8. Devlin
DEVLIN
Cruzo el jardín que separa nuestras casas a grandes zancadas, con los puños apretados y el corazón dolorido.
Una vez dentro, me sirvo un vaso de bourbon y me lo bebo de un trago. Me llevo la botella y el vaso a la mesa.
Kylie está relacionada con Marty Dalton. La cabeza me da vueltas de solo pensarlo. Su explicación parece plausible pero ingenua. ¿Cómo ha podido vivir en un apartamento pagado con dinero sucio?
Mi lado de policía práctico ve el conflicto que supone salir con alguien que posiblemente esté vinculada a la familia Dalton. Podría acarrear todo tipo de complicaciones.
Pero mi corazón no me deja renunciar a Kylie. En las últimas semanas he llegado a conocerla: su corazón bondadoso y su ingenio rápido. La idea de perderla hace que mis sentimientos cobren nitidez.
La amo. Es la mujer para mí, sin importar cuál sea su pasado. Estrello el vaso contra la mesa.
Y el hecho de que Marty se haya presentado en su casa esta noche parece una amenaza velada.
Es mi mujer. Me voy a asegurar por todos los medios de que esté protegida.
Subo las escaleras y cojo mi pistola. No voy a permitir que se quede sola en ese sitio sabiendo que Marty conoce dónde vive. Qué demonios, nos mudaremos de barrio si hace falta.
Bajo corriendo las escaleras y abro la puerta principal. El aire se me queda atrapado en el pecho.
Kylie está en el umbral, con el brazo alzado como si estuviera a punto de llamar. Solo lleva una camiseta fina y su cuerpo tiembla por el aire fresco de la noche.
Abre la boca para hablar, pero yo acorto la distancia entre nosotros. Le tomo la cabeza entre las manos y mi boca busca la suya.
Se funde conmigo. Sus brazos se deslizan alrededor de mi cuello y sus labios encuentran los míos. Sabe a lágrimas, a especias y a calor. Interrumpo el beso y la meto en casa.
—Kylie, no me importa tu pasado. Quiero estar contigo.
Examino su rostro y encuentro esperanza y vacilación.
—Yo también quiero eso —susurra ella—. Pero ¿cómo puede funcionar?
Tiene los ojos rojos de haber llorado y deposito suaves besos en sus párpados. —Haremos que funcione. Pero no vas a quedarte sola en esa casa.
Levanta la barbilla con ese gesto desafiante que tiene. —Es mi casa.
—Lo sé, pero estarás más segura aquí conmigo.
Ella asiente y siento que el alivio me inunda. —Ahora eres mi chica. Yo te cuidaré.
Apoya la cabeza en mi pecho y la rodeo con mis brazos. Su cuerpo se presiona contra el mío y se siente tan bien, tan suave y flexible. El pulso se me acelera y mi polla se endurece contra ella.
Debe de notar mi erección, porque me mira con una sonrisa pícara.
—¿Quieres enseñarme el dormitorio?