DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 53 — Nuevo pretendiente
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CAPÍTULO 53 — Nuevo pretendiente

POV: Aurora

Dos semanas después de que Dante se fuera a Italia, conocí a Adrián Sánchez en un evento de la fundación.

Era una conferencia sobre derechos de las víctimas de fraude matrimonial, y él presentaba sobre protecciones legales internacionales.

Treinta y ocho años, abogado de derechos humanos, trabajaba con Naciones Unidas en casos de violencia doméstica transfronteriza.

Su charla fue brillante: apasionada sin exceso, informada, práctica.

Justo lo que nuestra fundación necesitaba.

Me acerqué después a agradecerle.

—Excelente presentación, señor Sánchez. Nos encantaría colaborar.

—Llámame Adrián, por favor. Y sería un honor. Tu fundación hace un trabajo increíble. —Bajó la voz—. Perdí a mi hermana por violencia doméstica hace cinco años. El sistema le falló por completo. Por eso hago esto ahora.

La honestidad directa me desarmó. Hablamos media hora sobre el trabajo, el sistema roto, la necesidad de un cambio de fondo.

Era fácil conversar con él: sin complicaciones, sin pasado oscuro, solo un hombre bueno haciendo algo bueno.

Al terminar, me pidió la tarjeta y, antes de que mi asistente coordinara un café, agregó:

—O podríamos hacerlo menos formal. ¿Una cena? ¿Este viernes?

—¿De negocios?

—Puede empezar como negocios. A ver a dónde va.

Su sonrisa era cálida, sin agenda escondida.

—Está bien. El viernes.

Esa noche le conté a Valeria del evento y mencioné a Adrián de pasada.

—¿Es guapo? —preguntó, directa como siempre—. ¿Más que Dante?

—Distinto. Dante es oscuro, intenso. Adrián es luminoso, accesible.

—¿Vas a salir con él? ¿Te molestaría que sí?

Lo pensó en serio.

—No. Dante se fue otra vez. No puedes esperarlo para siempre.

—No. No puedo.

El viernes llegó con unos nervios que no sentía hacía años: una primera cita de verdad, sin venganza ni trauma ni pasados violentos de por medio. Adrián eligió un restaurante italiano pequeño en el Upper West Side, nada pretencioso, y llegó puntual con flores.

—No sabía si era apropiado. Pero mi madre me enseñó a nunca llegar con las manos vacías.

Cenamos con una conversación que fluía. Había crecido en Puerto Rico, en una familia grande, con padres casados hacía cuarenta años; vino a Nueva York para la universidad y se quedó. Sabía de Máximo, de la fundación, había leído los artículos.

—¿Y tú? ¿Estás segura? —preguntó, después de que le hablara de Valeria y de la prisión de Máximo.

—Físicamente sí. Emocionalmente es más complicado.

—¿Por Dante Rivas?

Otra vez esa franqueza.

—¿Cómo sabes de Dante?

—Los artículos mencionaron una relación. Y Luca me advirtió.

—¿Hablaste con Luca?

—Antes de invitarte. Lo llamé para asegurarme de no estar cruzando líneas. Me dijo que Dante está en Italia, que no sabe cuándo vuelve, que mereces seguir adelante, y que si te lastimo me rompe las piernas.

Me reí por primera vez en semanas; sonaba a Luca.

—Entonces, mi pregunta directa —dijo él—: ¿estás lista para esto, o estás esperando que Dante vuelva?

La honestidad merecía honestidad.

—No lo sé. Una parte de mí espera. Otra está furiosa por esperar. Otra quiere seguir adelante solo para demostrarme que puedo.

—Son razones complicadas para salir con alguien.

—Por eso entiendo si prefieres esperar a que esté menos confundida.

—O lo intentamos igual. Sin presión, sin expectativas. Dos personas conociéndose, viendo si hay algo. Complicada es interesante, y creo que vale la pena.

Salimos con un acuerdo tácito. Durante las semanas siguientes, Adrián se volvió una constante: cenas los viernes, mensajes diarios preguntando cómo estaba, flores en la oficina cuando cerrábamos un caso difícil. Atento sin sofocar, interesado sin invadir, estable de una forma que Dante nunca fue.

Un mes después lo invité a conocer a Valeria. Cena casual en casa, nada formal. Ella lo interrogó de inmediato.

—¿Viajas mucho?

—A veces. Pero siempre vuelvo.

La palabra «vuelvo» quedó colgando. Valeria me miró, sabiendo exactamente lo que implicaba.

—Está bien. Pero si lastimas a mi mamá, Rosa y yo sabemos dónde esconder el cuerpo.

Adrián se rió.

—Mensaje recibido. Y anotado.

Después, en la cocina, Valeria me dio su veredicto.

—Me cae bien. Es lindo, te hace sonreír, y no desaparece misteriosamente.

—Valeria…

—Solo digo. Dante sigue sin volver. Adrián está aquí. Ahora.

Tenía razón. Adrián estaba presente, consistente, justo lo que necesitaba. Pero ¿era lo que quería?

Dos meses después de que Dante se fuera, Adrián y yo nos hicimos oficiales. Sin anuncio grande, solo la decisión de ser exclusivos, de intentar algo real. Sarah celebró la elección: por fin un hombre estable, sin mafia, sin drama. Tenía razón. Adrián era todo eso.

Pero en las noches tranquilas, cuando Valeria dormía y yo me quedaba sola, todavía pensaba en Dante. Dónde estaba, si estaba a salvo, si pensaba en mí. Y me odiaba por no poder soltar del todo, por guardar una esquina del corazón en espera. Adrián lo notó.

—Estás aquí, pero no del todo. Puedo competir con muchas cosas, Aurora, pero no con un fantasma. Si Dante sigue en tu corazón, dímelo ahora, antes de que esto vaya más hondo.

—No es que esté en mi corazón. Es que no salió del todo. Como una cicatriz que duele cuando cambia el clima.

—¿Y yo qué soy? ¿La distracción mientras sana la cicatriz?

—No. Eres un hombre bueno, que me trata bien, que está presente, al que quiero intentar amar.

—Querer no es lo mismo que hacerlo.

—Lo sé. Pero es honesto.

Se quedó callado un buen rato.

—Acepto la honestidad. Pero prométeme una cosa: si Dante vuelve, me lo dices de inmediato. No lo escondes, no intentas manejar a los dos. Eliges. Limpiamente.

—Lo prometo.

Nos besamos. Y fue bueno: cálido, seguro. Pero no fue fuego. No fue ese incendio que me consumía cuando me besaba Dante. Y eso me rompió un poco, porque quería que Adrián fuera la respuesta, que su estabilidad bastara.

Pero el corazón no elige por lógica. Elige por química, por historia, por una conexión que no se explica. Y el mío, terco idiota, seguía eligiendo al hombre que estaba a miles de kilómetros enfrentando a sus demonios, mientras el hombre íntegro que tenía enfrente me ofrecía toda la paz del mundo.