempre ha sido muy nerviosa.
Agachándose, Ali le devolvió la misma sonrisa amable mientras le enrollaba el manguito de tensión alrededor del brazo.
—No se preocupe, señor Fordyce. Hemos visto cosas peores aquí.
—¿Peores que Camilla? No me lo puedo creer.
Ali completó sus comprobaciones y su papeleo antes de volver al control de enfermería.
La vibración de su reloj le dio el aviso de que su turno estaba casi terminado.
Habría tiempo justo para acercarse a la tienda a coger algo para la cena antes de recoger a Scarlett del colegio.
Esa era siempre la mejor parte de su día.
Los nervios eran algo que Jo creía cosa del pasado.
Con incontables reuniones y cientos de presentaciones a sus espaldas, además de todas las cenas formales a las que había tenido que asistir, muy poca cosa la alteraba a estas alturas.
Con los años, aquellos nervios sencillamente se habían ido desprendiendo.
O eso había creído. Sentada en su habitación privada de El Brahmin, los nervios habían vuelto.
Le hacían volteretas en el estómago, y de repente deseó no estar tan sola.
En el momento en que la doctora pronunció las palabras «Siento decírtelo, pero la biopsia ha confirmado nuestras sospechas.
Las células son malignas. Tienes un cáncer de endometrio en fase uno», Jo tragó saliva con fuerza, pero de inmediato se dijo que podía con esto.
El hecho de que su médica le dijera que tenía un noventa y dos por ciento de probabilidades de que el cáncer se extirpara por completo si actuaba deprisa resultaba tranquilizador.
Eran las mejores probabilidades que podría haber esperado nunca, y la habían armado de una convicción tal que ni siquiera necesitaba pensar en lo que venía a continuación.
El móvil le vibró en el bolsillo de los vaqueros, distrayéndole la atención solo un momento. Por un instante fugaz, se preguntó si podría haber sido Maddie deseándole suerte pero, al deslizar el pulgar por la pantalla, fue el nombre de Lyndsey el que apareció.
¡A por ellos, chica! Vamos contigo. Bss
La sonrisa de gratitud que se le fue dibujando en la cara a Jo no podría haber sido más real.
Todo el mundo necesitaba una amiga como Lyndsey, y nadie necesitaba una esposa como Maddie.
La cirugía sería dos días después, cuando le hubieran hecho una serie de pruebas.
Jo ni siquiera lograba recordar para qué habían dicho que eran; había tenido la cabeza tan destrozada por la noticia.
Se había limitado a llenarse con el mantra de Puedo con esto. Todo irá bien , una y otra vez.
El sonido de unas risas llenó el pasillo frente a su habitación. Al alzar la vista, vio a una niña salir de la habitación de enfrente.
—¡Adiós, mami! —llamó la cría antes de que la puerta se cerrara—. ¡Te quiero! ¡Nos vemos pronto!
Jo no pudo evitar mirar. La niña estaba de pie con quien supuso que era su padre mientras él le abrochaba los botones de su abrigo rojo.
La suposición quedó respondida cuando la cría, una niña de larga melena rubia recogida con un reluciente lazo rojo, habló.
—Papi, ¿podemos volver a ver a mami luego? ¿Como para cenar?
—Ya veremos, ositа Claire —dijo él, agachándose para alzar a la niña en brazos. No podía tener más de cuatro o cinco años.
—Ojalá. La echo de menos. ¿Podemos intentarlo, porfa?
Jo no llegó a oír la respuesta del padre, ya que sus voces se apagaron pasillo abajo.
Dejó a Jo ahí sentada, sintiendo aquel familiar revuelo en el estómago.
Eso era a lo que estaba renunciando ahora.
Estaba renunciando a cualquier posibilidad de tener un hijo propio.
Sabía que tenía que acceder a la histerectomía para deshacerse del cáncer…
pero eso no lo hacía más fácil. Jo siempre había querido tener hijos, y ahora nunca iba a tener esa oportunidad.
Dolía.
Ali salió de la habitación de Alan Fordyce, cerrando la puerta tras de sí.
Se dirigía hacia el control de enfermería para comprobar quién era el siguiente en su lista de pacientes.
A diferencia de las enfermeras, a las que asignaban un número determinado de pacientes que atender, a Ali la asignaban a todos.
Al trabajar como auxiliar de enfermería, su labor era ir rotando por los pacientes durante todo su turno.
Había otras dos auxiliares en el ala, y se turnaban por las dieciocho habitaciones, asegurándose de que cada paciente tuviera una visita de una de ellas cada treinta o cuarenta minutos.
Antes de que pudiera llegar al control de enfermería, la paró Sarah, la enfermera supervisora de la planta.
Con una larga melena rubia que solía recogerse en un moño perfecto, rasgos de modelo y ojos azules, Ali a veces se descubría envidiándola.
No tanto por su aspecto, sino por su vida.
Sarah tenía la misma edad que Ali, recién casada e intentando tener su primer hijo.
La enfermería era con lo único que había soñado en su vida.
Lo peor de Sarah era que no resultaba antipática. Ali deseaba que lo fuera, porque haría que los celos que sentía hacia ella fueran un poco más llevaderos.
—Hola, Ali. —Sarah la saludó con aquella sonrisa de portada de revista—.
Sé que estás haciendo tus rondas, pero acaba de ingresar una paciente nueva en la habitación doce.
Viene para una histerectomía laparoscópica, así que puede que esté un poco sensible.
—Sensible era la palabra en clave para emotiva, quizá incluso borde—.
¿Puedes pasar a verla? Asegúrate de que tenga todo lo que necesita —terminó Sarah.
—Por supuesto. La habitación doce, ¿verdad? Le llevaré una manta extra y otra almohada, y me paso.