Detrás de tu rostro Capítulo 36 El Coliseo de los Caccini
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Capítulo 36 El Coliseo de los Caccini

—¿Que estoy embarazada... de nuevo? ¿Y que vienen dos en camino? —Ámbar repetía las palabras mecánicamente, con los ojos café claros fijos en los míos, brillando en una hermosa transición entre el asombro más absoluto y las lágrimas de alivio.

—Sí, mi vida. Tendremos dos bebés más corriendo por la casa —le respondí, sintiendo que el pecho me estallaba de un orgullo posesivo y varonil que ya no cabía en las paredes de esa suite médica.

—¿Estás contento, Stefano? ¿De verdad lo estás? —me preguntó en un susurro tembloroso, buscando la confirmación definitiva en mis pupilas.

—Claro que sí, mi amor, ¿cómo demonios no voy a estarlo?

Esmeralda tendrá dos hermanos con los que jugar, ¡se convertirá en la hermana mayor del clan!

Estoy inmensamente feliz. Te lo dije en la cocina, princesa: quería una vida real contigo, y que hijos en este mundo solo los tendría contigo. Nadie más.

Me incliné por completo sobre la estructura de la camilla, atrapando sus labios tibios con un beso profundo, lento y hambriento que selló nuestra victoria sobre el pasado.

Al separarme apenas unos milímetros para dejarla respirar, deslicé una de mis manos grandes y cálidas hacia la superficie de su vientre robusto, maravillado por el milagro biológico.

—Eso sí... para la próxima oportunidad nos cuidamos con total rigor médico, disfrutamos de nuestra intimidad y nos volvemos a embarazar en unos cinco años más, ¿te parece una buena propuesta?

—le sugerí con una sonrisa de medio lado que le encendió las mejillas—.

De esa manera disfrutamos plenamente de la infancia de nuestros hijos.

Esme tendrá seis años, las gemelas tendrán cinco...

Así podré disfrutar también yo de mi bella esposa a solas y tenerte solo para mí por un tiempo, antes de que te tenga que compartir de nuevo con nuestros bebés —le dije, volviendo a besarla con devoción—.

Te amo demasiado, mi princesa. A ti y a nuestros tres hijos por igual.

Le planté un beso tierno sobre la tela de la bata de hospital y luego bajé la cabeza con total parsimonia para besar su vientre desnudo, justo sobre el punto donde sus dos nuevos latidos comenzaban a reclamar su propio espacio en el mundo de los vivos.

Cuando finalmente la junta médica le otorgó el alta hospitalaria al día siguiente, regresamos de inmediato al apartamento de Trastevere.

Mis suegros, Adolfo y Laura, nos esperaban ansiosos en la sala de estar remodelada, exigiendo saber qué gravedad había revelado la analítica.

Nos miramos con una complicidad absoluta y les soltamos la verdad biológica de golpe: serían abuelos nuevamente, y por partida doble.

La explosión de pura felicidad en la casa fue inmediata y ensordecedora.

Se fundieron en un abrazo asfixiante con nosotros, llorando de alegría limpia; el destino les estaba regalando un nuevo par de gemelos dando vueltas por la casa, cerrando para siempre el ciclo maldito del dolor y el luto de Canadá.

Cumpliendo estrictamente con las indicaciones de reposo, presenté yo mismo su permiso de baja laboral temporal en la dirección del hospital.

Ámbar se quedó en casa dedicada por completo a estabilizar su salud y al cuidado de Esmeralda.

Por mi parte, modifiqué mis horarios de cirugía de manera drástica, delegando guardias para pasar la mayor parte del tiempo en el apartamento con mis mujeres.

Los meses de gestación pasaron en un abrir y cerrar de ojos bajo el sol romano.

Por mutuo acuerdo y con una paciencia que desafiaba mi mentalidad clínica, tomamos una decisión: no quisimos saber el sexo de los bebés a través del ultrasonido hasta el final del camino.

Yo insistía con orgullo en que serían niñas, mientras que ella apostaba firmemente por los varones.

El momento exacto del parto llegó en una madrugada calurosa de verano.

Tuvimos que realizar una cesárea de emergencia debido a que los fetos venían en una mala posición biológica para el canal de parto.

A los pocos minutos, el quirófano privado se llenó con dos llantos idénticos, fuertes, agudos y saludables.

Eran dos niñas idénticas: Gemma y Ágata.

Al recibir la noticia de manos del obstetra, no pude ocultar mi felicidad absoluta por seguir siendo el único gladiador de la casa, rodeado y protegido por cuatro hermosas mujeres de ojos claros.

El regreso al apartamento de Trastevere con las recién nacidas en los portabebés fue una sorpresa planificada.

Cuando Ámbar entró despacio a la antigua habitación de huéspedes, se quedó completamente sin palabras, conmovida.

Había redecorado todo el espacio en secreto durante su estancia en la clínica: una camita nueva de madera clara para Esmeralda en una esquina rústica, y dos cunitas idénticas esperando por las gemelas en el centro.

—Mi amor... —me dijo ella, mirándome con los ojos empañados por la emoción—.

Creo que con este volumen de familia tendremos que buscar muy pronto una casa mucho más grande para que las niñas tengan espacio vital, con un patio enorme con césped para jugar...

Y cuando tengamos más hijos en el futuro, poder divertirnos todos juntos sin chocar.

Me crucé de brazos sobre mi pecho, mirándola con una chispa de diversión y burla en los ojos oscuros.

—¿Cómo dijiste? Acabas de salir de una cirugía de cesárea y ¿ya me quieres volver a embarazar otra vez, Jade? Como a ti no te duele el proceso —me soltó ella riéndose a carcajadas, dándome un golpe juguetón en el hombro.

Me acerqué a ella por la espalda con paso firme, rodeando su cintura con mis brazos fuertes, pegando su cuerpo contra mi anatomía.

—Bueno... con el tiempo y las noches de Trastevere te convenceré de lo contrario —le susurré al oído de forma posesiva—. Quiero mis dos gladiadores varones ahora mismo. No me voy a quedar siendo el único hombre desarmado de este coliseo familiar.

* * *