DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 48 — Decisión imposible
79%

CAPÍTULO 48 — Decisión imposible

POV: Aurora

Dante llevaba dos semanas viviendo en mi casa, durmiendo en el cuarto de huéspedes, comiendo con Valeria y conmigo, buscando una rutina entre los escombros de su vida anterior. Valeria lo trataba con cautela: ni hostilidad ni calidez. Una mañana, durante el desayuno, lo encaró.

—¿Te vas a ir otra vez?

Dante dejó el café a medio camino de la boca.

—No lo planeo. No puedo prometerte el futuro, pero sí esto: si me voy, será porque no tengo opción, no porque elija huir. Huir es cobardía. No tener opción es circunstancia. Una la controlas tú; la otra te controla a ti.

Valeria lo estudió con esos ojos grises demasiado sabios para sus diez años.

—Está bien. Pero si lastimas a mi mamá otra vez, Rosa y yo te hacemos la vida imposible.

Desde la cocina, Rosa asintió con energía.

—Créale, señor Dante. Yo sé dónde están todos los cuchillos.

Dante sonrió por primera vez en semanas.

—Mensaje recibido.

Las noches eran lo difícil. Yo trabajaba tarde en casos de la fundación; él, en su laptop, reconstruyendo contactos, buscando inversores, salvando lo poco que quedaba. Una noche bajé a las dos de la mañana por agua y lo encontré en la sala, con un whisky y la cara devastada.

—Nunca puedo dormir —dijo cuando me senté a su lado—. Hace meses. Pienso en todo lo que hice mal. Algunas decisiones no fueron desafortunadas. Fueron criminales. Y me pregunto si debería pagar por eso.

—¿Pagar cómo?

Bebió un trago largo antes de responder.

—Entregarme. Confesar lo que hice en Nápoles. Aceptar las consecuencias que llevo veinte años evitando. Probablemente años de cárcel. Pero al menos sería honesto.

El aire se me fue de los pulmones. Le dije que aquello había sido hace veinte años, otra vida, otro él. Que no era una mala persona.

—¿Cómo lo sabes? Apenas conoces mi pasado completo.

—Entonces cuéntamelo. Todo. Cada detalle que crees que me hará huir. No voy a decidir sobre una versión editada.

Respiró hondo, y durante las tres horas siguientes me lo contó todo.

No solo los golpes que ya había mencionado.

Me habló del primer hombre al que lastimó, un dueño de restaurante que le debía dinero a Marco: Dante tenía diecinueve años, le rompió tres dedos despacio, metódico, mientras la esposa lloraba pidiéndole que parara.

Me habló de la periodista que investigaba a la familia: apareció de noche en su apartamento y le describió exactamente lo que le pasaría si publicaba; ella abandonó el reportaje y el periodismo entero.

La rompió sin tocarla. Me habló del dinero de «protección» que extorsionó a pequeños comercios durante cuatro años, de los dieciocho a los veintidós, mientras él vivía bien y los comerciantes sufrían.

—Y lo peor es que me gustaba. El poder. El miedo en sus ojos. Cómo la gente se apartaba al verme en la calle.

—¿Qué te hizo parar?

—Mi madre. Apareció en Nápoles después de un año sin verme.

Me vio en la calle con mis asociados, y me miró como si yo fuera un extraño que había reemplazado a su hijo.

Esa noche fui a su apartamento y le pregunté si todavía me amaba.

Me dijo: «Amo al niño que fuiste. No sé quién eres ahora.

» Esas palabras me persiguieron. —Hizo una pausa—.

Eso, y ver a Marco: cincuenta y tres años, solo, paranoico, odiado.

Ese era mi futuro. Así que robé el dinero y huí.

Me contó que después intentó compensar a quienes pudo.

Al dueño del restaurante le mandó cincuenta mil dólares anónimos, más de lo que debía, aunque el dinero no arregla dedos rotos.

A la periodista no logró encontrar la forma sin reabrirle la herida; vive en Londres ahora, casada, dando clases.

A los comercios, donaciones anónimas a los que aún existían. No fue suficiente, y lo sabía.

Me levanté y caminé hacia la ventana, intentando reconciliar al Dante que conocía con el que describía.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque si voy a entregarme, necesitas saber exactamente por qué. Y necesitas decidir si puedes amar a un hombre que hizo esas cosas. Si tu moral te permite quedarte con un criminal confeso.

La pregunta era imposible. Mi instinto debería gritar horror, repulsión. Lo que sentía era más complicado. Necesitaba entender una cosa primero.

—¿Alguna de esas personas era inocente? ¿Una víctima al azar?

—No. Todas le debían a Marco o habían cruzado a la familia. Ninguna era completamente inocente. Pero tampoco merecían lo que les hice. Nadie merece violencia.

—¿Y el del restaurante? El de los dedos.

—Debía cien mil. Jugaba compulsivamente, pidió el préstamo sabiendo perfectamente quién era Marco.

—Bajó la voz—. Pero hay algo que nadie sabe.

Después de romperle los dedos, volví, solo, sin que Marco se enterara.

Le dije que vendiera, que pagara la deuda, que se fuera de Nápoles antes de que Marco mandara algo peor que dedos rotos.

Lo hizo. Se fue a Roma con su familia, abrió un restaurante más chico, y con los cincuenta mil que le mandé después lo expandió. Ahora tiene tres. Está bien.

—¿Entonces tu violencia lo salvó?

—O lo traumatizó hasta hacerlo huir. Depende de cómo lo mires.

Me habló de la periodista en los mismos términos: investigaba tráfico de drogas, y si publicaba, Marco la habría mandado matar, no asustar. Dante la asustó lo suficiente para que parara. La «mató» profesionalmente en lugar de literalmente.

—¿Eso te hace un héroe?

—No. Me hace un mal menor. Pero sigue siendo un mal.

Volví a sentarme. La cabeza me daba vueltas. Le pregunté por qué desenterrar todo ahora, por qué no dejarlo en el pasado.

—Porque estoy cansado de huir de él. Porque cada vez que veo tu fundación ayudando mujeres, recuerdo que yo lastimé gente. Porque no puedo pedirte que me ames sin que sepas quién soy del todo. Y porque, si voy a reconstruir mi vida, quiero hacerlo sin secretos esperando en el clóset.

—Confesando, vas a prisión. Años. Quizá décadas si Italia te extradita.

—Lo sé.

—¿Y yo? ¿Valeria? ¿Esperamos a que salgas?

—No. Siguen adelante. Encuentras a alguien mejor, sin mi pasado.

—Esa no es tu decisión.

—Tampoco puedo pedirte que esperes a un criminal.

—No eres un criminal. Fuiste un criminal. Hay diferencia.

—No para la ley.

Y tenía razón. La ley no perdona porque cambies; castiga lo que hiciste, sin importar quién seas ahora.

—Dame veinticuatro horas —le dije—. Para pensar. Para decidir si apoyo tu confesión o te pido que no lo hagas. Si puedo vivir amando a un hombre con tu pasado, o si mi moral no me lo permite. Porque esta decisión no es solo tuya. Nos afecta a Valeria, a la fundación, a mí. Todo está conectado.

—Entiendo. Veinticuatro horas.

Esa noche no dormí. Pensé en los dedos rotos, en las amenazas, en la violencia. Pero también en veinte años construyendo una vida distinta, en cómo me ayudó cuando nadie más lo hizo, en cómo me eligió por encima de su imperio.

¿Podía amar a un hombre que hizo cosas horribles dos décadas atrás? ¿O el pasado mancha el presente para siempre, por mucho tiempo que pase?

No tenía respuesta. Solo una pregunta imposible, sin solución correcta.