Día siete 24
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Desde la esquina se ve la casa entera.

Él aparca donde siempre aparca cuando quiere mirar: un poco más allá de la farola, en la sombra de un plátano sin hojas, con el motor apagado.

No hace falta encender nada. La calle está tranquila a esta hora.

En los adosados de enfrente se ven televisiones encendidas detrás de las cortinas, azules, todas iguales.

La casa tiene las persianas bajadas. Pero no del todo.

Por la rendija de la persiana del pasillo, de vez en cuando, pasa una luz blanca. Una linterna. Se mueve despacio, se para, vuelve a moverse. Va del pasillo al cuarto del fondo y se queda allí mucho rato.

Él lo mira con las manos quietas sobre el volante.

Desde que él ha llegado, la linterna lleva cinco minutos en el cuarto del fondo. Lo cuenta. Se está tomando su tiempo, como tiene que ser. Ella no mira deprisa. Nunca ha mirado deprisa.

La luz sale del cuarto del fondo y va hacia la cocina. Después desaparece. El garaje.

Son las ocho y media.

* * *

Saca el teléfono. Marca tres números.

—Emergencias, dígame.

—Quiero denunciar que hay alguien dentro de una casa.

—Pone la voz que hay que poner: rápida, un poco más aguda de lo normal, la voz de alguien que ha visto algo y tiene miedo de haberlo visto—.

En Getafe. Una luz moviéndose. La casa tendría que estar vacía a esta hora. Es de un hombre mayor, está enfermo.

Le piden la dirección. La da despacio, para que la apunten bien. Calle, número, código postal. Le preguntan si sigue viendo la luz. Le dice que sí. Le preguntan si ha visto a alguien. Le dice que no, que solo la luz, que por favor vengan. Le piden un nombre y un teléfono.

Él se los da.

—Una patrulla va de camino. No entre en la vivienda. ¿Me ha entendido? No entre.

—Sí. Gracias. Gracias.

Cuelga.

* * *

Se queda un momento mirando la pantalla apagada.

Esta noche ella va a estar donde tiene que estar.

Donde la miren. Le van a hacer las preguntas que se le hacen a la gente que entra en las casas de noche con guantes, y ella va a contestar lo que pueda, y nadie la va a creer, como la otra vez.

Mañana saldrá. Mañana tiene que estar fuera, mirando. Pero esta noche no.

Esta noche él tiene otra puerta que abrir.

Faltan veintitrés horas y veintinueve minutos.

Él no sonríe nunca. No le hace falta. Pero ahora, en el coche oscuro, con el teléfono todavía caliente en la mano y la linterna moviéndose otra vez detrás de la persiana, siente que algo se le estira en la cara, despacio, como una cerradura vieja que cede.

Es la primera vez.