Diagnóstico de Amor (City General Series 4)
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Capítulo 1
CAPÍTULO UNO
EN LA ACTUALIDAD
—Puedes quedarte con la Greystone y la casa de la playa.
Joder, puedes elegir el coche que quieras.
Quédate con todo el maldito lote si eso te hace feliz.
Vas a tener más dinero del que cualquier persona razonable sería capaz de gastar en toda una vida, pero lo único que no te llevas es nada, y digo nada, que tenga que ver con la empresa.
—Jo tenía la cara encendida y, por mucho que se esforzara en mantener la voz calmada, había un temblor inconfundible.
—No creas ni por un momento que te lo voy a poner fácil, porque no lo haré.
No veo por qué no debería sacar yo también algo del negocio.
Nic dice que debería quedarme con acciones, porque va a seguir creciendo y yo te he apoyado en casa todos estos años.
—El lloriqueo que emanaba de Maddie aumentó la irritación de Jo.
En un arrebato de frustración, Jo, que siempre tenía el móvil en las manos, lo lanzó con fuerza contra la butaca Eames del rincón de la habitación. Un fuerte golpe llenó la sala.
—Voy a decir esto una vez más y no lo repetiré.
¿Me estás escuchando? La empresa es una entidad separada.
No me pertenece a mí, les pertenece a los accionistas.
Los accionistas no te están pidiendo el divorcio, soy yo.
A mí es a la única a la que puedes desplumar, no a los accionistas.
Puedes aguantar todo el tiempo que quieras, pero la respuesta no va a cambiar, así que firma los malditos papeles de una vez y acabemos.
—A Jo se le quebró la voz y, sin nada más por lo que pelear, se dejó caer a sentarse en la fría silla de cuero negro—.
Te tiraste a Nic, tu puta profesora de yoga, y ahora te crees que llevas tú la voz cantante solo porque no quiero que se mencione el adulterio en los papeles.
Eres increíble. —Jo negó con la cabeza con incredulidad—.
Y, para que quede claro, no lo digo en el buen sentido.
—Bueno, a lo mejor, si no conseguimos llegar a un acuerdo, es una señal de que deberíamos volver a intentarlo.
¿Como si al universo le hiciera muchísima ilusión que no nos divorciáramos?
—El tono de Maddie al final de la frase le subió casi tanto como las cejas.
Se arrodilló entre las rodillas de Jo sobre la alfombra turca antigua.
La habían importado de su gira por las capitales europeas el otoño pasado, junto con la lámpara italiana de cristal soplado a mano Christiane, y toda una variedad de piezas de diseño para llenar la casa que habían construido.
Para Jo, mientras Maddie fuera feliz, ella era feliz, pero a lo largo de los ocho años que llevaban juntas, había cambiado.
¿O sí? La necesidad de Maddie de gastar dinero y tener lo último y lo mejor de todo desde luego se había vuelto más evidente.
Quizá siempre había sido así, pero Jo solo lo estaba viendo por lo que era todos estos años después.
Irónicamente, a Jo nunca le había interesado el dinero pero, en ese momento, encontrar una solución rápida era lo único que importaba.
Estaba en la universidad cuando el iPhone revolucionó la comunicación, y supo entonces que el futuro estaba en las aplicaciones.
Era una visionaria, el Bezos del mundo de las apps, o al menos así la habían picado sus compañeros de clase en su día, aunque entonces solo era en broma.
Hoy en día era el frío y crudo patrimonio neto lo que la situaba en las filas de los casi milmillonarios y, si por Maddie fuera, le arrancaría en el acuerdo de divorcio todos los bienes que pudiera.
Mirando a Maddie desde arriba, Jo intentó recordar aquel amor inicial que habían tenido y que, al menos para Jo, había sido amor con una dosis muy grande de deseo añadida por si acaso.
Siempre que Jo no estaba trabajando, estaban en la cama, o en un restaurante elegante, o en una gala.
Dios, cómo le gustaba a Maddie que la vieran bajándose de una limusina, y había estado fuera de sí la primera vez que una foto de las dos con Ellen y Portia había salido en la revista People.
Aquello nunca había sido el estilo de Jo, y rehuía a la prensa a la menor ocasión, prefiriendo mantener su vida privada, bueno, privada.
Es la razón por la que no quería que la última aventura de Maddie se mencionara en los papeles del juzgado.
Tenía varias aplicaciones nuevas a punto de salir al mercado.
El mayor lanzamiento era el de HealthFirst, un sistema de rastreo y localización con todos los lujos encargado por el Gobierno de Estados Unidos a raíz de los graves brotes víricos que habían azotado el país en los últimos años.
Querían uno que funcionara esta vez. Eran acuerdos multimillonarios que no merecían verse empañados por chismorreos inútiles y las sórdidas aventuras de Maddie con una profesora de yoga demasiado flexible.
—Sabes que mañana ingreso en El Brahmin.
Sabes cómo me siento con toda la situación, así que ¿por qué no me das un poco de tregua?
—Jo suspiró, con la cabeza bajándosele hacia el pecho.
Se había mantenido ocupada con el trabajo desde el diagnóstico, pero mañana era el día del que ya no podía esconderse más.
Una histerectomía laparoscópica, y con solo treinta y cuatro años.
La vida, como siempre decía su abuela, nunca era justa.
—Esa es otra razón por la que no debería firmar los papeles justo ahora. Tienes que saber que estoy aquí para apoyarte en todo el proceso. ¿Cómo quedaría que firmara los papeles el día antes de que te operen?
—Nunca te preocupó cómo quedaba cuando yo estaba sentada sola en la consulta del especialista, mientras me decían que tenía cáncer de endometrio, y tú estabas dando botes encima del arnés de tu novia.
¿A que no? —Jo escupió las palabras, incapaz de contener su frustración y decepción.
Las lágrimas le escocían en los ojos, y se agarró la manga y se las enjugó.
—En serio, tienes que superar esto. Solo te estás estresando tú sola, y yo no tengo la culpa del estado en el que te estás poniendo ahora.
Nic dice que deberías meditar. Te ayudará a ponerte en un mejor estado de ánimo para la operación.
—Maddie empujó con su peso contra las rodillas de Jo para incorporarse—.
Iré a verte cuando estés ahí dentro. No podré verte antes de que entres, porque Nic tiene su primera clase de Hot Yoga y está bastante nerviosa por ello y necesita mi apoyo, pero en cuanto termine, voy a visitarte.
Te lo prometo. —Maddie se inclinó y le dio un beso en la frente a Jo antes de coger su bolso y salir de la habitación.
La gran puerta principal de roble se cerró con un fuerte golpe seco.
—Ya, ¿para qué firmar los papeles pudiendo esperar sin más a ver si me muero y así heredarlo todo? —Sus palabras se apagaron con un suspiro pesado antes de recuperar el móvil de debajo de una ardiente nalga.
Respondiendo a un mensaje a Bryce, su jefe de diseño, el tecleo resonó por el amplio espacio vacío. Se pasaría por la oficina un par de horas y ataría cabos sueltos. Eso le mantendría la mente ocupada y alejada de Maddie y de la inminente cirugía, al menos un rato.
La zona de recepción, diáfana, tenía un enorme atrio, y la luz a raudales rebotaba en el suelo de mármol marfil.
Como todo en BA Tech, tenía sustancia. Desde el edificio, con unas especificaciones a medida para sus credenciales ecológicas, hasta la ergonomía de la iluminación y su impacto en la productividad de cada empleado, el detalle y el bienestar del personal lo eran todo.
Gavin, el guardia de seguridad principal de recepción, saludó a Jo con la mano mientras ella pasaba a toda prisa por el escáner de retina, lista para subir corriendo las escaleras hasta su despacho.
Subiéndolas de dos en dos, estuvo a punto de chocarse con su asistente, Lyndsey, en lo alto.
—¡Eh! ¡Alguien se ha tomado hoy bien las gachas de la mañana!
—Aunque sus palabras iban dirigidas a Jo, tenía la mirada firmemente clavada en su vaso de café sin tapa, intentando mantenerlo en equilibrio con un brazo cargado de papeles—.
¿Y qué haces aquí, de todos modos? Pensaba que no te veríamos en unas cuantas semanas.
¿No deberías estar preparándote para mañana?
—¡Práctica como siempre! Anda, deja que te coja esto.
—Jo cogió con suavidad el grueso de los papeles de la mano de Lyndsey, permitiéndole volver a ponerle la tapa al vaso de café—.
¿Cómo demonios voy a conseguir que te pases al mundo sin papel si, en cuanto me doy la vuelta un minuto, estás sacando mierdas de esa impresora a la que no renuncias?
Quedaba una sola impresora en todo el edificio de la corporación, y eso era deliberado, dado que la primera aplicación que les hizo ganar millones fue Plan-et-al, comercializada como la solución de oficina para la generación sin papel y la única app de entorno de oficina que le puso las cosas de verdad difíciles a Bill Gates y a su paquete Office.
Fue el desarrollo de aplicaciones por el que Jo casi había vendido su alma.
Le había costado una relación, sus ahorros e incluso la pequeña herencia que recibió cuando murió su abuela.
Le había dado todo porque creía en ello con muchísima pasión.
Y, sin embargo, ahí estaba su asistente, sin tableta y con un brazo cargado de papeles a la vieja usanza.
Por mucho que lo intentara, Jo nunca conseguía enfadarse con Lyndsey.
Era su mano derecha y, como la llamaba Maddie, su esposa de trabajo.
La verdad sea dicha, Jo tenía mucho más en común con Lyndsey que lo que jamás había tenido con Maddie, pero Lyndsey era cien por cien hetero y estaba casada con uno de los jefes de equipo de su departamento de software.
—¡Si esa última impresora se va, yo me voy también! —Recuperó sus papeles de un manotazo, protectora, sujetándolos contra el pecho tras los brazos cruzados—. Pero, en serio, ¿qué haces aquí? Está todo controlado. Nos encargamos nosotros.
—Ya sé que sí. Es que no tenía nada que hacer, y Maddie ha venido antes y… —Jo se encogió de hombros, negando ligeramente con la cabeza.
—Pensaba que se había mudado. ¿Llamaste a ese cerrajero?
—Lyndsey, como de costumbre, no se cortó.
Era de hablar claro y, si lo estaba pensando, te enterabas.
Era una de las cosas que Jo apreciaba de ella.
Las dos rodearon la plataforma acristalada que circundaba la primera planta del atrio mientras se dirigían a la zona de dirección.
—No, llamé, y luego lo anulé. No quería provocarla.
Aunque sí le pedí que llamara antes de venir.
Al menos así puedo escabullirme, pero esta mañana no.
Se ha plantado dentro directamente. —El mero hecho de pensar en encontrarse cara a cara con ella de improviso esta mañana hizo que a Jo se le trabaran los dientes y rechinaran—.
Igual te pido que vuelvas a llamar al cerrajero y que las cambien sin más.
Al menos yo no estaré cuando se dé cuenta de que las han cambiado.
—Dalo por hecho. Si te soy sincera, pagaría por ver su cara cuando pruebe la llave en la puerta y no pueda entrar. ¿Sigues teniendo la app en el ordenador para las cámaras de la casa? —A Lyndsey se le iluminó la cara ante la perspectiva del entretenimiento ligero de una Maddie despechada.
Cruzaron las puertas dobles, emergiendo a una gran planta de oficinas con mamparas transparentes entre cada puesto de trabajo.
Todavía tenía el aire de la oficina diáfana para la que había sido diseñada, pero el cribado obligatorio por la COVID-19 era un crudo recordatorio de que las cosas nunca volvían del todo a la «normalidad».
Lyndsey y Jo se sentaban a la cabeza del espacio principal, no en salas elegantes para ellas solas, sino en la misma planta que todos los demás.
Jo se negaba a ser otra cosa que parte de la plantilla, aunque las grandes decisiones y la dirección estratégica sí recayeran sobre sus hombros.
Jo se ocupó de una miríada de mensajes, llamadas y reuniones por FaceTime antes de darlo por terminado por hoy.
Ella y Lyndsey estaban entre el puñado de personas que quedaban en la planta para cuando levantó la cabeza, ya que todos los demás se habían ido a casa.
—Bueno, me voy. Si necesitas algo, llámame sin más.
Por lo que me han dicho, no entro hasta eso del mediodía, así que estoy disponible hasta que me hagan contar hacia atrás desde diez.
Si hay que firmar algo, me llevo la tableta y, sí, ¿esas cerraduras?
¿Igual me las cambias? —Jo cogió su bolso, colgándoselo en bandolera por encima de la cabeza.
—Te he pedido un coche. Te recogerá a las 8:30 en punto.
—Lyndsey se levantó de su asiento y extendió los brazos, buscando a Jo.
Abrazándola, continuó—: Y suerte. Ya sé que no es nada de lo que preocuparse, pero eso no hará que me preocupe menos.
—Soltándola del abrazo, la espantó de inmediato—.
Anda, largo de aquí antes de que me eche a llorar, por el amor de Dios.
Saliendo de la oficina a grandes zancadas, Jo ni siquiera se giró cuando Lyndsey le gritó a su espalda:
—¡Ni se te ocurra conectarte mañana por la mañana! ¡Revisaré los registros de acceso!
Jo se limitó a alzar la mano y agitarla en el aire antes de desaparecer por las puertas dobles.