Capítulo 33 El Espejo Frente a la Reja
El silencio que siguió a las palabras de Adolfo en el despacho fue absoluto, denso, casi quirúrgico, pero dentro de mi propio pecho algo terminó de encajar con una fuerza liberadora.
La rabia contenida, la humillación y el dolor punzante que había arrastrado desde mi huida de Halifax finalmente encontraron una válvula de escape real.
Miré a mi padre a los ojos y luego me giré de golpe hacia el hombre imponente que ahora era mi vida entera y el ancla de mi realidad en Europa.
—Quiero verlo con mis propios ojos —dije de pronto. Mi voz sonó tan firme, cortante y helada que me sorprendió a mí misma, desprovista de cualquier rastro de la antigua Ámbar.
Stefano dio un paso largo hacia mí, entornando sus ojos oscuros con esa fijeza analítica y posesiva que lo caracterizaba en los momentos de crisis. Me tomó suavemente pero con firmeza del brazo, buscando leer mis verdaderas intenciones en mis pupilas.
—¿Estás completamente segura de lo que pides, mia principessa? —me preguntó. Su barítono profundo estaba cargado de una genuina e intensa preocupación por mi estabilidad emocional.
—Sí, estoy completamente segura —respondió, sosteniéndole la mirada café claro sin pestañear—.
Me presentaré ante él vestida como Jade, portando su identidad, no como Ámbar.
Quiero verlo destruido en vida, humillado tras los barrotes, así como él me destruyó psicológicamente a mí en esa pequeña casa semirrural.
Quiero que vea con total claridad por qué yo estoy viviendo bien, siendo feliz y reconstruyendo mi futuro en Europa, mientras él se pudrirá en una celda y no podrá vivir jamás.
Quiero que vea que soy feliz, aunque no sea bajo mi propio nombre legal.
Stefano apretó el agarre en mi brazo, no para detenerme o cuestionarme, sino para infundirme toda la fuerza colosal de su anatomía. Una sonrisa gélida, lobuna y ferozmente protectora se dibujó en sus facciones duras de piedra.
—Yo te acompaño —me dijo con una determinación inquebrantable—. No estarás sola frente a ese miserable ni un solo segundo de tu vida.
Y así lo ejecutamos sin perder tiempo. Nos dirigimos de inmediato en el automóvil de mi padre hacia el centro de detención de máxima seguridad de Halifax.
El olor penetrante a humedad, hierro oxidado, desinfectante barato y encierro asfixiante de la prisión me revolvió el estómago por un breve segundo, amenazando con recordarme la vulnerabilidad del pasado,
pero recordar el calvario de mis últimas semanas de embarazo me devolvió el eje de control de inmediato.
Stefano caminaba a mi lado exacto, luciendo imponente, alto y dominante, marcando territorio de forma física ante los guardias armados que nos abrían las rejas.
Pedimos la visita reglamentaria de urgencia y nos guiaron hacia una sala fría, gris y dividida por un grueso cristal blindado de seguridad.
Un par de minutos después, la pesada puerta metálica del otro lado se abrió con un crujido estridente y dos oficiales de prisiones empujaron bruscamente hacia la cabina a Francisco.
Lucía completamente demacrado, esquelético y destruido; vestía el uniforme naranja arrugado de los reclusos, tenía el cabello castaño sucio y desgreñado, y unas ojeras profundas y oscuras que delataban noches enteras de puro pánico ante las amenazas de los reos de Ottawa.
Pero al levantar la vista con desespero y fijar sus ojos oscuros en el reflejo de mi rostro actual a través del cristal, su expresión cambió de golpe, de forma maníaca.
Se pegó al vidrio blindado con las palmas de las manos, soltando una risa histérica, aguda y espeluznante que resonó en los audífonos de la cabina como la de un auténtico desquiciado mental.
—¡Ámbar! ¡Sabía perfectamente que estabas viva! ¡Lo sabía! —gritó con la voz rota, llamándome por mi antiguo nombre legal mientras golpeaba el vidrio con el metal de sus esposas—. ¡Sabía que tu maldito padre me había mentido para alejarme de tu dinero! ¡Eres tú, maldita sea, eres tú!
Mantuve la espalda completamente recta, clavando mis ojos pecosos y mis pupilas con motas doradas en las suyas sin mostrar una sola pizca de alteración o miedo. Tomé el intercomunicador de plástico con una calma aplastante que heló el ambiente.
—No —le dije. Mi voz era un hilo de hielo que cortó su risa histérica—. Te equivocas. Soy Jade. La hermana gemela idéntica de ella.
Francisco detuvo su risa de golpe, quedándose con la boca abierta, parpadeando con una desesperación animal, analizando minuciosamente cada una de mis facciones a través del cristal grueso.
—No te creo... ¡No te creo un maldito demonio! —tartamudeó, pegando la frente sudorosa al vidrio en un gesto repulsivo—. Tú eres Ámbar. Tienes los mismos ojos, la misma complexión física... eres mi esposa dócil.
Señalé con una fría inclinación de la mirada a Stefano, que permanecía de pie como una muralla de piedra justo detrás de mí, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho de cirujano y una mirada tan letal, oscura y asesina que habría hecho retroceder a un ejército.
—Él es mi verdadero esposo, el doctor Stefano Caccini —le continué diciendo, disfrutando internamente cada segundo de su colapso psicológico y su confusión—.
Recién llegamos de Roma en un vuelo privado porque mi padre Adolfo nos necesitaba con urgencia aquí para cerrar definitivamente todos los asuntos legales, sucesorios y notariales de mi difunta y amada hermana Ámbar, que en paz descanse.
—¡No! ¡Me estás mintiendo, maldita perra!
—Francisco comenzó a jalar sus esposas con violencia, lastimándose las muñecas, el pánico absoluto cruzando su rostro descompuesto por el encierro—.
Tú eres Ámbar, mi esposa sumisa... ¿Y mi hijo?
¿Dónde demonios está mi hijo? ¡Porque yo sé que tú eres ella! ¡Dime dónde está mi hijo y mi dinero!
Con una total y quirúrgica parsimonia, abrí mi cartera de diseñador y saqué una fotografía antigua en papel fotográfico que había traído meticulosamente conmigo desde mi habitación en el viaje.
En la imagen salíamos la verdadera Jade y yo, abrazadas con fuerza en el campus de la universidad antes de su partida a Europa, luciendo exactamente idénticas, sonriéndose el uno al otro bajo el sol brillante de Halifax.
Pegué la fotografía con firmeza contra el cristal blindado, justo frente a sus ojos desorbitados por el horror de la verdad.
—No soy tu esposa, Francisco. Soy tu cuñada, la doctora Jade Caccini —sentencié, y una chispa de pura y absoluta letalidad congeló mis ojos café claros—.
Con esto te demuestro físicamente que no soy ella.
Pero me alegra enormemente, desde el fondo de mis entrañas, verte aquí encerrado como una rata, pagando el precio de sangre por todo el maltrato psicológico y las humillaciones que le infligiste a mi pobre hermana Ámbar.
Ella te amaba de verdad al principio, y tú la usaste como un trapo sucio, como una tarjeta de crédito para tapar tus asquerosas deudas de juego de Ottawa.
¿And after all that tienes el descaro de preguntar por tu hijo?
Preguntas por una bebé que murió en el parto prematuro...
porque tú estabas revolcándote borracho con tu amante en la casa semirrural mientras mi hermana agonizaba de estrés en la camilla del hospital.
Tú la mataste, Francisco. Tú eres el único responsable de su muerte.
Francisco se quedó completamente sin aire en los pulmones, mirando alternadamente con desesperación la fotografía antigua y mi rostro actual.
El impacto psicológico brutal de saber que lo había perdido absolutamente todo en la vida, que su carrera médica estaba destruida para siempre, que su amante lo había vendido por unas monedas a los prestamistas de Ottawa y que el fantasma eterno de su propia culpa moral lo acompañaría en esa celda
fría para siempre, terminó por quebrarle el cráneo.
Se dejó caer pesadamente en la silla de metal, sollozando con la cabeza gacha entre las piernas, completamente derrotado y destruido en su orgullo.
Solté el intercomunicador de plástico sobre el soporte, di media vuelta sobre mis talones sin mirar atrás y busqué la mirada de Stefano.
Él me recibió de inmediato con sus brazos fuertes y protectores, pegando mi cuerpo robusto contra su pecho de mármol mientras me guiaba con paso dominante hacia la salida de la prisión.
Habíamos terminado definitivamente nuestra tarea en Canadá.
El pasado estaba enterrado bajo tierra, el monstruo completamente destruido en vida, y yo finalmente era libre en mi mente para regresar a Roma a ser feliz bajo el cielo de Italia.
* * *