CAPÍTULO 51 — Seis meses después
POV: Aurora
La alarma sonó a las seis. Otro lunes, otra semana, pero esta vez sin el peso de los secretos, sin el miedo a un descubrimiento horrible, sin esperar que mi mundo estallara. Me asomé a la ventana: Manhattan despertaba abajo, la ciudad que me había visto caer y levantarme.
Valeria entró todavía en pijama.
—Tuve sesión con la doctora Salas ayer. Me ayudó a escribir una carta. Para papá. Pero no para mandarla. Solo para sacármelo de adentro.
El corazón se me apretó. Le pregunté qué decía.
—Que estoy enojada con él, que me lastimó, pero que también entiendo que está enfermo, que no puede amar como la gente normal. Y que algún día tal vez pueda perdonarlo. Pero no ahora. La doctora dice que puedo estar enojada y triste a la vez, que no tengo que elegir.
—Tiene razón. Es muy maduro de tu parte.
—¿Tú sigues enojada?
—A veces. Menos cada día. Más que nada, cansada de pensar en él.
La abracé fuerte y le dije que era la niña más fuerte que conocía. «Lo aprendí de ti», respondió, y bajó a vestirse.
En la cocina, Rosa preparaba el desayuno de siempre: café fuerte, pan tostado, la normalidad que antes daba por sentada. Me preguntó si estaba nerviosa por la reunión. Un poco, le dije. De la buena.
Dos meses atrás había pasado lo impensable.
Un grupo de inversionistas le compró Vesper otros dudaron de que una mujer sin experiencia ejecutiva manejara una empresa de cien millones.
Los primeros dos meses fueron un infierno de finanzas corporativas, egos de editores veteranos, negociaciones con agentes y decisiones que afectaban cientos de empleos.
Pero también fueron liberadores: por primera vez en mi vida adulta controlaba mi destino entero.
No dependía de un esposo, no trabajaba para un jefe con agenda oculta. La autoridad final era yo.
Hoy era la junta trimestral. Presentaría los resultados de mis primeros meses: nada espectacular, pero sólido.
Tres contratos importantes, dos bestsellers inesperados, ventas estables.
Llegué a la oficina a las ocho, a un edificio que antes me intimidaba y ahora dirigía.
Mi asistente, James, me esperaba con el café y la agenda.
—Todos los miembros confirmaron. Incluido el señor Rivas.
El nombre me golpeó, como siempre. Dante.
Resultó que el «consorcio anónimo» que compró la editorial lo incluía a él como inversionista minoritario: un cinco por ciento, no suficiente para controlar nada, pero sí para un asiento en la junta.
No lo veía hacía seis meses, desde que se mudó de mi casa tras el juicio de Máximo.
Dijo que necesitaba espacio para reconstruirse, que no quería una relación basada en su dependencia de mí.
Lo entendí. Dolió igual. Cada tanto me llegaban mensajes —«recuperé un edificio en Queens», «cerré un trato», «te extraño pero no estoy listo»— a los que casi no respondía.
¿Qué decir? «Yo también te extraño pero respeto tu espacio» se vuelve repetitivo a la décima vez.
A las nueve en punto entré a la sala de juntas. Cinco miembros ya estaban sentados y, en una esquina, impecable en un traje gris oscuro, estaba Dante. Más delgado, el pelo más corto, pero los ojos iguales: oscuros, intensos, mirándome con una mezcla de anhelo y cautela.
Pasé la hora siguiente presentando números, proyecciones, estrategia: profesional, competente, escondiendo el torbellino que sentía con él a unos metros. Cuando terminé llegaron las preguntas, y Dante habló por primera vez, con una voz distante, como si fuéramos extraños.
—¿No nos estamos sobreapalancando con estas inversiones?
—No. La relación deuda-capital está en un nivel sano y tenemos reservas suficientes. Hay plan de contingencia para la plataforma de audiolibros; podemos pivotar si hace falta.
Asintió sin expresión, imposible de leer. La junta siguió media hora más; al terminar, los demás felicitaron la presentación. Dante fue el último en salir, y se detuvo en la puerta.
—¿Tienes un minuto?
Esperamos a quedarnos solos. El silencio era aplastante.
—Te ves bien —dijo al fin—. ¿Cómo está Valeria?
—Mejor. Le escribió una carta a Máximo. Para procesarlo, no para enviarla. —Más silencio—. Dante, no lo hagas.
—¿Que no haga qué?
—Explicar. Disculparte. Sé por qué te fuiste, respeto que necesitaras reconstruirte solo. Pero no puedo hacer esto: conversar casual como si no hubiera historia entre nosotros. Es doloroso. Verte cada trimestre, fingir que somos colegas.
—¿Qué quieres que haga?
—Que elijas. Estás dentro o estás fuera. Pero no en medio, apareciendo cada tres meses a recordarme lo que perdimos.
—No perdimos. Pausamos.
—Seis meses no es una pausa. Es un abandono con una excusa elegante.
—Es respeto. No quería que me vieras hasta volver a ser el hombre que merecías.
—No necesitaba un hombre perfecto. Necesitaba uno honesto que se quedara. Y tú no te quedaste.
Empecé a salir; me tomó del brazo.
—Estoy listo ahora. Para volver. Para intentarlo. Por eso invertí en la editorial, por eso vine hoy. Para verte. Reconstruí lo que pude reconstruir, y ahora quiero reconstruirnos a nosotros.
El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría.
—¿Y si no estoy lista? ¿Si estos seis meses me enseñaron que puedo estar bien sola?
—Entonces lo respeto. Pero dame la oportunidad de probarte que valgo el riesgo.
—Una cena. Este viernes. Lugar público. Una conversación honesta sobre qué significa todo esto. Y después decido si te doy una segunda oportunidad o si seguimos solo como colegas.
—Acepto.
—Siete de la noche. The River Café. No llegues tarde.
Salí de la sala con las manos temblando. Esa noche, Valeria notó mi distracción y le conté que Dante había estado en la junta.
—¿Todavía te gusta?
—Sí. Pero no sé si alcanza. Gustar a alguien es fácil. Confiar es difícil, y él rompió esa confianza cuando se fue.
—Pero tú dices que la gente puede cambiar. Dale chance de mostrarlo con acciones.
—¿Desde cuándo eres tan sabia?
—Desde que voy a terapia. La doctora Salas dice que todos merecen una segunda oportunidad si de verdad están tratando de ser mejores.
La abracé. A veces mi hija era más sabia que yo.
El viernes llegó demasiado rápido. Tardé una hora eligiendo qué ponerme; al final, un vestido azul oscuro, simple y elegante. Dante llegó puntual, con flores.
—No son soborno. Solo una disculpa por seis meses.
—Las flores no compensan una ausencia.
—Lo sé. Pero es un principio.
Cenamos con una conversación cuidadosa, evitando lo pesado al inicio, hasta que llegamos a lo real. Le pregunté por qué ahora.
—Porque dejé de medir mi valor por la cuenta bancaria.
Recuperé parte de mi fortuna; no toda, quizá nunca toda, pero suficiente para sentirme humano otra vez.
Y me di cuenta de que esperar a ser perfecto antes de volver era repetir el mismo error: huir en vez de pelear.
Así que decidí pelear. Por ti. Por nosotros.
—¿Y si te vuelvo a perder?
—No vas a perderme. No puedo prometer que nunca falle, pero sí prometer intentarlo cada día, ser honesto cuando falle, y no volver a huir sin al menos decirte por qué.
—Necesito tiempo. Consistencia. Que pruebes con acciones que tus palabras son reales. No voy a saltar a una relación completa porque pasaron seis meses. Tienes una oportunidad. Una. Si vuelves a huir, si vuelves a decidir solo que no eres suficiente, se acaba. No hay tercera.
—Entendido.
Terminamos con un acuerdo tácito: lo intentaríamos, despacio, con límites claros, sin promesas que no pudiéramos cumplir. Cuando me dejó en la puerta, se quedó ahí.
—¿Puedo besarte?
—No. Todavía no te lo ganaste.
Sonrió.
—Justo. Buenas noches, Aurora.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, el corazón desbocado. Dante estaba de vuelta. No del todo, no todavía. Pero tal vez, con tiempo, con esfuerzo, con honestidad, podríamos reconstruir lo que rompimos.
O tal vez descubriría que estaba mejor sola. Solo el tiempo lo diría.