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Él sabe que son las ocho porque le pican las manos.
No necesita reloj. A las ocho, siempre, los dedos le piden una herramienta. Se mira las manos sobre el hule de la mesa. Son manos grandes, de nudillos gruesos, con las uñas cortadas por otro. Están bien. Están mejor que la cabeza.
En la nevera hay papeles amarillos. Los lee desde la silla, uno por uno, despacio.
LAS PASTILLAS DESPUÉS DE COMER. NO AbrIR LA PUERTA.
HOY ES MIÉRCOLES. Esa letra no es la suya.
La suya era mejor, más recta. Él escribía las etiquetas de las llaves con una letra que se leía desde el otro lado del mostrador.
Hoy es miércoles. Lo dice la nevera.
* * *
La chica tiene frío. Eso lo recuerda bien.
La sala es blanca, de azulejos, y huele a agua estancada y a lejía.
La chica está sentada en el suelo, al fondo, con el pelo rubio pegado a la cara.
Rizado. Tiene que llevarle otra manta, porque en noviembre las cámaras pierden el frío de dentro, pero se quedan con el de las paredes.
Eso lo sabe él mejor que nadie. Él puso aquellas puertas.
Las puertas del hielo.
Las puso con sus manos, hace muchos años, cuando todavía había hielo.
Puertas gruesas, de acero, con cerraduras de palanca que traían de Alemania.
El encargado le dijo: Que no las abra nadie más que nosotros.
Y él le contestó que no se preocupara, que esas cerraduras no las abría ni Dios sin la llave.
Mentira. Él las abría.
—Yo puse las puertas del hielo —le dice a la cocina—. Las abro sin llave.
No hay nadie en la cocina para contestarle.
* * *
Tiene que grabarla.
Es la hora. Se levanta y busca el teléfono en el primer cajón, entre las cucharas y las facturas, y no está.
Busca en el segundo, donde están las llaves con sus etiquetas, cada una con su calle, su nombre, su número, y tampoco.
Las etiquetas sí están. Las toca una por una y las cuenta, como ha contado siempre: treinta y una.
Conoce las calles. No conoce los nombres.
El teléfono no está en ningún sitio. Alguien se lo lleva siempre. Le quitan las cosas, se las cambian de sitio, le dicen que no se preocupe.
Se sienta otra vez. Le pican las manos.
La chica estará esperando. Se pondrá nerviosa si no va. Siempre a las ocho, siempre con la fecha, siempre el número del día, para que quede claro, para que quede todo en orden.
No se acuerda de qué día es para ella. Ni de cuántos le quedan.
Toma un papel amarillo del montón que hay junto a la nevera y un rotulador grueso, y escribe con su letra, que ya no es la que era:
GRABAR.
Lo pega en la puerta de la nevera, junto a los otros. Lo alisa con la palma.
—Mañana tengo que acordarme de grabarla.