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Jimena Saiz había bajado al vestíbulo a recoger un sobre del juzgado cuando oyó la palabra encadenada.
Se quedó en el tercer escalón, con el sobre en la mano. Llevaba tres semanas en Madrid, pero los vestíbulos de todas las jefaturas se parecían, y la gente que llegaba a esa hora contando cosas que nadie quería oír, también.
La mujer del mostrador no parecía una de esas.
Hablaba bajo y en orden, como quien da parte, sin adjetivos y sin llorar.
Tenía unos cuarenta años, el pelo recogido en una coleta y un anorak empapado.
Dijo una hora exacta, las siete y dos, y Jimena se fijó en eso antes que en nada: la gente que se inventa cosas no se acuerda de los minutos.
Después apareció el comisario Ruano.
Jimena lo había visto dos veces desde que había llegado: una en la reunión de bienvenida, donde habló diez minutos sobre la confianza entre unidades, y otra en el ascensor, donde no la saludó.
Era el jefe de la Brigada. El jefe de su jefe.
No era un hombre que bajara al mostrador.
Y sin embargo se había parado, había preguntado, había escuchado.
Y al final se había acercado a la mujer y le había dicho algo al oído, con una sonrisa que no le llegaba a ningún sitio.
La mujer se había quedado blanca. Firmó lo que le pusieron delante y se fue.
—¿Quién era? —le preguntó Jimena al agente, cuando Ruano salió por la otra puerta.
—Lidia Camps. —El agente la miró como si tuviera que saberlo—. La del caso Montes. Era del laboratorio.
Jimena sí lo sabía. En la academia de Ávila les habían contado el caso Montes como ejemplo de lo que no se hace: una muestra abierta sin testigo, un sospechoso que volvió a su casa y una chica que no apareció nunca.
—¿Y qué quería?
—Dice que un cliente le dejó un móvil con un vídeo de una chica secuestrada. Y que se ha borrado solo, por el camino. —El agente se encogió de hombros—. El jefe ha dicho que le tome los datos.
Jimena dejó el sobre en el mostrador y salió a la calle sin abrigo.
* * *
La alcanzó en la esquina, debajo de la marquesina de una parada de autobús. Lidia Camps tenía el móvil borrado en una mano y miraba los coches como si buscara a alguien en ellos.
—Inspectora Saiz, del Grupo de Desaparecidos. —Le tendió una tarjeta—. Si recibe algo más, o si recuerda algo, llámeme a mí. A ese número, no a la centralita.
Lidia miró la tarjeta sin tomarla.
—¿Por qué?
Jimena no tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta en la puerta de la Jefatura. Dijo la otra.
—Porque ha dicho las siete y dos.
Lidia la miró por primera vez. Tenía los ojos de alguien que lleva años durmiendo poco. Tomó la tarjeta, la guardó en el bolsillo del anorak sin leerla y cruzó con el semáforo en ámbar.
* * *
De vuelta en su mesa, Jimena hizo lo único que podía hacer sin un nombre.
Buscó en la base de datos de personas desaparecidas: mujeres jóvenes, Madrid y alrededores, últimas dos semanas. Salieron cuatro, y las cuatro estaban ya localizadas.
Si la chica del vídeo existía, todavía no la echaba de menos nadie.
Leyó la comparecencia que había escrito el agente. Cuatro líneas. La compareciente manifiesta haber visualizado un vídeo… El dispositivo no contiene archivo alguno… Se le informa de que puede ampliar su declaración. Firmada con letra apretada: Lidia Camps Ortega.
Jimena le hizo una foto con el móvil, apagó la pantalla y se quedó un rato mirando el reflejo de su cara en el cristal negro.
No se lo contó a nadie.