Devour 5. CAPÍTULO 5 #2
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5. CAPÍTULO 5 #2

[Yo: Hay dos hombres confirmados dentro, no estamos seguros de si hay más. Tienen mujeres dentro.]

Los puntos se iluminan en la pantalla y luego mi móvil vibra.

[Dane: Me encargo yo. Vigilad y no intervengáis a menos que la situación cambie.]

Se lo leo a Priest, importándome una mierda lo que Justin esté haciendo a nuestro lado.

—¿Y las mujeres de ahí dentro? —pregunta Priest.

—Esas son las órdenes.

Priest guarda su pistola y se pasa los dedos por el pelo. —Odio las putos órdenes.

Nos quedamos junto a la ventana. Priest está a mi lado, con el cuerpo tenso, las manos abriéndose y cerrándose.

Vivimos en un mundo jodido y hacemos cosas jodidas, pero hay un límite.

Nuestra sociedad desdibuja las líneas con cada ritual.

Pero sigue habiendo una línea. Y lo que está pasando aquí cruza esa puta línea.

Justin está apoyado contra la pared a unos metros, mirando su móvil, parándose a teclear de vez en cuando.

—Guarda el puto móvil —le espeto.

—Puedo hacer varias cosas a la vez. No es como si estuviera pasando algo ahora mismo.

Priest hace amago de lanzarse a por él, pero consigo sujetarlo. —Guárdalo o te lo meto por el puto culo. Estamos trabajando.

Justin se guarda el móvil. No parece cabreado por ello. No parece nada por ello. Ese es el problema con Justin Carter. Rara vez muestra emoción alguna. Probablemente están violando a mujeres a seis metros de donde está y él seguramente está pensando en qué va a cenar cuando se vaya de aquí.

Pasan quince minutos en silencio. Tampoco oímos nada del edificio. Entonces la puerta trasera del edificio se abre de golpe.

—Estad preparados por si tenemos que movernos. —Le doy un toque en el brazo a Priest.

Una mujer sale corriendo. Tiene el pelo oscuro y va descalza, con una camiseta que le llega a medio muslo y nada más.

Probablemente tiene poco más de veinte años.

La luz de la luna la ilumina lo suficiente como para ver que tiene un moratón que le cubre la mitad izquierda de la cara, y corre rápidamente hacia la hierba.

—Tenemos que hacer algo —gruñe Priest.

No llega lejos antes de que el hombre que Justin identificó como Hargrove salga. La ve en la hierba y ni siquiera se apresura. Camina tras ella como si supiera que no va a poder escapar.

—¡Eh, zorra! —Su voz corta el aparcamiento—. Mete tu culo dentro. Ahora.

Ella no para. Corre más fuerte, descalza sobre la grava y la hierba, dirigiéndose a la valla de alambre en el borde de la propiedad. Es rápida pero cojea, y el suelo debe estar destrozándole los pies. Hargrove acorta la distancia sin despeinarse.

La agarra del pelo y la tira hacia atrás con tanta fuerza que los pies le despegan del suelo y cae de espaldas sobre la grava. El sonido que hace no es un grito. Es como si le hubieran arrancado todo el aire del cuerpo.

El segundo hombre sale por la puerta. La agarra del tobillo mientras ella intenta arrastrarse, y los dos empiezan a arrastrarla por la grava hacia el edificio. Ella araña el suelo y patea con todas sus fuerzas, pero a ninguno de los dos le importa una mierda.

—A la mierda con esto. —Priest ya se está moviendo.

Voy justo detrás de él. Dane dijo que no interviniéramos a menos que la situación cambiara. Bueno, la situación ha cambiado de cojones.

Cubrimos la distancia rápido. Están concentrados en ella y no nos oyen hasta que es demasiado tarde.

Agarro a Hargrove por la nuca y lo arranco de ella.

Me tira un puñetazo, pero le pillo el puño y le retuerzo el brazo por detrás de la espalda.

Le estampo la cara contra la pared del edificio, rompiéndole la nariz contra el ladrillo. Luego lo tiro al suelo boca abajo.

—Quédate quieto de una puta vez. —Lo inmovilizo ahí con el antebrazo en la nuca.

Priest tiene al segundo hombre en el suelo. Rodilla en la columna, brazo retorcido tan lejos detrás de la espalda que un centímetro más y se lo partiría.

—Joder, tío. Este se ha meado encima. —Priest me mira y le tuerce el brazo un poco más al cabrón para hacerlo chillar—. En serio, ¿qué pasa con estos maricones esta noche? —Se acerca más al imbécil—. Ya no eres tan duro, ¿eh, capullo?

La mujer está en el suelo donde la soltaron.

Está hecha un ovillo de costado sobre la grava, temblando, sangrando por las rodillas y las palmas donde las piedras la han destrozado.

Nos mira a los tres—tres hombres enmascarados con caras luminosas—y el terror en su rostro me dice que no somos lo que esperaba cuando intentó escapar.

—No vamos a hacerte daño. —Mantengo la voz firme, esperando calmarla—. Vamos a sacarte de aquí.

No se mueve. Pero por la expresión de su cara, sé que no me cree. No la culpo. No somos los buenos, pero tampoco somos los malos. Al menos no este nivel de malos.

—Justin. —Miro por encima del hombro y le veo ahí de pie mirándonos como el inútil de mierda que es—. Ayúdala a levantarse.

Justin aparece por la esquina cuando nos movemos pero no interviene con ninguno de los dos hombres. Está de pie junto a la puerta trasera, mirando dentro del edificio a la habitación donde están el resto de las mujeres. Se guarda el móvil en el bolsillo.

—Justin —gruño.

—Sí, joder, te he oído. —Camina hacia ella y se agacha. Ella retrocede asustada.

—Eh. —Su voz es suave—. Nadie va a hacerte daño. Déjame ayudarte.

Ella se queda mirando su máscara. Luego le deja que le tome del brazo. La levanta, y ella se estremece cuando su mano le toca la espalda baja para guiarla hacia el aparcamiento. Quién sabe por qué infierno ha pasado.

Dos todoterrenos negros entran en el aparcamiento desde la carretera principal.

Cuatro hombres bajan con máscaras como las nuestras.

Uno se acerca a Justin e intercambian palabras que no puedo oír desde donde tengo inmovilizado a Hargrove.

Justin entrega la mujer al hombre. Ella sube al asiento trasero del primer vehículo sin oponer resistencia.

—¿Quién coño es ese? —le grito a Justin.

—Dane ha enviado refuerzos. Se encargan ellos a partir de aquí.