25
La puerta principal se abrió y entró una corriente de aire frío que llegó hasta el garaje.
Lidia apagó la linterna. Se quedó quieta junto al banco de trabajo, con la mano sobre el bolsillo del anorak donde pesaba el aro de llaves. Pasos en el pasillo. Unos arrastrados, lentos, de zapatillas. Otros detrás, más rápidos.
—Tío. Tío, espera. Espera, que enciendo.
Una voz joven. La luz del pasillo se encendió y dibujó un rectángulo amarillo en el suelo de la cocina.
Las zapatillas siguieron avanzando. No fueron hacia el salón ni hacia el dormitorio. Vinieron hacia la cocina, como si supieran que había alguien, y se pararon en la puerta del garaje.
Hugo Senra era más bajo de lo que Lidia recordaba de las fotos del expediente, más ancho, con el pelo blanco cortado al rape y un jersey abrochado con los botones cambiados de ojal.
Tenía las manos grandes colgando a los lados del cuerpo.
La miró desde la puerta. La miró de verdad, con unos ojos claros que durante un momento no fueron los de un enfermo.
—La de la bata blanca —dijo.
Lidia no pudo moverse.
Hugo dio un paso hacia ella y levantó una mano, despacio, como si fuera a tocarle la manga del anorak para comprobar que era de verdad. Antes de que llegara, alguien lo tomó del brazo desde atrás.
—Tío, ven. Ven conmigo.
* * *
El sobrino.
Tenía veintitantos años, un gorro de lana gris, una cazadora de trabajo con el cuello subido y guantes.
La cara pálida, delgada, con los ojos muy abiertos.
Era la primera vez que Lidia lo veía. Se lo había imaginado mil veces desde la noche anterior, y no se lo había imaginado así: tan joven, tan asustado, con la mano en el brazo de su tío como quien sujeta algo que se puede romper.
La miró. Durante un instante Lidia vio en sus ojos algo que no supo leer. Después él retrocedió un paso, arrastrando a Hugo consigo.
—¿Quién es usted? —La voz le salió alta, rota—. ¿Qué hace en mi casa? ¡He llamado a la policía! ¡Están viniendo!
Lidia lo entendió en ese momento, entero, como se entiende un resultado cuando aparece en la pantalla.
No podía decir que la conocía. No delante de nadie. Si se enteran de que te he dejado entrar, me lo quitan. Había vuelto antes de hora, por lo que fuera, había visto una luz y había hecho lo que haría cualquiera. Y ahora no podía deshacerlo.
Ella podía. Le bastaba una frase: Él me dio la llave.
Tenía los mensajes en el móvil. Los mensajes de un número de prepago que cualquiera podía haber comprado, enviados a ella por alguien que ahora la miraba como a una ladrona.
Y si los enseñaba, sirvieran o no, el chico dejaba de escribirle esa misma noche.
Era el único que le había dado algo verdadero desde el miércoles: un nombre, un bar, una llave. El único hilo que llevaba hasta Noa.
Se calló.
* * *
La patrulla llegó cuatro minutos después. Dos agentes, uno joven y uno mayor, con las linternas encendidas y la mano cerca de la cadera.
El sobrino habló primero. Que había ido a recoger a su tío al centro de día. Que al llegar había visto una luz dentro. Que había llamado al 091. Que su tío se había metido en casa antes de que pudiera pararlo. Que esa mujer estaba en el garaje.
El agente mayor miró a Lidia. Le pidió que sacara las manos de los bolsillos, despacio. Le vio los guantes de nitrilo.
—¿Qué hace usted aquí?
—Busco a una chica desaparecida. Noa Esteve. —Lidia oyó su propia voz, demasiado tranquila, la voz que se le ponía en el laboratorio cuando algo salía mal—. Hay un tablero en el cuarto del fondo con fotos mías. Y hay llaves.
El agente joven le palpó el anorak y sacó el aro de hierro del bolsillo interior. Las llaves sonaron todas a la vez. Las etiquetas de cartón colgaban como hojas.
—¿Esto es suyo?
—No. Estaba en un cajón del garaje. —Lidia lo miró a los ojos—. Hay una que pone ESTEVE . Es la llave de la casa de la chica. Apúntelo, por favor.
—Eso lo verá el juez.
—Apúntelo. ESTEVE. Calle Olvido, catorce, tercero B. Con la hora.
El agente mayor la miró un rato, con una expresión que Lidia no consiguió descifrar. Después sacó una libreta del bolsillo de la camisa y escribió algo. Lidia no vio qué.
Una mujer dentro de una casa ajena, de noche, con guantes, una linterna y un aro de llaves de otras casas en el bolsillo.
No hacía falta que nadie lo explicara. El agente joven le leyó sus derechos de una tarjeta plastificada, deprisa, con el tono de quien lo ha hecho cien veces.
Le pidió el móvil, la cartera, los cordones de las botas.
Le dijo que iba a ponerle las esposas para el traslado, que era el procedimiento, que no se lo tomara como algo personal.
Lidia extendió las muñecas.
* * *
En el coche patrulla, con las manos atrás y el metal frío contra los huesos, miró por la ventanilla.
El sobrino estaba en la puerta de la casa, con su tío del brazo. Hugo miraba al cielo, a nada. El chico la miraba a ella.
El agente joven dejó una bolsa de plástico transparente en el asiento del copiloto. Dentro estaban su móvil, su cartera y el aro de llaves, con las etiquetas aplastadas contra el plástico.
La única prueba que había tenido en seis años. Se la habían quitado en diez minutos.