29
Ruano no bajó al calabozo. Hizo que la subieran a ella.
La sala era pequeña, sin ventanas, con una mesa atornillada al suelo y dos sillas. Lidia llevaba una hora sentada en una de ellas cuando se abrió la puerta y entró él, con el abrigo puesto, como el miércoles en la Jefatura. Dejó una carpeta sobre la mesa y no se sentó.
—Tu abogado viene de camino —dijo—. Esto no es una declaración. No voy a escribir nada. Solo quiero que me escuches cinco minutos.
—No tengo nada que decirte.
—Por eso. Escucha.
Abrió la carpeta. Lidia vio su propia cara en la primera hoja: la foto de la ficha de detención, hecha hacía dos horas, con el pelo mojado y los ojos rojos.
—Te cuento lo que tengo. —Ruano hablaba bajo, sin prisa, como quien explica un informe a un juez—.
Una mujer que aparece el miércoles en la Jefatura con un teléfono vacío y una historia sobre un vídeo que nadie ha visto.
Que el jueves recibe en su taller, antes que nadie, el segundo vídeo.
Que le da a la policía el nombre de la desaparecida antes de que nadie la haya denunciado.
Que esta noche entra con guantes en casa del principal sospechoso y sale con la llave del piso de la chica en el bolsillo.
Y que en esa casa tiene un tablero lleno de fotos suyas.
Pasó las hojas despacio, una por una, sin mirarlas.
—¿Sabes cómo se escribe eso en un atestado? Yo sí. Se puede escribir de dos maneras.
* * *
—Una —siguió—. Una mujer obsesionada con un caso antiguo, que no ha superado un error profesional, que entra en una casa ajena sin pensar.
Allanamiento, sin antecedentes. Con eso escrito así, lo normal es que mañana estés en la calle con una citación.
Lo que pase después lo decide un juez. Pero los jueces leen lo que les escribimos.
Lidia no dijo nada. Sabía que él no podía prometerle eso. Nadie podía. Pero sabía también lo que pesa un atestado bien escrito en la mesa de un juez de guardia a las nueve de la mañana.
—Dos. Una mujer que sabe demasiado. Que tiene una relación personal con el sospechoso, documentada en la pared de su casa.
Que aparece en cada paso de esta desaparición antes que la policía.
Que tenía la llave de la víctima. —Ruano cerró la carpeta—.
Eso no es un allanamiento, Lidia. Eso es una persona a la que hay que investigar por la desaparición de Noa Esteve.
Con todo lo que eso significa. Tu taller registrado.
Tus ordenadores. Tu casa. La casa de tu madre.
Lo dijo sin cambiar el tono. Lidia sintió que algo se le cerraba en el estómago.
—¿Y qué quieres a cambio?
—Que te vayas a casa. De verdad, esta vez.
Que no vuelvas a llamar a nadie, ni a ir a ningún bar, ni a escribir a ninguna inspectora.
Que dejes esto a quien tiene que llevarlo.
Me firmas una declaración diciendo que entraste por una obsesión personal y que no tienes ninguna información sobre la chica, y yo escribo la primera versión.
* * *
Lidia lo miró. Llevaba seis años imaginando esa conversación, en la ducha, en el metro, de madrugada, y en todas las versiones él la miraba desde arriba y ella no encontraba las palabras. Ahora él estaba de pie y ella sentada, como en las versiones. Pero algo no encajaba.
Ruano no la miraba desde arriba. Miraba la carpeta. Le había temblado un poco la mano al cerrarla, una vez, nada, un movimiento que nadie habría visto si no se hubiera pasado nueve años mirando manos sobre una mesa de laboratorio.
—¿Qué más había en esa casa? —preguntó él de pronto. Más bajo—. Aparte de las llaves. ¿Viste papeles? ¿Una libreta? ¿Cuadernos, agendas, algo escrito a mano?
—¿Por qué?
—Porque es mi caso.
—Tu caso es encontrar a Noa Esteve.
Ruano no contestó. Se abrochó un botón del abrigo que ya estaba abrochado, lo notó, lo soltó.
—Piénsalo esta noche —dijo, y fue hacia la puerta—. Tu abogado llegará en un rato. Mañana a las nueve, el atestado sale de aquí escrito de una manera o de otra. Tú decides cuál.
La puerta se cerró. Lidia se quedó sola en la sala, bajo el fluorescente, con las manos sobre la mesa.
No le había preguntado por la chica. No le había preguntado dónde podía estar, ni qué había en los vídeos, ni qué había visto en la pared.
Le había preguntado por papeles. Por algo escrito a mano en casa de un cerrajero que había sido sospechoso en un caso que él mismo había dirigido desde el laboratorio.
Seis años creyendo que Ramón Ruano la despreciaba.
No era desprecio. Lidia lo había visto en la mano que temblaba y en el botón abrochado dos veces, y lo reconoció porque lo llevaba dentro desde el miércoles.
Ruano tenía miedo.