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Lidia no fue a la comisaría del barrio. Fue a la Jefatura, porque un secuestro no se queda en un distrito, y porque en la comisaría de Usera todos sabían quién era.
Hizo el trayecto en metro con el iPhone dentro del bolso, envuelto en la misma bolsa de plástico, y la mano encima.
En el vagón ensayó la frase. Tenía que ser corta y sin adjetivos, de las que se pueden copiar tal cual en una denuncia: Esta mañana un cliente me dejó un teléfono.
Dentro hay un vídeo de una mujer retenida.
No iba a decir encadenada hasta que alguien lo viera.
No iba a decir Beatriz Montes hasta que alguien lo viera.
Y no iba a decir nada de la copia.
Lo de la copia lo había decidido entre dos estaciones, y sabía que lo había decidido mal. Estaba en el ordenador del taller, junto a las de cientos de clientes que nunca le habían dado permiso. Si la mencionaba, tendría que explicar todas las demás.
Salió a la calle. Llovía fino. A cien metros se veía la fachada, la bandera mojada sobre la puerta, un coche patrulla subido a la acera. Sacó el móvil del bolso para llevarlo en la mano al entrar.
La pantalla estaba encendida. Ella no la había tocado.
Apareció la manzana blanca sobre fondo negro, y debajo una barra que avanzaba. Lidia se paró en mitad de la acera. La barra llegó al final. La pantalla se apagó, se volvió a encender y mostró una palabra en letras grandes, en un idioma detrás de otro.
Hola. Hello. Bonjour.
Conocía esa pantalla de memoria. Era la de un teléfono recién sacado de la caja, o la de uno al que acaban de borrar entero.
Un móvil no se borra solo, y menos así, de golpe, mientras lo llevas en la mano. Lo más probable era que alguien lo hubiera pedido desde la cuenta del teléfono, desde otro aparato. Y quien puede borrarlo así, también puede ver en un mapa dónde está.
Alguien había elegido ese momento: cien metros antes de la puerta.
Lidia miró alrededor sin moverse: paraguas, coches parados en el semáforo, una marquesina. Nadie la miraba. No hacía falta. El teléfono había estado diciendo dónde estaba durante todo el camino.
Entró de todos modos.
* * *
El agente del mostrador era joven y llevaba una camisa con el cuello demasiado grande. Escuchó la frase ensayada con la paciencia del final del turno y alargó la mano.
—A ver ese vídeo.
Lidia le dio el móvil. Hola. Hello. Bonjour.
—Lo acaban de borrar a distancia, mientras venía. Eso deja rastro en la cuenta, se puede pedir…
—¿El teléfono es suyo?
—De un cliente. Tengo un taller de reparación.
—¿Y cómo se llama el cliente?
—No lo sé. No dejó el nombre.
El agente dejó de escribir.
—O sea, que tiene un teléfono que no es suyo, de un cliente que no sabe cómo se llama, con un vídeo que ya no está.
Dicho así, sonaba exactamente a lo que sonaba. Lidia tuvo en la boca pero tengo una copia . Pensó en el ordenador del taller, en tres años de carpetas con nombres de clientes, en la escalera de su madre.
—La chica estaba encadenada —dijo en su lugar—. Dijo «hoy es el día cinco». Lo grabaron esta mañana a las siete y dos.
—¿Y usted cómo sabe la hora?
—Porque miré la información del archivo antes de que lo borraran.
Detrás de ella, una voz dijo su apellido.
—Camps.
Lidia se dio la vuelta.
Ramón Ruano llevaba el abrigo puesto y una cartera de cuero bajo el brazo, como quien ya se marchaba.
Tenía el pelo más corto que seis años antes, casi blanco en las sienes.
Entonces era el jefe del laboratorio y firmaba los informes debajo de su firma.
Ahora era comisario y mandaba en la Brigada de Policía Judicial; Lidia lo sabía porque lo había leído en el periódico, como todo el mundo.
Había pasado seis años sin saber qué le diría si volvía a tenerlo delante. Tampoco lo supo ahora.
—Cuánto tiempo —dijo él.
Miró el móvil en el mostrador, el saludo en la pantalla, al agente.
—¿Qué tenemos?
El agente se lo resumió en tres frases. Ruano escuchó sin apartar los ojos de Lidia.
—Tómale los datos —dijo al final—. Lo de siempre.
Después dio un paso hacia ella, lo justo para bajar la voz sin que pareciera que la bajaba.
—Vete a casa, Lidia. Antes de que esto acabe en tu expediente.