Día siete 31
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Hoy ha venido antes del primer tren.

Lo sé porque no lo he oído pasar, y la llave ya está en la cerradura.

Tres vueltas. Me da tiempo a sentarme bien, la espalda contra la pared, la colchoneta tapando la fila de abajo, el agujero del tornillo tapado con mi pasta gris, el tornillo debajo de la manta, entre los dedos de la mano izquierda.

Lo he dormido así, si es que he dormido. Tengo la mano agarrotada alrededor.

Entra deprisa. Nunca entra deprisa.

—Buenos días, Noa. Buenos días.

Lo dice dos veces. Se agacha, me revisa la cadena y le tiembla un poco la mano, la del guante. No me mira la colchoneta. Me mira la cara, de muy cerca, como si buscara algo en ella y le diera miedo no encontrarlo.

—Estás muy pálida —dice. Y luego, casi contento—: Pero estás.

Hoy no trae caldo. Trae una botella de agua nueva y un paquete de galletas, y los deja en el suelo sin abrirlos. Se pone de pie. Se quita la gorra, se la vuelve a poner. Se pasa la mano enguantada por la nuca. Nunca le he visto hacer tantas cosas con las manos.

—Hoy es el día siete —dice—. Hoy es el día importante. Hoy viene a verte.

* * *

Saca el móvil, el pequeño. Esta vez no se quita el guante: lo desbloquea con la nariz, inclinándose sobre la pantalla, y casi me da risa, y la risa me sale como un hipo y me duele el pecho.

—¿Quién viene? —pregunto.

—Alguien que sabe mirar.

Levanta el móvil. Me busca en la pantalla. Lo baja, lo sube, como siempre, con su paciencia de siempre, pero hoy la paciencia le cuesta. Lo noto. Respira por la boca.

—Dilo bien —me pide—. Despacio. Que se te entienda. Es el último de la cuenta.

El último de la cuenta.

Lo dice así, sin más, y lo oigo como se oye una cosa que ya sabías. Siete rayas en la pared. BEATRIZ debajo de la colchoneta. La señora del cartel. Lo sabía desde el miércoles. Pero no es lo mismo saberlo que oírselo decir a él con esa voz contenta.

Sé lo que voy a hacer antes de pensarlo.

Si alguien me va a ver, si alguien que sabe mirar va a ver este vídeo, que vea algo más que una chica con los labios morados diciendo un número. Algo que no pueda ver él.

Él ve la cámara. Ve mi cara en la pantalla, mi boca. No ve mis manos, que están en mi regazo, debajo del borde de la manta, en la parte de abajo del encuadre.

Me pongo la mano derecha sobre la rodilla, con la palma hacia arriba.

Y mientras él dice «cuando quieras», con la uña del dedo índice izquierdo me dibujo en la base del pulgar derecho, por dentro, despacio, una media luna.

Una vez. Otra. Como se marca una vena antes de pinchar, para que la vea el que viene detrás.

No sé si se verá. No sé si alguien lo entenderá. Es lo único que tengo suyo, y lo dejo ahí, en mi mano, delante de la cámara.

—Hoy es el día siete —digo.

Lo digo bien. Despacio. Se me entiende.

* * *

Baja el móvil. Mira la pantalla un rato largo, repasando el vídeo, y yo me quedo quieta, con el corazón en la boca, esperando que pare, que haga zoom, que me pregunte qué hacía con la mano.

No lo hace. Sonríe. Le veo la sonrisa en los ojos, por encima de la braga de cuello.

—Perfecto —dice—. Perfecto. Gracias.

Me da las gracias.

Recoge la botella vieja y se va. En la puerta se vuelve, como si se le hubiera olvidado algo.

—Esta tarde vengo a buscarte —dice—. Vamos a ir a otra sala. Una mejor.

La puerta se cierra con su golpe de siempre.

Y nada más.

Espero las vueltas con el oído pegado al aire. Una, dos, tres. No llegan. Oigo sus pasos alejarse por la nave, deprisa, más deprisa que nunca, y luego un motor, y luego nada.

Se le ha olvidado. Con las prisas, con esa alegría rara que traía, hoy se le ha olvidado echar la llave.

Me quedo sentada, mirando la puerta, con el tornillo clavándoseme en la palma de la mano izquierda hasta que me hace daño. Bien. Que me haga daño. El daño me despierta.

Una mejor. No hay salas mejores. Lo sé por la forma en que lo ha dicho, igual que me dijo «hoy no» cuando le pedí la manta.

Esta tarde vendrá a buscarme y me llevará a otro sitio, y en ese otro sitio se acabará la cuenta.

Saco el tornillo de debajo de la manta. Me lo miro. Miro la argolla, la placa que se mueve un pelo, los tres tornillos que quedan en la pared seca. Miro la puerta de metal sin manilla.

No voy a esperarle sentada.