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En la nevera hay papeles nuevos.
Los lee desde la silla, como todas las mañanas.
Algunos los conoce: LAS PASTILLAS DESPUÉS DE COMER.
NO AbrIR LA PUERTA. El de abajo ha cambiado: ayer decía HOY ES MIÉRCOLES , y hoy dice HOY ES JUEVES .
Alguien lo cambia por las noches. No sabe quién.
Sabe que no es él, porque esa letra no es la suya.
Hay dos que no estaban.
NO SALIR SOLO.
LAS LLAVES LAS TIENE IVÁN.
Iván. El nombre lo conoce. Es el chico. El hijo de su hermano, el que le corta las uñas los domingos y le dice tío con una voz muy suave, como se les habla a los perros viejos.
Un chico bueno. Callado. De pequeño se sentaba en el taburete del taller y le miraba las manos.
Eso lo recuerda bien. Lo que no recuerda es por qué el chico tiene ahora las llaves.
Las llaves eran suyas. Todas.
Se levanta y abre el segundo cajón. Están las etiquetas, cada una con su calle, pero no están las llaves. Los ganchos vacíos. Toca las etiquetas una por una y las cuenta: treinta y una, igual que ayer. Las llaves no las cuenta porque no están.
Entre las etiquetas, en la puerta de la nevera, hay un rectángulo más limpio, del tamaño de un papel. Ahí había algo. Lo toca con la yema del dedo. No sabe qué era. Sabe que era importante, porque las cosas importantes son las que le quitan.
* * *
El pastillero está en el centro de la mesa. Es de plástico, con siete casillas y siete letras, y una tapa transparente con un cierre pequeño, de los que se abren con una llave diminuta. La llave tampoco está.
Él no necesita la llave.
En el primer cajón, entre las cucharas y las facturas, hay un vaso con cosas pequeñas: gomas, un dedal, botones, horquillas.
No sabe de quién son las horquillas. En esta casa no vive ninguna mujer.
Saca una, la abre con los dientes y le dobla la punta contra el borde de la mesa, sin pensar, como se ata uno los zapatos.
Mete la punta en el cierre. Escucha con los dedos. Hay cerraduras que hablan y cerraduras que se callan, y esta es de las tontas, de las que se rinden al primer empujón si sabes dónde empujar. Cuenta. Uno. Dos. Al tercero, el cierre hace un ruido de juguete y la tapa salta.
Se queda mirando sus manos. Han hecho eso solas. Las manos se acuerdan de cosas que él ya no sabe.
Las casillas tienen letras. L, M, X, J. Las pastillas son blancas y rosas, pequeñas. Él no sabe cuál es la de hoy. Mira la nevera. HOY ES JUEVES. Busca la J. Las cuenta: cuatro. Las deja donde están. Le han dicho después de comer.
* * *
Al fondo del pasillo, el agua de la ducha corre. El chico está en casa. Cuando el chico está en casa, la casa hace ruidos.
Él se sienta otra vez. Mira el pastillero abierto, la horquilla doblada, sus manos.
Hubo una chica.
Esto llega como llegan las cosas ahora, de golpe y sin orden, como cuando se cae un cajón.
Una chica en una sala blanca. Rubia. Tenía frío, y él le llevaba mantas, porque en las salas de hielo el frío no se va nunca, se queda en las paredes.
Ella le preguntaba cosas. Él no le contestaba.
No recuerda qué le preguntaba. Recuerda que tenía la voz cada vez más pequeña.
No recuerda qué pasó con la chica.
Esa es la parte que le da miedo. No la sala, ni el frío, ni la cadena que de pronto ve en la cabeza, tensa contra una argolla. Lo que le da miedo es el hueco. Como el rectángulo limpio de la nevera. Ahí había algo.
La ducha sigue corriendo.
—¿Y la chica? —pregunta en voz alta, a la cocina vacía—. ¿Quién le lleva la manta a la chica?
Nadie le contesta.