Día siete 30
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El abogado de oficio se llamaba Nicolás Prieto, tenía treinta años, la corbata floja y cara de haberse levantado del sofá. Le explicó a Lidia sus derechos con frases cortas y le dijo lo que le decía a todo el mundo: que no declarara nada esa noche, que esperara a mañana, que ya se vería.

—Quiero declarar —dijo Lidia—. Ahora. Ante la inspectora Saiz, del Grupo de Desaparecidos. Sobre la desaparición de Noa Esteve.

Nicolás la miró como se mira a alguien que acaba de decir que quiere saltar por una ventana.

—No le conviene.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabe. —Bajó la voz—. Le acabo de leer lo que le imputan. Si habla ahora, todo lo que diga…

—Va a constar. Por eso.

Lidia la había mandado llamar a través del agente de guardia, que tardó diez minutos en decidir si eso estaba permitido y otros cinco en marcar el número.

Jimena llegó a las doce menos cinco: seguía en Getafe, en el coche, aparcada delante del portal de Amparo Montes, sin decidirse a irse.

Entró con la mochila al hombro y una carpeta nueva, se sentó al otro lado de la mesa y puso el móvil a grabar delante de todos, con la pantalla hacia arriba.

—Esto sí es una declaración —dijo—. Con su abogado presente. ¿Lo entiende?

—Sí.

* * *

No le costó empezar. Le costó la segunda frase.

—Llevo tres años copiando los teléfonos de mis clientes.

Lo dijo mirando a Jimena, no a la mesa. Nicolás cerró los ojos un momento.

—Todos los que pasan por el taller —siguió—. Antes de repararlos. Una copia completa, en el ordenador del taller. Nadie me lo ha pedido nunca. Nadie lo sabe. Empecé porque en el laboratorio se aprende a no tocar nunca un original sin una copia al lado, y seguí porque no sabía parar. Son cientos.

Jimena no dijo nada. Escribía.

—El miércoles hice lo mismo con el iPhone del hombre de la gorra. Antes de que lo borraran. Tengo la copia entera. Los siete vídeos de Beatriz Montes, de 2020, con su audio original, con sus datos. El vídeo de Noa del día cinco. Todo lo que había en ese teléfono.

Ahora sí, Jimena levantó la vista.

—Tenía eso desde el miércoles por la tarde.

—Sí.

—Y no me lo dijo esta mañana, en su taller, cuando le pregunté si había algo más.

—No.

—¿Por qué?

Lidia había pensado esa respuesta en el calabozo, durante dos horas, y había descartado todas las versiones que la dejaban bien.

—Porque si lo daba, tenía que dar los otros cientos.

Perdía el taller. A lo mejor algo más. Y porque la última vez que una prueba mía entró en ese edificio salió con una línea que yo no había escrito.

—Respiró—. Y porque mientras la tuviera yo, podía mirarla yo.

Eso es lo peor de las tres razones, y es verdad.

—¿Y ahora qué ha cambiado?

—Que estoy aquí dentro. Que ya no puedo mirar nada.

Que quedan veinte horas. —Lidia se inclinó un poco sobre la mesa—.

Y que hace media hora Ramón Ruano me ha ofrecido escribir el atestado de la forma que más me convenga a cambio de que me vaya a casa.

Y no me ha preguntado ni una vez por la chica.

Me ha preguntado si en casa de Senra había papeles escritos a mano.

Nicolás abrió la boca. Jimena levantó una mano sin mirarlo y él la cerró.

—Eso que acaba de decir sobre el comisario —dijo Jimena despacio— también va a constar.

—Ya lo sé.

* * *

Al final, Jimena le puso delante un folio escrito a mano.

Una autorización: Lidia Camps Ortega, titular del taller de reparación de teléfonos sito en tal calle de Usera, autoriza a la inspectora Jimena Saiz a acceder al ordenador del local y a obtener una copia de los archivos correspondientes al dispositivo entregado el miércoles a las 10:15 por un cliente no identificado. Hora. Lugar. Firma.

Nicolás lo leyó por encima del hombro de Lidia, despacio, y negó con la cabeza.

—Esto no tiene vuelta atrás. Lo sabe, ¿verdad? En cuanto alguien vea ese ordenador, van a ver los otros cientos. No hace falta que ningún cliente denuncie. Con tantos afectados, actúan solos.

Lidia tomó el bolígrafo.

Pensó en el taller. En la persiana con las letras rojas, en la estufa de butano, en la lámpara de lupa. En los clientes que le traían el móvil del marido muerto para salvar las fotos. En la señora Remedios. En la escalera interior y el quinto peldaño. En su madre, arriba, que no sabía nada.

Firmó.

—Las llaves del taller están en la bolsa de mis efectos —dijo—. La contraseña del ordenador es la fecha de nacimiento de mi padre. Se la escribo.

Se la escribió debajo de la firma.

No le dijo nada del disco. Del disco de la caja de zapatos, en el armario del pasillo de su madre, entre las facturas de la luz. Esa copia no salía en ningún papel. Esa copia era la única cosa que le quedaba que no podía quitarle nadie.

Jimena recogió el folio, lo metió en la carpeta y paró la grabación. Se quedó un momento callada, mirándola. Después dijo, por primera vez sin el usted:

—Eso te puede costar el taller.

—Ya lo sé.