3. Kylie
KYLIE
Saco un objeto de la caja y retiro con cuidado las capas de papel de burbujas.
Le doy vueltas al objeto entre las manos. Es un adorno de un ángel que mi madre me regaló hace unos años. Las frágiles alas son de seda blanca tensada sobre una estructura metálica.
Me hace sonreír pensar en mamá y en lo orgullosa que estaría de que por fin tenga mi propia casa.
Lo coloco en un estante junto a una foto de mamá y vuelvo a sumergirme en la caja.
Es el día después de haberme quedado atrapada bajo la lluvia, y me enfrento a las cajas de cartón esparcidas por todo el salón.
Es como si fuera Navidad: redescubro mis objetos favoritos y les encuentro un nuevo lugar.
Llaman a la puerta principal y, a regañadientes, me obligo a dejar de desempaquetar.
Abro la puerta y me encuentro con mi vecino, con su metro ochenta de altura, guapísimo, con una barba densa y una chaqueta de cuero. Se me corta la respiración. Entonces recuerdo que se supone que estoy enfadada con él por haberme inmovilizado en el suelo y haberme puesto las esposas.
El recuerdo de él encima de mí mientras yo yacía indefensa en el suelo me provoca un escalofrío de calor justo entre las piernas. Cambio el peso del cuerpo con incomodidad. Ahora estoy todavía más enfadada con él por hacerme sentir cosas ahí abajo que no sentía desde hace mucho tiempo.
—Quiero pedirte perdón por lo de ayer.
Me tiende una caja de bombones. Me encanta el chocolate. Es mi debilidad. Casi dudo, pero no todos los días te confunden con una criminal y te ponen las esposas, así que aún no estoy lista para perdonarlo.
Así que me cruzo de brazos y lo miro con recelo.
—¿Qué tipo de bombones son?
—Hershey’s Kisses.
Maldita sea, son mis favoritos. Me lanza una sonrisa esperanzada que hace que sus ojos marrones bailen y me envía una oleada de calor por todo el cuerpo.
Supongo que al fin y al cabo me sacó de la ventana en la que estaba atascada y me dejó entrar en la casa.
Cojo la caja. —Gracias.
—¿Eso significa que estoy perdonado?
Me mira con ojos suplicantes y siento cómo se derrite el último ápice de mi resistencia.
—Sí, estás perdonado.
Se mete las manos en los bolsillos como si estuviera esperando algo, y supongo que debería ser una buena vecina e invitarlo a entrar.
Pero durante los últimos años he aprendido a desconfiar de los policías, y es un instinto difícil de romper. Así que nos quedamos ahí parados torpemente, simplemente mirándonos el uno al otro.
—Si necesitas algo, estoy justo al otro lado de la entrada de coches.
Levanta el brazo y señala la casa de al lado, y me fijo en la tinta oscura que asoma por debajo de su camiseta y se curva siguiendo los músculos de sus brazos.
Se me seca la boca. Ese es el tipo de brazos por los que una chica podría acostumbrarse a ser inmovilizada.
Sea policía o no, esta es mi nueva vida y yo decido a quién quiero en ella.
—¿Quieres pasar a tomar un café? —pregunto rápidamente.
El brillo regresa a sus ojos. —Claro.
Me sigue hasta la cocina y aparto algunas cajas para hacer sitio. —Perdona, todavía estoy desempaquetando.
—No te preocupes. ¿Qué tal ha ido la mudanza?
¿Qué puedo decirle? ¿Que lloré de felicidad mientras me alejaba de mi antigua casa? ¿Que por fin me siento libre y con el control de mi propia vida?
Me encojo de hombros. —Sí, ha ido bien.
Me observa con curiosidad. —¿De dónde vienes? Me resultas familiar.
Me giro rápidamente para sacar dos tazas del armario y que no vea la sorpresa y el miedo en mi rostro.
—Soy de Riverhead —digo, nombrando el pueblo donde nací y no el que está a las afueras de King’s County, de donde acabo de mudarme.
Si piensa que le resulto familiar y luego se entera de dónde vengo, es probable que ate cabos, y prefiero que mi sexy y nuevo vecino policía no sepa nada de mi pasado.
—¿Y tú? —digo, sirviendo el café—. ¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí?
—Toda la vida —dice con orgullo—. Y llevo en la casa de al lado unos cinco años. —Frunce el ceño—. No he visto a nadie en esta casa desde hace un par de años. Parece una elección extraña.
Tiene razón. Estamos a las afueras del pueblo y había otras casas que podría haber elegido. Pero esta estaba cerca del bosque y la calle parecía agradable, acogedora y segura; todo lo que me ha faltado en los últimos años.
—Conseguí un buen precio —digo a la ligera.
Me estudia con atención, como si no estuviera convencido. Le devuelvo la mirada con audacia. No voy a permitir que me interroguen en mi propia casa. Y además, nunca he hecho nada ilegal. Bueno, no exactamente.
Abro el paquete de bombones y le ofrezco la caja. —¿Quieres uno?
Coge un bombón y la conversación deriva hacia otros temas. Me da información útil sobre el pueblo y los vecinos y me sugiere un sitio donde puedo cambiar las cerraduras.
Es práctico y servicial, pero durante todo el tiempo mis ojos se desvían hacia sus brazos gruesos y fuertes, y hacia el recuerdo de cómo se sintió al ser inmovilizada por él.