DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 57 — Confrontación final con Frida
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CAPÍTULO 57 — Confrontación final con Frida

POV: Aurora

Pasé dos días procesando la traición antes de decidir cómo manejarla. Sarah me aconsejó esperar; Carolina, exponerla públicamente. Pero yo sabía que ninguna de esas opciones me daría lo que necesitaba: mirarla a los ojos y escuchar de su boca por qué.

Un martes manejé a su clínica en el Upper East Side, el mismo lugar donde meses atrás me había presentado como Ana Beltrán buscando terapia, donde descubrí que no era la única mujer en la vida de Máximo.

Qué ironía volver para descubrir otra mentira más.

La recepcionista intentó detenerme —Frida estaba con una paciente—, pero pasé de largo y abrí la puerta de su oficina.

La encontré frente a una mujer de mediana edad que lloraba.

—Necesito hablar con la doctora Villarreal. Ahora.

—Aurora, estoy en sesión.

—O hablas conmigo, o le cuento a tu paciente exactamente qué clase de persona eres.

Frida palideció, pero mantuvo la compostura profesional, despidió a la paciente con una excusa de emergencia familiar y cerró la puerta.

—Esto es completamente inapropiado. Podrías haber llamado.

—¿Como tú me llamaste cuando contrataste a Adrián para seducirme?

Vi el instante exacto en que supo que lo sabía todo. La falsa calma se le rompió en pánico.

—No sé de qué hablas.

—No me insultes con más mentiras. Carolina encontró los correos, las transferencias, el plan entero.

Frida se dejó caer en su silla con un suspiro de derrota.

—Está bien. Sí, lo contraté. ¿Y qué vas a hacer?

—Primero, saber por qué. ¿Qué ganas destruyendo mi relación con Dante?

—Venganza. Pura y simple. No por lo que me hiciste tú, sino por lo que Máximo me hizo: me usó años, me mintió, me robó tiempo que no recupero.

—Entonces estás enojada con él, no conmigo.

—Estoy enojada con todos. Con Máximo por mentir, contigo por existir primero, con Dante por ayudarte a destruir al hombre que amaba.

—¿Que amabas? Frida, está preso veinticinco años por crímenes que confesó.

—Porque ustedes lo presionaron hasta romperlo.

—Nadie lo forzó. Eligió confesar para reducir su condena.

Se levantó, sacó un sobre grueso del escritorio y empezó a leerme cartas de Máximo desde la prisión, docenas, todas dirigidas a ella: que era la única que lo entendía, su igual intelectual, su verdadero amor; que yo nunca vi su verdadero ser.

Le dije que eran mentiras, que la manipulaba otra vez desde la celda.

Ella insistió en que esta vez era honesto, porque no tenía nada que ganar.

Le respondí que tenía todo que ganar: mantenerla enganchada, conservarla como fuente de dinero y como plan de respaldo para cuando saliera.

—¡Cállate! No sabes de lo que hablas.

—Lo sé exactamente. Viví con ese hombre quince años. Conozco sus patrones. Y un forense lo evaluó: tiene un trastorno narcisista, literalmente no puede amar como las personas normales.

—Eso es basura de la corte. Diagnósticos inventados para hacerlo ver peor.

La risa que me salió fue amarga.

—Dios mío. Sigues obsesionada con él. Después de todas las pruebas, sigues enamorada del monstruo. —Respiré—. No vine a debatir sobre Máximo. Vine a entender por qué me traicionaste después de que te di una oportunidad tras otra de redimirte.

—Porque nunca debiste perdonarme. Habría sido más honesto mantenerme como enemiga.

—Entonces déjame corregir ese error ahora. Estás fuera de la fundación. Efectivo inmediato.

—No puedes. Soy miembro de la junta.

—Y la junta vota. Convoco una sesión de emergencia, presento la evidencia de tu conspiración y te sacan.

Caminó hacia mí con una expresión que no le había visto: algo oscuro, peligroso.

—Si intentas arruinar mi reputación, voy por lo único que de verdad te importa. Valeria.

El miedo me heló la sangre.

—No te atrevas a amenazar a mi hija.

—No es una amenaza, es una promesa. Conozco gente que puede hacer que servicios infantiles investigue tu hogar, que cuestione tu capacidad como madre.

Que la expones a hombres peligrosos como Dante, que la metes en dramas de adultos.

Las investigaciones tardan meses, y mientras tanto Valeria podría terminar en custodia temporal.

Quizá con su abuela, en México. He estado hablando con Carmela, ¿sabes?

Muy comprensiva con el dolor de perder a una nieta.

—Eres un monstruo.

—Soy una mujer protegiendo lo suyo. Igual que tú.

Sin pensarlo, di un paso hacia ella con los puños cerrados. Frida retrocedió, tropezando con la silla.

—¿Vas a golpearme? ¿Eso te hace mejor madre?

—No vuelvas a nombrar a mi hija.

—¿O qué? Adelante. Dame una razón legal para demandarte.

La puerta se abrió de golpe. Dante entró, con Luca detrás. Habían estado afuera, escuchando.

—Suficiente. Las dos.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Luca me avisó que venías a confrontarla. Sabía que podía ponerse feo.

Frida se enderezó, ajustándose la blusa con una dignidad fingida, y nos acusó de invadir propiedad privada. Dante sacó el teléfono y le mostró la pantalla: una grabación en curso.

—Tengo toda la conversación desde que llegué. Tus amenazas contra Valeria, documentadas.

El color se le fue de la cara.

—Eso es ilegal. No puedes grabar sin mi consentimiento.

—Nueva York es estado de un solo consentimiento. Basta el mío. Y, aunque no sirviera en una corte penal, sirve de sobra en una audiencia de la junta de la fundación. Y en una queja ante la junta de licencias de psicología.

Frida se desplomó en la silla, derrotada, y preguntó qué queríamos. Respiré hondo para calmar la rabia.

—Que renuncies a la fundación ya. Que te mantengas lejos de mí y de mi familia para siempre. Que destruyas cualquier plan que tengas sobre Valeria.

—¿Y si no acepto?

—Entonces presentamos la grabación de todos modos, te expulsamos con escándalo público y radico una queja formal ante la junta de licencias. Tu carrera se acaba. Exactamente como intentaste acabar mi vida.

Nos miró con odio puro, pero aceptó. Renunció a la fundación, firmó un acuerdo de no contacto.

Dante y Luca sirvieron de testigos mientras estampaba su firma en cada documento.

Al terminar, nos lanzó una última frase envenenada: que esperaba que fuéramos felices, que valiera la pena todo el dolor que causamos.

Le respondí que no causamos ningún dolor que ella no causara primero.

Salimos de la clínica en silencio. En la calle, por fin dejé caer las lágrimas.

—¿Por qué sigue pasando esto? ¿Por qué la gente en la que confío me sigue traicionando?

Dante me abrazó fuerte y me dejó llorar contra su pecho.

—Porque has tenido mala suerte con personas rotas que proyectan su dolor en ti. Eso no define tu valor ni tu juicio. Confiar no te hace ingenua. Te hace humana. Frida eligió traicionar esa confianza; la falla es suya, no tuya.

—¿Cómo supiste que estaría aquí?

—Carolina me llamó preocupada. Dijo que conocía esa mirada en tus ojos, que harías algo impulsivo.

—Casi la golpeo.

—Lo escuché todo desde afuera. Por eso entré cuando entré.

—Gracias. Por estar aquí. Por protegerme aun con lo nuestro tan enredado.

—Siempre voy a protegerte, Aurora. Por enredado que esté lo nuestro.

Me aferré a él ahí, en plena calle, sin importarme quién mirara. Porque en ese momento necesitaba saber que al menos una persona en mi vida era constante y real.

Aunque viniera con su propio equipaje complicado.