Día siete 13
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La despertó el zumbido del móvil del taller contra el mostrador.

Se había quedado dormida en la silla del banco de trabajo, con la manta de su madre sobre los hombros y la cabeza apoyada en el brazo. Le dolía el cuello. Por la rendija de la persiana entraba una luz gris, sucia, de amanecer de noviembre.

El móvil del taller era un Android viejo que solo servía para el WhatsApp de los clientes. El número estaba pintado en la persiana, en letras rojas, debajo de REPARACIÓN DE MÓVILES , y también en las tarjetas del mostrador y en los resguardos. Lo tenía medio barrio. Lo tenía cualquiera.

Lidia supo lo que era antes de abrirlo. Lo abrió igual.

La pared blanca. El tubo de luz. La colchoneta, la manta de cuadros, la cadena.

La imagen era peor que la del iPhone, más granulada, con los colores apagados, como si la hubieran grabado con un teléfono barato.

Noa estaba sentada con la espalda contra los azulejos y temblaba.

No era un temblor de miedo: era el cuerpo entero, los hombros, la mandíbula, un temblor que hacía sonar la cadena contra el suelo.

Tenía los labios morados. Se apartó el pelo de la cara con una mano que parecía de otra persona, lenta, sin fuerza en los dedos.

Abrió la boca y no le salió nada. Lo intentó otra vez.

—Hoy es… el día seis.

Al fondo, muy lejos, pasaba un tren.

La imagen se cortó.

Lidia lo vio una vez más, entero, con los codos sobre la mesa.

Entre el día cinco y el día seis, a Noa se le habían puesto los labios morados.

Lo comparó con lo que recordaba del primer vídeo, con el vaho, con la voz plana pero firme.

Ahora la voz se le rompía en mitad de la frase.

Lidia no sabía de medicina más que lo que se aprende en un laboratorio, pero sabía reconocer cuándo una muestra se estaba degradando.

Sacó su propio móvil del bolsillo del anorak y buscó la conversación del sobrino. Comparó los números cifra a cifra. No era el mismo.

Después hizo lo que hacía siempre. Conectó el Android al ordenador y copió el vídeo. Esta vez no le pareció un vicio.

* * *

La tarjeta de Jimena Saiz seguía debajo del teclado.

Lidia la sacó y se quedó mirándola. Por la noche no había llamado porque lo único que podía darle era una copia que no debería existir.

Pero esto era distinto. Este vídeo no lo había sacado de ningún teléfono ajeno.

Se lo habían mandado a ella, al número de su negocio, pintado en su persiana. Podía entregarlo sin explicar nada más.

Se lo reenvió desde el móvil del taller. Esperó a que salieran las dos marcas y llamó.

Jimena contestó al primer tono, con voz de llevar horas despierta.

—Saiz.

—Soy Lidia Camps. Le acabo de mandar un vídeo. Ha llegado esta mañana al WhatsApp del taller. Es la misma chica.

Silencio. Lidia oyó un roce de sábanas, o de papeles, y después el sonido amortiguado del vídeo al otro lado de la línea. Diecinueve segundos. Lo reconoció por el tren.

—Se llama Noa Esteve —dijo Lidia—. Trabaja de camarera en el bar Duero, en Usera. No va a trabajar desde el viernes.

—¿Cómo sabe eso?

—Voy para allá —dijo Jimena antes de que Lidia pudiera contestar—. No toque el teléfono.

* * *

Llegó a las siete y cuarenta, sin abrigo, con el pelo mojado y una mochila al hombro. Lidia levantó la persiana lo justo para que pasara.

Jimena miró el taller de una ojeada: el banco de trabajo, las bandejas de pendientes, el ordenador con sus cables. Lidia la vio mirarlo y notó que se le tensaba la espalda. En ese disco duro estaban tres años de vidas ajenas, y la inspectora estaba a un metro.

Jimena no se acercó al ordenador. Sacó de la mochila unos guantes de nitrilo y una bolsa de pruebas. Antes de meter el Android en la bolsa, le hizo una foto a la pantalla con su propio móvil. Después otra al número desde el que había llegado el vídeo. Después otra a la hora.

—Me guardo copia de todo —dijo, sin que Lidia le preguntara—. En mi primer destino, en Algeciras, un atestado mío desapareció de una mesa. Desde entonces no me fío ni de mi sombra.

Lidia no contestó. Conocía esa costumbre mejor que nadie.

—Necesito llevarme el teléfono.

—Es el del negocio.

—Ya lo sé.

Lidia asintió. Jimena cerró la bolsa, firmó la etiqueta, anotó la hora y le pidió que firmara ella también, debajo. Lidia firmó. Hacía seis años que no ponía su nombre en una etiqueta de custodia. Le tembló el bolígrafo, y se odió por eso.

—Ahora —dijo Jimena— dígame cómo sabe cómo se llama.

—Fui al bar anoche. Pregunté. El encargado me enseñó una foto. Es ella.

—¿Y por qué fue a ese bar y no a otro?

Lidia sostuvo la mirada.

—Porque alguien me lo dijo.

—¿Quién?

—Alguien que tiene más miedo que yo.

Jimena esperó. Lidia sabía cómo funcionaba ese silencio, lo había visto usar mil veces en las salas de declaración: se deja crecer hasta que el otro lo llena. No lo llenó.

—Esta mañana irá a denunciar el encargado del bar —dijo en su lugar—. Preguntará por usted.

—¿También eso es cosa suya?

—Sí.

Jimena guardó la bolsa en la mochila. En la puerta se volvió.

—Desde hoy esto es una desaparición de alto riesgo. Lo registro yo, con mi nombre, y la copia de todo me la quedo yo. —Hizo una pausa—. ¿Hay algo más que tenga que saber?

Lidia pensó en el ordenador a su espalda. En la caja de zapatos del armario de su madre. En el sobrino, que le había suplicado que no metiera a la policía.

—No.

Era la primera vez que le mentía a alguien que había decidido creerla.

* * *

Cuando Jimena se fue, Lidia volvió a poner el vídeo en el ordenador, en la copia.

Lo había mandado a las siete y cuatro, tres horas antes de que el taller abriera. No le hacía falta saber que ella había dormido allí. Sabía que lo vería. Ella siempre miraba.

Detuvo la imagen en el último fotograma: los labios morados de Noa, la mano a medio camino de la cara.

Entre el día cinco y el seis, el frío le había quitado el color de la boca. Lidia no quiso pensar en lo que le quitaría entre el seis y el siete.