Día siete 1
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Día siete

Día siete

Por Miguel_A_ Morales Pallas

© inepub.com

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El hombre de la gorra entró en el taller cuando Lidia Camps todavía estaba explicándole a la señora Remedios por qué su móvil no tenía arreglo.

—Se le ha mojado por dentro —le dijo, y le acercó la placa a la lupa para que viera la mancha verde junto al conector—. Esto ya no vuelve.

—Es que tenía las fotos del niño.

El niño tenía cuarenta años y vivía en Alemania. Lidia sacó la tarjeta de memoria, rescató ciento doce fotos de un chico rubio delante de árboles de Navidad cada vez más grandes y se las pasó a una tarjeta nueva. Le cobró la tarjeta. Las fotos, no.

Remedios se marchó con el bolso apretado contra el abrigo.

El hombre había esperado junto a la puerta sin impacientarse. Llevaba una gorra azul oscuro calada hasta las cejas, un anorak de mercadillo y guantes de lana, aunque la estufa de butano tenía el taller a veinticinco grados. Dejó en el mostrador un iPhone metido en una bolsa de plástico.

—La pantalla.

Lidia lo sacó de la bolsa. Era un modelo de hacía varios años, con la pantalla astillada desde una esquina y una funda de goma negra comida en los bordes.

Lo encendió. La imagen aparecía partida en trozos y el táctil no respondía a nada.

En la esquina de arriba, las rayas de cobertura subieron hasta tres: tenía tarjeta y datos.

—Hay que cambiarla entera. Ciento veinte euros. Para esta tarde, si me llega la pieza.

—Esta tarde está bien.

Pagó por adelantado, con billetes de veinte doblados por la mitad. No se quitó los guantes para contarlos. Lidia tomó una etiqueta y el bolígrafo.

—¿A nombre de quién?

Él miró hacia la calle antes de responder.

—Ya vendré yo.

—Necesito un nombre o un teléfono. Si se pierde el resguardo…

El hombre sacó un papel del bolsillo del anorak y lo dejó junto al móvil. Cuatro cifras escritas a lápiz, con letra cuidadosa, de colegio.

—El código. Para que pruebe la pantalla.

Lidia no se lo había pedido. Nadie daba el código sin que se lo pidieran; la mayoría lo dictaba de mala gana, de lado, como quien entrega la llave de casa a un desconocido.

Iba a decírselo, pero la campanilla de la puerta ya sonaba sobre su cabeza.

A través del cristal lo vio cruzar entre los toldos de la frutería y perderse calle abajo, sin prisa, con las manos en los bolsillos.

Escribió en la etiqueta lo que tenía: Gorra azul. Pagado. Miércoles, 10:15. La pegó en la bolsa y metió el papel del código dentro.

Seis años fuera del laboratorio no le habían quitado la costumbre de anotarlo todo: la hora, el estado, quién entrega y quién recibe. En la Científica le habían enseñado que lo que no se anota no ha pasado. Después había aprendido, por las malas, que lo que se anota también se puede cambiar.

Dejó el móvil encendido en la bandeja de pendientes. Algunos clientes se ponían nerviosos si les devolvías el teléfono sin la tarjeta en su sitio, y a Lidia no le gustaba tocar más de lo necesario.

* * *

A las once, el quinto peldaño de la escalera crujió como cada mañana.

La escalera bajaba desde la casa de su madre hasta la trastienda, estrecha y empinada, con una barandilla que Lidia llevaba dos años prometiendo atornillar.

Pilar dejó un café en el banco de trabajo, lejos de las piezas, porque ya conocía las normas.

—Tienes ojeras.

—Tengo trabajo.

—Lo otro también era trabajo.

Lo otro. En seis años, su madre no había dicho ni una vez laboratorio, ni expediente, ni el nombre de la chica de los carteles. Lidia le estaba agradecida por eso más que por los cafés.

El quinto peldaño volvió a crujir cuando subió.

* * *

La pieza llegó a las cuatro. Mientras esperaba, Lidia le había explicado a un hombre muy enfadado que no, que ella no podía leer los mensajes borrados de su mujer, aunque pudiera, y que se fuera a casa.

A las cinco y media se puso con el iPhone.

Lo hizo como lo hacía todo, sobre la alfombrilla gris, con la lámpara de lupa encendida y las herramientas en fila.

Calor para despegar la pantalla rota. Paciencia para no romper los cables finos que la unían al resto.

La pieza nueva encajó a la primera. Cuando cerró el móvil y lo encendió, la luz salió limpia, sin manchas ni rayas.

Desdobló el papel y tecleó las cuatro cifras. Entró.

Para probar el táctil, arrastró el dedo de esquina a esquina, abrió y cerró un par de aplicaciones, escribió algo en el buscador y lo borró.

Faltaba la imagen. Lo comprobaba siempre con una foto cualquiera: los colores, el brillo, si quedaba algún punto muerto en la pantalla.

Tocó el icono de la galería sin mirar lo que había dentro, como quien enciende una luz.

La galería se abrió en un vídeo.

El primer fotograma era casi todo blanco.