Capítulo 12 El Cauce
La partida de póker terminó pasada la medianoche.
Los amigos se fueron uno a uno, despidiéndose con abrazos y comentarios cargados de complicidad, comentado lo buena noche que han pasado y agradeciéndome lo buena anfitriona que he sido.
La casa quedó en silencio, solo el eco lejano de las puertas al cerrarse y el tintineo de vasos vacíos en la mesa.
Recogí todo con calma: las fichas, las cartas, las botellas medio vacías.
El salón olía a tabaco, whisky y sexo. Limpié las manchas del suelo y de la mesa, sintiendo todavía la humedad entre mis piernas y el semen seco en mis muslos.
Mi cuerpo estaba agotado pero mi mente seguía despierta, vibrando con todo lo que había ocurrido esa noche.
Subí a la habitación principal, sin ducharme para que Erick viera como de bien me porté, pensando en descansar.
Abrí la puerta con cuidado y me detuve en el umbral.
Erick y la mujer estaban dormidos en nuestra cama.
Él abrazándola por detrás, los dos desnudos, respirando con la calma profunda del agotamiento.
No quise molestarlos. Cerré la puerta suavemente y bajé al salón.
Me tumbé en el sofá, tapándome con una manta ligera, y me dormí casi al instante, exhausta pero satisfecha.
Me desperté pasadas las diez de la mañana con los sonidos inconfundibles de la cama que parecía que se iba a partir.
Gemidos muy pronunciados, palmadas fuertes de piel contra piel y la voz ronca de Erick.
Me levanté del sofá, todavía desnuda, y subí las escaleras con el corazón acelerado.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me acerqué y vi la escena.
Erick follaba a la mujer por el culo con fuerza brutal.
Ella estaba a cuatro patas sobre la cama, el culo elevado, recibiendo cada embestida profunda mientras gemía descontrolada.
La cama crujía violentamente, las sábanas estaban empapadas.
Erick la agarraba por las caderas, tirando de ella hacia atrás con cada golpe.
Sus nalgas se enrojecían con las palmadas fuertes que le daba.
Me quedé en la puerta, observando. Erick me vio casi inmediatamente. No se detuvo. Al contrario, sonrió con esa oscuridad que conocía tan bien y siguió follándola el culo con ritmo salvaje.
—Ven aquí, Malena —dijo entre embestidas—. Ponte al lado. Estoy por acabar y quiero correrme en tu boca. La puta esta ya mismo se va de casa y quiero que lo haga que no pueda ni andar.
Me acerqué a la cama. La mujer gemía con la cara enterrada en la almohada, empujando hacia atrás para recibir todo.
Erick aceleró, gruñendo, y finalmente se retiró de su culo.
Me agarró del cabello y me puso de rodillas frente a él.
Metió su polla, todavía caliente y brillante del culo de la mujer, directamente en mi boca.
—Trágatelo todo —ordenó.
Chupé con dedicación sin importarme el olor, succionando fuerte mientras él se corría con un gemido largo y profundo.
Chorros calientes llenaron mi boca. Tragué todo, limpiando su polla con la lengua hasta la última gota.
La mujer se levantó con dificultad, recogió su ropa y se marchó sin decir mucho, solo una mirada cansada pero satisfecha.
Erick se dejó caer en la cama, respirando agitado, y me miró.
—Ven aquí y descansa un rato conmigo.
Me tumbé a su lado, sintiendo su brazo rodeándome. La casa estaba en silencio otra vez. Mi cuerpo y mi mente seguían vibrando con todo lo ocurrido. La entrega total, la humillación dulce, el placer compartido. Sabía que esto era solo una parte más de nuestra vida. Y yo la aceptaba con todo mi ser.
La mañana siguiente transcurrió con esa calma pesada que seguía a las noches intensas.
Erick y yo desayunamos en la cocina, todavía desnudos, con el sol entrando por la ventana.
Él me miraba con esa mezcla de cariño y posesión que tanto me gustaba.
Después de un rato, mientras yo recogía los platos, me preguntó directamente:
—Por como te cae el semen por las piernas, veo que fuiste servicial con los amigos en la partida de póker, ¿no?
Lo miré a los ojos y respondí con honestidad absoluta, sin vergüenza:
—Todo lo servicial que pude, Erick. Hice lo que me pedían y lo que necesitaban.
Él sonrió satisfecho, se levantó y me abrazó por detrás, besándome el cuello.
—Buena chica. En agradecimiento por tu comportamiento, arréglate. Vamos a salir de compras y a almorzar fuera. Quiero que te pongas un vestido muy corto y sin como siempre, sin ropa interior.
Obedecí sin dudar. Subí al dormitorio, me duché rápidamente y elegí un vestido corto de verano muy escotado, ligero y ceñido en la cintura, de color negro con flores pequeñas.
La falda apenas cubría la mitad de mis muslos.
Debajo, nada. Me maquillé con suavidad, dejé el cabello suelto y bajé.
Erick me miró con aprobación y salimos de casa.
El centro comercial estaba muy transitado esa mañana. Erick me llevaba de la mano, caminando con calma y con miradas furtivas, como lo hacen los enamorados. Entramos en varias tiendas. En una de ropa interior y vestidos, me dijo con voz baja pero clara:
—Coge las prendas que quieras. Pruébatelas. Si te gustan, nos las llevamos.
Elegí varios conjuntos: lencería transparente, vestidos ceñidos, faldas cortas.
Me metí en los probadores del fondo. Erick se quedó fuera, sentado en un sillón, vigilando.
En uno de los probadores más amplios, mientras me probaba un body de encaje rojo, la cortina se movió ligeramente.
El dependiente, un chico joven y atractivo de unos veintiocho años, se asomó discretamente.
—Necesitas ayuda con alguna talla? —preguntó, pero sus ojos ya recorrían mi cuerpo casi desnudo.
No le reproche nada. Solo lo miré, me arrodillé frente a él, bajé su cremallera y saqué su polla ya dura.
La metí en mi boca con hambre, chupando con dedicación mientras él se agarraba a la barra del probador.
Chupé profundo, succionando, tragando, dejando que me follara la boca en silencio.
Se corrió rápido, llenándome la garganta.
Tragué todo, limpié su polla con la lengua y me levanté como si nada.
El dependiente salió aturdido. Yo elegí las prendas que me gustaron y salimos de la tienda con varias bolsas.
En el restaurante para el almuerzo, un lugar elegante pero discreto, nos sentamos en una mesa apartada. Erick pidió por los dos. Mientras esperábamos la comida, me miró con esa sonrisa oscura y me dijo en voz baja:
—Acércate y tócamela debajo de la mesa.
Obedecí. Deslicé la mano por debajo, acaricié por encima de su pantalón y cuando aprecié su dureza, bajé su cremallera y saqué su polla.
Empecé a masturbarlo despacio, con movimientos largos y firmes, mientras mantenía la conversación normal.
Erick hablaba de planes para la semana, del trabajo, como si mi mano no estuviera trabajando su polla dura debajo de la mesa.
Sentía cómo se hinchaba, cómo palpitaba.
Seguí masturbándolo con dedicación, apretando en la cabeza, deslizando la piel.
Cuando la comida llegó, no me detuve. Seguí meneándosela mientras comíamos, disimulando con la otra mano.
Erick se corrió en mi mano con un suspiro controlado, llenándome los dedos de semen caliente. Me limpié discretamente con una servilleta y seguimos almorzando como una pareja normal.
La tarde aún tenía mucho por delante. Cuando el almuerzo terminó con esa calma aparente que siempre seguía a los momentos intensos.
Erick pagó la cuenta, me tomó de la mano y salimos del restaurante.
Las bolsas de las compras colgaban de mi brazo y el sol de la tarde calentaba mi piel.
Caminamos hasta el coche en silencio, pero yo sentía su mirada cargada sobre mí.
Apenas arrancó el motor y nos incorporamos al tráfico, Erick puso una mano en mi muslo buscando mi intimidad y habló con voz baja pero firme:
—Bájame la cremallera y chúpamela mientras conduzco.
Obedecí sin dudar. Me incliné sobre su regazo, bajé la cremallera de sus pantalones y saqué su polla, ya semi-dura.
La metí en mi boca por competo y con lentitud, sintiendo cómo se endurecía por completo contra mi lengua.
Empecé a chupar con movimientos pausados, profundos, la lengua girando alrededor de la cabeza mientras Erick conducía con una mano en el volante y la otra en mi cabello, acariciándolo suavemente.
El coche avanzaba por las avenidas principales.
En los semáforos, algunos conductores a nuestro lado podían verme claramente.
Un hombre en una furgoneta miró directamente hacia abajo y abrió los ojos con sorpresa al verme con la polla de Erick en la boca, moviendo la cabeza arriba y abajo.
En otro semáforo, una pareja en un coche contiguo se quedó mirando fijamente.
Yo no sabía por mi postura, era Erick quien me decía, pero para nada me detuve.
Chupé más profundo, tragando alrededor de la polla gruesa, dejando que mi saliva corriera por el tronco.
Erick gruñía bajo, empujando ligeramente con las caderas, follándome la boca mientras el tráfico fluía.
—Así, buena chica —murmuraba de vez en cuando—. Que te vean lo buena que eres con tu pareja.
En un semáforo largo, un conductor de un coche deportivo se quedó mirándome fijamente en un momento de respiro.
Nuestras miradas se cruzaron un segundo, pero me agaché y seguí chupando, succionando con más fuerza, dejando que los sonidos húmedos llenaran el coche.
El semáforo cambió y Erick aceleró, pero yo para nada me incorporé.
Mantuve la polla en mi boca durante todo el trayecto, lamiendo, succionando, tragando profundo cuando él empujaba.
Mi coño estaba empapado bajo el vestido corto, goteando sobre el asiento.
Erick no se corrió en el coche. Cuando llegamos a casa, me apartó suavemente la cabeza y se guardó la polla todavía dura.
—Terminamos dentro —dijo simplemente.
Entramos a casa y la tarde continuó con esa entrega absoluta que ya era parte de nosotros.
Erick me folló contra la puerta nada más cerrarla, luego en el sofá, y finalmente en nuestra cama, recordándome una y otra vez que era suya.
Yo lo recibí todo, gimiendo su nombre, aceptando cada embestida.
La salida de compras, el almuerzo, la mamada en el coche…
todo formaba parte de la misma dinámica.
Mi entrega total. Mi placer en servirlo.
Al caer la noche, mientras yacíamos abrazados, supe que esta vida de doble filo —la futura esposa perfecta por fuera y la puta devota por dentro— era exactamente donde quería estar.
Pero en el silencio de la habitación, con la respiración regular de Erick a mi lado, mi mente no se calmaba.
La advertencia sobre Víctor, la conversación en el parque, el riesgo que representaba…
todo volvía una y otra vez. Me sentía atraída por ese peligro.
La idea de que Víctor pudiera manipular situaciones, de que tuviera esa trama oscura de prostitución y parejas rotas, no me repelía.
Al contrario, me excitaba de una forma que me avergonzaba y me fascinaba.
¿Y si yo podía controlar eso? ¿Y si podía explorar ese mundo sin romper lo que tenía con Erick?
La curiosidad era más fuerte que el miedo.
Me levanté con cuidado, fui al baño y, con el corazón latiendo fuerte, marqué el número de Víctor. Contestó al tercer tono.
—Malena —dijo con voz calmada, como si esperara mi llamada.
—Quiero saber las condiciones —susurré, mirando hacia la habitación donde Erick dormía—. Si hay algo más que encuentros únicos… dime qué implicaría.
Víctor guardó silencio un segundo, luego respondió con esa tranquilidad que tanto me inquietaba:
—Hablamos mañana. En el mismo parque. Sin presiones. Solo conversación o lo que me dejes profundizar, tú decides.
Colgué, el pulso acelerado. Sabía que estaba cruzando una línea. Pero esa línea me atraía demasiado como para ignorarla.
FIN