Día siete 2
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El vídeo duraba diecinueve segundos.

Empezaba con una pared de azulejos blancos, de los antiguos, cuadrados, con las juntas grises y alguno partido. La luz era dura y venía de arriba, de un tubo que zumbaba. La cámara bajaba despacio, como si quien la sostenía buscara el encuadre, y entonces aparecía ella.

Estaba sentada en el suelo, sobre una colchoneta delgada, con una manta de cuadros sobre los hombros.

Tendría poco más de veinte años. Pelo oscuro recogido de cualquier manera, una sudadera gris demasiado grande, los labios pálidos.

Del tobillo izquierdo salía una cadena que se tensaba hacia un lado del plano y desaparecía en la pared, sujeta a una argolla.

Miró a la cámara. Cuando respiró, le salió vaho de la boca.

—Hoy es el día cinco.

Lo dijo con la voz plana de quien ha repetido una frase muchas veces para no equivocarse. Después levantó la vista por encima del móvil, hacia alguien que no se veía, como pidiendo permiso. Se oyó un ruido largo y sordo de fondo, algo pesado que pasaba lejos. La imagen se cortó.

Lidia se dio cuenta de que tenía el dedo apoyado en el borde de la mesa, apretando, y lo soltó.

Lo primero que pensó fue que era falso. Una broma de adolescentes, un trozo de serie, uno de esos vídeos que circulan por los grupos para asustar.

Lo pensó con la parte de la cabeza que todavía quería cerrar el taller a las ocho y subir a cenar con su madre.

La otra parte, la que había pasado nueve años analizando muestras de ADN en un laboratorio, ya estaba trabajando.

Volvió al principio. Ahora miraba sin escuchar.

El vaho no se fingía bien: los vídeos hechos para asustar nunca se acordaban del frío. Y la chica no actuaba. Los actores miran a la cámara para que los miren; ella miraba esperando permiso para dejar de hacerlo.

Abrió la información del archivo. Grabado esa misma mañana, a las 07:02.

No era una broma. En algún sitio, en ese mismo momento, una chica estaba viviendo su día cinco.

* * *

Hizo lo que hacía con todos los teléfonos que pasaban por el taller, aunque se había prometido muchas veces dejar de hacerlo. Conectó el iPhone al ordenador por cable y lanzó la copia completa.

Llevaba tres años haciéndolo. No lo sabía nadie: ni su madre, ni los clientes, ni la gestora que le llevaba las facturas.

Se decía que era por si alguien perdía sus datos, que lo hacía para protegerlos, que en el laboratorio se aprende a no tocar nunca un original sin una copia al lado.

Era verdad a medias. La otra mitad era que no sabía dejar de mirar, y que en cada teléfono había una vida entera esperando en silencio a que alguien la ordenara.

La barra de progreso empezó a avanzar. Mientras tanto, Lidia volvió a la galería del móvil.

Antes del vídeo de la chica no había casi nada reciente.

Retrocedió. Meses vacíos. Unas pocas fotos de una cocina pequeña, con la nevera cubierta de notas amarillas escritas con letra de imprenta: LAS PASTILLAS DESPUÉS DE COMER.

NO AbrIR LA PUERTA. HOY ES MARTES. Era la galería de alguien que ya no hacía fotos, o de alguien a quien se las hacían otros.

Y después, muy atrás, un álbum.

Estaba al final del todo, con fecha de noviembre de 2020. Siete vídeos. Las miniaturas eran blancas. Los mismos azulejos.

Lidia no quiso abrirlos. Se le habían quedado las manos frías. Abrió el primero.

Otra chica. Rubia, con el pelo rizado aplastado contra una mejilla, una cazadora vaquera. La misma pared, los mismos azulejos, quizá la misma argolla. La misma frase, con otro número.

—Hoy es el día uno.

Lidia conocía esa cara.

La había visto durante seis años en las farolas del barrio, fotocopiada en blanco y negro, cada vez más gastada por la lluvia y vuelta a pegar por una mujer que no se rendía.

¿HAS VISTO A BEATRIZ? La había visto antes en una carpeta azul, en una mesa del laboratorio, en noviembre de 2020: Beatriz Montes Ruiz, veintitrés años, desaparecida en Getafe.

Había visto su ADN en una cuerda guardada en una bolsa de pruebas.

Había firmado el informe que lo decía. Y después había visto el registro de custodia con una línea que ella nunca escribió: que había abierto la muestra sin testigo.

El juez no le dio fiabilidad a la prueba.

Era la única que había. El caso se archivó, el sospechoso volvió a su casa y Lidia volvió a la suya con un expediente, una salida del cuerpo que todavía no sabía si había elegido ella y la certeza, que con los años había ido gastándose como los carteles, de que ella no se había equivocado.

El ordenador emitió un pitido. La copia había terminado.

Lidia se quedó mirando la miniatura blanca del último vídeo del álbum, el séptimo, sin tocarlo. De todos los talleres de Madrid, el hombre de la gorra había entrado en el suyo. Y le había dado el código sin que se lo pidiera.

El caso que le había arruinado la vida estaba dentro de aquel teléfono.