CAPÍTULO 47 — Reencuentro con Dante
POV: Aurora
Ocho meses después de que Dante desapareciera, Luca apareció en mi oficina sin avisar. Se veía demacrado, los ojos rojos, como si no durmiera hacía días.
—Necesito que vengas conmigo. Es Dante. Nada físico, pero está mal. No come, no duerme, solo trabaja. Se está destruyendo.
—¿Por qué me lo dices ahora? Lleva meses desaparecido.
—Porque aguanté esperando que mejorara solo, y empeora. Creo que eres la única que puede sacarlo de ahí.
—Me abandonó, Luca. Sin explicación, sin despedida.
—Fue cobarde. También está roto. Y si nadie interviene, va a hacer algo estúpido. Del tipo que involucra deudas con gente mala.
Miré el escritorio: una pila de casos, mujeres esperando ayuda, trabajo que importaba. Pero Dante también importaba, aunque me hubiera lastimado.
—Llévame con él.
El almacén estaba en una zona industrial de Brooklyn que había visto días mejores: grafiti, ventanas rotas, nada que ver con el mundo de Dante Rivas. Subimos tres pisos por una escalera de metal oxidado. Luca tocó una puerta que parecía a punto de caerse.
—No quiero visitas —se oyó del otro lado.
—Muy mal. Abre.
La puerta cedió, y ahí estaba él. Pero no el Dante que recordaba: barba de semanas, pelo largo y revuelto, ropa arrugada, ojeras oscuras. La sombra del hombre que conocí. Al verme, algo le cruzó la cara —dolor, o vergüenza.
—¿Qué hace ella aquí?
—Salvarte de ti mismo —dijo Luca, y se fue antes de que pudiera protestar.
Nos quedamos mirándonos en un silencio incómodo.
Me invitó a pasar solo cuando le advertí que, si no, la conversación sería en el pasillo.
El espacio era justo lo que imaginaba: un escritorio improvisado con laptops, un colchón en el piso, ropa amontonada, ventanas sucias que apenas dejaban entrar la luz.
—Esto es lo que queda del imperio de Dante Rivas.
—No vine a juzgar tu oficina. Vine porque Luca dice que te estás destruyendo. Y aunque me abandonaste, todavía me importas lo suficiente para venir a comprobarlo.
—No te abandoné. Te liberé.
—Esa distinción solo tiene sentido en tu cabeza.
Se dejó caer en una silla que había visto mejores tiempos.
—No quería que me vieras así. Reducido. Quebrado.
—¿Preferías que pensara que desapareciste? ¿Que me importabas tan poco que un día te fuiste?
—Preferí cualquier cosa antes que verte mirarme con lástima.
—No es lástima lo que siento. Es furia. Porque decidiste por mí. Decidiste que no aguantaría verte en crisis, que no era suficientemente fuerte.
—No fue por tu fuerza. Fue por mi debilidad.
Se levantó y caminó hacia las ventanas sucias, mirando la ciudad que alguna vez dominó.
Me contó lo que nunca había dicho del todo: que al construir su imperio se juró que jamás volvería a ser el niño pobre escondido detrás de un contenedor de basura, que el éxito lo haría invulnerable.
Que cuando Marco lo destruyó en semanas, entendió que nunca fue invulnerable, solo afortunado, y que sin esa suerte volvía a ser aquel niño asustado.
Cuando me conoció era un magnate que podía protegerme; ahora era apenas un tipo en un almacén tratando de no perder lo poco que le quedaba.
—Nunca pedí un magnate —le dije—. Pedí un hombre honesto que me eligiera, que peleara por nosotros, que confiara en mí lo suficiente para dejarme ver su peor lado.
—Mi peor lado es horrible. Créeme.
—¿Más que mantener cuatro familias secretas? ¿Más que robar millones?
—Distinto. Máximo era un mentiroso. Yo fui violento.
La palabra quedó suspendida. Me giré despacio, y él me sostuvo la mirada con unos ojos que habían visto cosas que yo no podía imaginar.
Me confesó entonces lo que nunca: que en Nápoles, trabajando para Marco, había lastimado a mucha gente.
Cobrando deudas, mandando mensajes, haciendo cumplir las reglas de la familia, y no siempre porque fuera necesario, sino a veces solo porque podía, porque tenía rabia y necesitaba descargarla.
Hospitalizó a tres hombres; uno nunca recuperó del todo el brazo, otro quedó con una cicatriz que le cruzaba la cara, el tercero perdió un ojo.
—Tenía veintidós años, lleno de furia por la muerte de mi padre, y Marco usó esa furia.
Me convirtió en su arma, y yo lo dejé porque me gustaba el poder.
—Se sentó en el suelo, la espalda contra la pared—.
Me fui cuando vi a dónde llevaba eso. Hombres de cincuenta años todavía haciendo el trabajo sucio de Marco, todavía vacíos por dentro.
No quería ser eso. Así que robé el dinero y huí, construí una vida nueva, un yo nuevo.
Pero el viejo Dante siempre estuvo ahí, esperando.
Y ahora que perdí todo lo que construí, es lo único que queda.
—No es lo único que queda. Tienes honestidad. Capacidad de cambio. Veinte años probando que ya no eres aquel de veintidós.
—¿Y si vuelvo a serlo? ¿Si Russo me ofrece trabajos que pagan bien pero exigen hacer lo que juré no volver a hacer?
—Entonces confías en que eres lo bastante fuerte para decir que no.
—No soy fuerte. Por eso te empujé lejos. Porque sabía que, si te quedabas, harías que quisiera ser mejor hombre del que puedo ser, y cuando inevitablemente fallara, te lastimaría peor que Máximo.
Me senté en el suelo, frente a él.
—Escúchame bien. Te elegí cuando tenía todo por perder: con Máximo destruyéndome en público, con el FBI investigándome, con mi vida hecha un desastre.
Te elegí igual. Ahora tú estás en crisis, distinta, pero el principio es el mismo: necesitas a alguien que te elija en tu peor momento, que vea el desastre completo y diga «está bien, lo arreglamos juntos».
No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy ofreciendo.
Pero solo si dejas de ser el héroe trágico que se sacrifica noblemente, porque eso es una mierda.
Eres un hombre asustado usando el orgullo como armadura.
—No soy el héroe que crees.
—Nunca pensé que fueras un héroe. Pensé que eras un hombre complicado, con un pasado oscuro, tratando de ser mejor. Y eso es justo lo que necesito, porque los héroes perfectos son aburridos y los hombres reales que pelean con sus demonios son interesantes.
—¿Aunque falle? ¿Aunque caiga?
—Sobre todo cuando caes. Ahí se prueba el carácter, no en el éxito.
Lo miró con los ojos llenos de lágrimas que no dejó caer.
—Te extrañé. Cada maldito día.
—Yo también. Y estuve furiosa, y dolida, y confundida.
Pero nunca dejaste de importarme. —Le tendí la mano—.
Ahora dejas de esconderte en este almacén deprimente.
Comes comida de verdad, duermes en una cama de verdad, y empezamos a reconstruir.
Juntos. Mi apartamento tiene un cuarto libre, hasta que te pongas de pie.
—No puedo vivir de tu caridad.
—No es caridad, es una inversión. Y la pagas siendo honesto, dejándome entrar, confiando en que puedo con tu peor lado sin huir.
Se quedó largo rato en silencio.
—Está bien. Acepto. Pero bajo una condición: si en algún momento mi pasado o mis demonios son más de lo que puedes manejar, me lo dices. Te vas antes de que te lastime.
—No prometo irme. Prometo ser honesta cuando esté luchando.
—Suficiente.
Lo ayudé a meter sus pocas cosas en dos maletas. Al salir, miró el almacén una última vez.
—Fin de una era.
—Principio de otra. No mejor. Solo más honesta.
Y así, Dante Rivas volvió a mi vida. No como el magnate poderoso, no como el salvador. Solo como un hombre roto tratando de reconstruirse.
Tal vez era exactamente lo que los dos necesitábamos.