Día siete 3
6%

3

Pasa un tren y cuento hasta que deja de sonar.

Veintidós. Los de la tarde son más largos que los de la mañana; creo que llevan más vagones, o que van más despacio, o que yo cuento peor.

No sé dónde estoy, pero sé que muy cerca hay una vía, y que por esa vía pasa gente que vuelve a su casa.

Ninguna de esas personas sabe que estoy aquí. Nadie lo sabe.

Me miro las uñas: azules en la base. Me busco el pulso en la muñeca sin pensarlo, como en las prácticas, y me sale lento.

Hay una frase que apunté una vez en el margen de un cuaderno de Enfermería y que ahora me repito como si rezara: temblor, torpeza, sueño: no dormirse .

Tengo las tres cosas. La que más miedo me da es la última.

Así que me levanto.

La cadena me deja llegar hasta la mitad de la sala.

La he medido con pasos: cuatro y medio. Hago sentadillas con la manta sobre los hombros, diez, después otras diez.

Muevo los dedos de los pies dentro de los calcetines, que no son míos.

Me froto las manos hasta que me arden. El frío no viene de ninguna máquina, aquí no zumba nada salvo el tubo de luz; viene de las paredes, de los azulejos, del suelo.

Es un frío viejo, como de sitio cerrado mucho tiempo.

La sala es blanca. Azulejos cuadrados del suelo al techo, con las juntas negras de suciedad.

Una puerta de metal grueso, sin manilla por dentro.

Un desagüe en el centro. Un cubo. Una botella de agua de cinco litros que él rellena.

Una bolsa de pan de molde. Ninguna ventana.

Arriba, en una esquina, una rendija estrecha por la que no entra luz, pero sí el ruido de los trenes.

Y la campana. Dentro de un rato sonará la campana.

La oigo cada tarde, una sola vez, después de muchos trenes, lejos.

Es lo único que me dice que ahí fuera hay un pueblo, o un barrio, o una iglesia con alguien que tira de una cuerda.

Cuando suena, me pongo de pie y la escucho entera.

No sé por qué. Es una costumbre que me he inventado aquí dentro, y aquí dentro las costumbres son lo único que es mío.

* * *

Esta mañana me ha hecho decir «día cinco».

Viene temprano, antes de que pase el primer tren largo.

Abre la puerta, deja la comida, me da los buenos días.

Habla bajo y educado, como un camarero de hotel.

Nunca me toca más que para revisar la cadena.

Lleva guantes siempre, y una braga de cuello subida hasta la nariz, y una gorra.

Lo que le veo son los ojos, y los ojos no me dicen nada.

Después saca el móvil, se pone delante y me pide que diga el día.

El primer día lloré y tuvo que grabarlo cuatro veces. No se enfadó. Esperó. Eso fue lo peor: que tuviera paciencia, que no tuviera prisa, como si esto fuera un trabajo que se hace bien o no se hace.

Hoy lo he dicho a la primera.

No sé para quién son los vídeos. Al principio pensé que pediría dinero, pero mi familia no tiene dinero, y él lo sabe, porque sabe muchas cosas.

Sabía que el sábado empezaban mis tres días libres en el bar.

Sabía que mi madre llama los domingos por la noche y que, si no contesto, piensa que estoy trabajando y no insiste, porque no quiere molestar.

Sabía que mis compañeras de piso se fueron en septiembre y que vivo sola.

Me lo dijo el primer día, mientras me ponía la cadena, como quien lee una lista.

Nadie me está buscando. Hoy es miércoles, creo, y hasta hoy nadie podía echarme de menos. Eso es lo que no me deja dormir más que el frío: que lo haya pensado tan bien.

* * *

Para no perder la cuenta de los días, rayo el azulejo que queda junto a la argolla. Uso una horquilla que llevaba en el pelo la noche que me trajo y que él no vio. La tengo escondida en la costura de la colchoneta. Cada mañana, después del vídeo, hago una raya vertical. Cinco.

Hoy la hago más despacio, porque las manos no me responden bien, y apoyo la mejilla contra la pared para ver la raya de cerca, a contraluz, con el tubo de arriba. Entonces las veo.

Debajo de mis rayas hay otras.

Más finas, más viejas, casi borradas por la suciedad de las juntas, hechas por otra mano en el mismo azulejo, a la misma altura, como si alguien hubiera estado sentada exactamente donde estoy yo, con la misma cadena, mirando la misma pared.

Las cuento con la yema del dedo, una a una, para estar segura.

Siete.