Detrás de tu rostro EPÍLOGO El Coliseo de la Vida
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EPÍLOGO El Coliseo de la Vida

Criar a tres niñas pequeñas al mismo tiempo en un apartamento citadino resultó ser un absoluto, hermoso y agotador caos biológico.

Las gemelas, Gemma y Ágata, resultaron ser sumamente demandantes desde los primeros meses, reclamando atención y alimento a cada segundo con llantos perfectamente sincronizados que ponían a prueba nuestra paciencia médica, mientras que Esmeralda, en plena etapa de crecimiento infantil,

también solicitaba su cuota justa de atención con las travesuras correspondientes a sus primeros pasos.

Por eso no lo dudamos dos veces en el plano financiero.

Compramos una propiedad mucho más grande, una mansión hermosa en las afueras residenciales de Roma con un patio enorme, rodeado de césped verde, setos altos y árboles antiguos, diseñado especialmente para que las tres niñas tuvieran espacio de sobra para correr,

jugar y hacer de las suyas sin peligros.

Cuando crecieron un poco más, el gran jardín se convirtió en nuestro rincón favorito del mundo.

Organizábamos picnics familiares los fines de semana bajo la sombra, terminando a menudo cubiertos de pintura de colores tras sus talleres artísticos improvisados en la hierba o ayudándolas a hornear "tortas de barro" en la tierra del fondo.

Decidido a darles un reino perfecto, les instalé yo mismo un complejo de juegos de madera noble y una casita de muñecas de tamaño real donde pasaban las horas inventando historias.

Eran unas niñas verdaderamente hermosas.

Al mirarlas crecer bajo el sol de Italia, era clínicamente imposible no notar los rasgos compartidos de Jade y Ámbar en la simetría de sus rostros.

Pero lo que más me impactaba a diario eran sus personalidades en desarrollo.

En una de las gemelas, específicamente en Gemma, comencé a notar con una claridad pasmosa la picardía indomable, la testarudez y esa faceta traviesa e impulsiva que caracterizaba a la verdadera Jade en sus años de hospital.

Cada vez que la veo sonreír de lado tras ejecutar una travesura en el jardín, me guardo el pensamiento en el pecho y me siento profundamente feliz en secreto; porque en ella, quiero con toda mi alma que Jade viva todo lo que la muerte abrupta no le permitió vivir en este mundo.

Obviamente, eso es un pensamiento íntimo que nunca le diré a mi princesa para no despertar sus antiguos temores.

Ámbar, a veces, en el silencio denso de nuestra habitación matrimonial, aún tiene pequeñas dudas de mi amor.

El fantasma de la culpa asoma de reojo; teme que la sombra del pasado regrese a reclamar el apartamento, o se pregunta en sus momentos de inseguridad si la quiero a ella por ser ella o por el recuerdo vivo de Jade.

A Jade la quise mucho, muchísimo, fue mi primer puerto seguro en medio de la tormenta de mi juventud; pero de Ámbar me enamoré con el alma entera, con la madurez de un hombre.

Me rendí por completo ante ella, ante su calidez limpia, su fuerza silenciosa y su suavidad doméstica.

Sufrí un infierno por Jade, claro que sí, sufrí tanto que ese dolor de la ambulancia me endureció las facciones del rostro para siempre.

Y por eso mismo cuido y protejo a Ámbar con garras y dientes de depredador; no voy a permitirme jamás volver a sufrir por ella, porque sé perfectamente que una pérdida suya me desgarraría por completo las entrañas por dentro, dejándome muerto en vida.

Menos ahora. Menos en este preciso momento de la tarde en que la miro caminar con paso pausado por el césped del jardín, portando con orgullo su vientre abultado de seis meses de gestación.

Está embarazada de mis ansiados gladiadores: mis pequeños niños, Adriano y Aurelio, cuyos latidos ya confirmo en cada ecografía casera.

Con la llegada programada de los varones al clan, ambos acordamos firmemente en la cama que cerraríamos la fábrica de una vez por todas; no tendríamos más hijos.

De esta manera, podremos disfrutar también de nuestra propia juventud, ver crecer a los niños corriendo por el campo y tener tiempo de calidad para nosotros dos como pareja.

Tras el nacimiento de las gemelas, Ámbar había regresado con éxito a sus labores pediátricas en el hospital, pero ahora, con el peso físico del nuevo embarazo doble, se acercó a mí en el despacho anoche y me dio una noticia que apoyé y firmé de inmediato:

por un tiempo bastante largo no volverá a ejercer la medicina de urgencias.

Quiere dedicarse por completo a criar a los cinco niños, estar presente en cada uno de sus primeros pasos, curar sus raspaduras en el patio y verlos crecer sin la prisa asfixiante de las guardias médicas de veinticuatro horas. Yo no podría estar más de acuerdo.

Mis suegros, Adolfo y Laura, viajan muy seguido desde Canadá en el jet, instalándose semanas enteras en la casa grande de campo, felices de ejercer su papel de abuelos consentidores y millonarios.

Por mi parte, como director general del complejo hospitalario, he delegado la gran mayoría de las tareas administrativas tediosas y las cirugías complejas a mis jefes de departamento de total confianza.

Ya no me interesa en absoluto pasar veinticuatro horas encerrado en un quirófano estéril; quiero estar presente en cada una de las etapas biológicas de mis hijos.

Con Esmeralda he desarrollado una conexión única, un lazo invisible, tierno y protector que no tengo ni tendré jamás con mis propios hijos biológicos.

Me fascina la complicidad que tenemos en la casa; ella sabe perfectamente en su mente infantil que soy su héroe y yo sé que ella es mi primera niña, mi adoración.

Lo mejor de todo, el mayor alivio para mi mente médica, es que la pequeña no heredó absolutamente nada de la genética ni el comportamiento de Francisco.

Es el vivo retrato de Ámbar: sus mismas pecas sutiles en la nariz, sus mismos ojos café claros con motas doradas y su misma dulzura protectora que abraza a sus hermanas menores.

La tarde cae lentamente sobre Roma, tiñendo el horizonte del jardín de un tono dorado, cálido y nostálgico.

Esmeralda corre feliz detrás de Gemma y Ágata cerca de la casita de muñecas de madera, llenando el aire con sus risas infantiles, mientras Ámbar se sienta con cuidado en la banca de madera de la terraza, sonriéndome con una ternura infinita mientras se acaricia el vientre de seis meses bajo el sol.

Me acerco a ella con paso firme, me siento a su lado exacto y le doy un beso corto, adictivo y profundo en los labios, sintiendo el calor directo de su piel viva.

¿Qué más demonios le puedo pedir a Dios o al destino, si ya lo tengo absolutamente todo en esta vida con esta mujer que, sin darse cuenta, me robó la vida un día en Canadá para devolvérmela de verdad bajo el cielo de Italia?