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La soltaron a las nueve menos diez, con un papel.
Puesta en libertad, decía el papel, con la obligación de comparecer ante el juzgado de guardia de Getafe ese mismo día a las once.
Nicolás Prieto se lo explicó en la puerta de la comisaría, con un café de máquina en la mano y la corbata en el bolsillo: que había que ir, que si no iba la buscarían, que no hablara con nadie, que no hiciera nada.
Le devolvieron la cartera, el cinturón y los cordones.
El móvil no. El móvil y el aro de llaves se quedaban, dijo el agente, a disposición del juzgado.
Lidia tomó el primer autobús que pasó hacia Madrid sin mirar el número.
En el cristal vio su reflejo: la cara de alguien que ha dormido dos horas en un banco de cemento. Le quedaban once horas. Menos. Las contó con los dedos sobre la rodilla, como contaba las muestras.
* * *
Llegó al taller a las nueve y media. La persiana estaba bajada, tal como la había dejado. Dentro, el ordenador estaba apagado, pero sobre el teclado había un pósit amarillo con una letra pequeña y apretada que no era la suya.
Copia hecha 03:10. Dos discos, uno a juzgado, uno conmigo. J.
Lo despegó y se lo guardó en el bolsillo.
Subió por la escalera interior. El quinto peldaño crujió.
Su madre estaba en la cocina, vestida ya, con el delantal puesto, y cuando la vio aparecer en el pasillo soltó la cuchara y fue hacia ella con los brazos abiertos. La abrazó fuerte, mucho rato, sin decir nada. Olía a café y a colonia de lavanda.
—Ya me dijeron que estabas allí —dijo al fin—. Llamé. Me dijeron que estabas bien.
—¿Quién te lo dijo?
—Primero el chico. Luego llamé yo, para asegurarme.
—Pilar le quitó el pelo de la cara, como cuando era pequeña—.
Qué chico tan majo, hija. Vino anoche, tardísimo, y me cambió la cerradura de la puerta en un momento, y no me quiso cobrar.
Un cielo. Me dio tres llaves; las otras dos dijo que te las llevaba él a la comisaría. ¿Te las ha dado?
Lidia se quedó muy quieta.
—¿Qué chico, mamá?
—El cerrajero. El del barrio, el de la furgoneta blanca. —Pilar sonrió, pero la sonrisa se le quedó a medias al verle la cara—. Dijo que lo habías llamado tú desde comisaría. Que se te habían perdido unas llaves.
Lidia no había llamado a nadie. No había tenido a quién.
* * *
Se sentó en una silla de la cocina porque las piernas se lo pidieron.
—Cuéntamelo otra vez. Todo. Despacio.
Pilar se lo contó. El timbre a las diez y media. La cadena. La llamada a la comisaría para comprobarlo. El chico de rodillas en el rellano. Las cinco llaves en una bolsita, tres para ella, dos para Lidia. Las fotos del recibidor.
—Se quedó mirando la tuya de pequeña —dijo Pilar—. La del microscopio. Mucho rato. Y le dije… —Se calló.
—¿Qué le dijiste?
—Que lo copias todo. —Pilar bajó la vista—. Que desde pequeña. Que ahora con los teléfonos. Me salió solo, hija, estaba nerviosa. Y él preguntó «¿los teléfonos?» como quien no quiere la cosa, y ahí me dio un… no sé. Como cuando se pisa un escalón que no está.
—¿Y la caja? ¿Le hablaste de la caja de zapatos?
—No. —Pilar la miró—. No sé por qué, pero no.
Lidia cerró los ojos un momento.
¿Quién sabía que estaba detenida? La patrulla.
La comisaría de Getafe. Jimena. Su abogado.
El sobrino, que la había visto meterse en el coche esposada.
Y Ruano, que había bajado a ofrecerle un trato, que le había preguntado por papeles escritos a mano, que le había dicho, sin cambiar el tono, tu taller registrado, tus ordenadores, tu casa, la casa de tu madre.
Ruano.
—¿Cómo era? El chico.
—Joven. Educado. Con una cazadora de trabajo. —Pilar lo pensó—. Olía a aceite, de ese de las cerraduras. Tenía buenas manos. Con una cicatriz aquí —se tocó la base del pulgar—, como las que tenía tu padre de abrir latas.
Lidia lo apuntó en algún sitio por dentro, en la columna de lo que no sabía qué significaba.
* * *
Eran las diez menos diez. El juzgado estaba en Getafe, a casi una hora de autobús y cercanías. Si no se presentaba a las once, la buscarían, y una mujer en busca y captura no salva a nadie.
—Mamá. —Le tomó las dos manos—. Escúchame bien. No le abras a nadie. A nadie. Ni al cerrajero, ni a un policía, ni a un vecino. Si alguien llama, no contestes. Pon la cadena. No bajes al taller.
—Lidia, me estás asustando.
—Ya lo sé.
Quiso quedarse. Quiso llamar a Jimena, pero su móvil estaba en una bolsa en Getafe y el número de la inspectora estaba en ese móvil y en una tarjeta que había dejado debajo del teclado de abajo.
Bajó a buscarla. No estaba. Se la habría llevado Jimena con todo lo demás, o se habría caído. No tenía tiempo de buscarla.
Volvió a subir. Pilar estaba en el recibidor, con la mano en la cadena de la puerta.
—Vete —le dijo su madre—. Vete a donde tengas que ir. Yo no abro.
Lidia la miró. Su madre tenía sesenta y siete años, la bata puesta encima de la ropa y tres llaves nuevas en el bolsillo del delantal.
En el armario del pasillo, en la caja de zapatos, entre las facturas de la luz, estaba el disco.
Bajó la escalera a la carrera.