Capítulo 34 El Peso de los Hubiera
Salimos de los muros de la prisión dejando atrás los lamentos ahogados y patéticos de Francisco, pero el peso denso del pasado todavía flotaba en el aire helado de Halifax.
Antes de dirigirnos de forma definitiva hacia la pista del aeropuerto, ella me miró con los ojos empañados y me pidió un último desvío en la ruta.
Nos dirigimos en el automóvil de mi suegro hacia la pequeña casa semirrural donde alguna vez había vivido recluida con ese miserable.
Sabía que necesitaba cerrar ese círculo por completo para poder respirar el aire de Roma sin cadenas.
Al bajarnos del vehículo, observé detenidamente el lugar.
Era una edificación antigua, descuidada, completamente aislada por árboles espesos y golpeada de frente por el viento cortante del Atlántico; un sitio lúgubre que apestaba a soledad, abandono y control psicológico.
Al ver las ventanas pequeñas y el entorno gris, me percaté en toda su magnitud de las condiciones precarias e inhumanas en las que Francisco la había tenido retenida y aislada mientras ella estaba en sus últimas semanas de embarazo.
Un instinto primario de furia protectora me tensó cada músculo del cuerpo, pero me contuve al escuchar un sollozo ahogado a mi lado.
Ámbar —mi princesa— se derrumbó por completo frente a la estructura.
Se tapó la cara con ambas manos y comenzó a llorar con una impotencia, una frustración y una rabia desgarradoras por haber sido, según su propia mente, tan ingenua al no hacerle caso a su propia intuición desde el primer día del voluntariado.
—Fui tan tonta, Stefano... Fui una tonta rematada —decía entre lágrimas calientes que el viento congelaba en sus mejillas, con la voz ahogada por la rabia—.
Tuve que hacerle caso a mi intuición cuando me decía desde el principio que con él las cosas no estaban bien...
¿Por qué demonios me casé con él? Si tan solo me hubiera ido con Jade a Europa cuando salió la convocatoria...
A lo mejor mi hermana estaría viva hoy en Roma.
A lo mejor tú no estarías atado conmigo y estarías feliz con ella...
Y yo, quizás, habría conocido a otro médico europeo, y estaríamos todos reunidos aquí celebrando en familia...
Escucharla pronunciar aquellas palabras de su boca, verla torturarse de forma masoquista con escenarios imaginarios y, sobre todo, escucharla decir con tanta ligereza que podría haber estado en los brazos de otro hombre del viejo continente, hizo que una posesividad feroz, gélida,
animal y sumamente oscura me recorriera la columna vertebral de golpe.
Me encendió la sangre. No iba a permitir bajo ningún concepto que los fantasmas de lo que nunca fue destruyeran lo que ya habíamos sellado con fuego, carne y lágrimas en Trastevere.
Di un paso largo, rudo y decisivo, acortando la distancia en medio del camino de tierra helado de la propiedad.
La tomé firmemente de los brazos con mis manos grandes de cirujano, obligándola a despegar con fuerza las manos de su rostro y a clavar sus ojos café claros en los míos.
Mi mirada oscura no dejaba el menor espacio a réplicas ni a llantos defensivos.
—Escúchame bien, Ámbar, y grábatelo a fuego en la mente —le dije con mi barítono profundo golpeando con una autoridad absoluta que cortó el silbido del viento—.
Nunca más en tu miserable vida vuelvas a decir ni a imaginar que estarías en los brazos de otro hombre.
No existen los "hubiera" en esta existencia.
No los hay. El destino es implacable, no se equivoca y las cosas pasaron de esta trágica manera por una razón biológica y de destino.
Su respiración se entrecortó de golpe ante la intensidad posesiva de mi agarre en sus brazos, pero mantuve mi postura imponente, fijando mis ojos oscuros en las motas claras de los suyos, recordándole físicamente que yo la conocía a ella, a la mujer real de carne y hueso,
no al nombre ficticio del pasaporte que portaba ante el mundo.
—Las tragedias ocurrieron, sí, nos desangraron el alma y el dolor más puro nos trajo a los dos hasta aquí, pero ahora somos tú, yo y Esmeralda —continué, suavizando el timbre de mi voz pero manteniendo una firmeza inquebrantable—.
Ahora, mi princesa, vivamos esta vida por Jade, ¿te parece bien?
Vive por ella, disfruta del sol de Roma por ella, trabaja en el departamento de pediatría que tanto amas en su memoria.
Criemos a nuestra hermosa hija con toda la fuerza del mundo honrando su nombre.
Pero hazlo a mi lado. Porque tú eres mi única esposa ante mi corazón y este es nuestro presente real.
Ámbar me miró en un absoluto silencio, con las lágrimas congelándosele en las mejillas pecosas bajo el gélido viento de Halifax, pero la tormenta de culpa moral que azotaba su pecho finalmente cedió ante la fuerza de mis palabras.
El peso absurdo de los "hubiera" se evaporó en ese preciso instante en medio de la nieve.
Se apoyó con total rendición contra mi pecho, escondiendo el rostro en el paño oscuro de mi abrigo largo, aceptando mi abrazo posesivo como el único refugio real y seguro que le importaba en este mundo.
El pasado destructivo en Canadá estaba clausurado para siempre con doble llave.
Nos subimos al automóvil con la certeza absoluta de que el jet privado nos llevaría de regreso al único lugar al que pertenecíamos: nuestro hogar en Roma.