DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 45 — El pasado de Dante resurge
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CAPÍTULO 45 — El pasado de Dante resurge

POV: Aurora

Todo cambió un martes por la tarde. Dante llevaba toda la semana raro, distante de un modo que no sabía nombrar: llamadas que no contestaba frente a mí, reuniones misteriosas que cancelaban nuestras cenas. Cuando preguntaba, decía que era trabajo, nada más.

La verdad llegó cuando Luca apareció en mi puerta con una cara que no le conocía: pánico puro.

—¿Está Dante aquí? No contesta, tiene los teléfonos apagados. Necesito encontrarlo.

—Me estás asustando.

—Debería asustarse. Esto es muy malo.

Me subió a su auto y manejamos a un restaurante italiano en Little Italy donde, al parecer, Dante tenía una reunión. Lo encontramos en una mesa del fondo con tres hombres mayores que no reconocí, todos con esa pinta que grita mafia a un kilómetro. Cuando Dante me vio, el color se le fue de la cara.

—¿Qué haces aquí?

—Luca me trajo. Dice que pasó algo malo.

Uno de los hombres me miró con curiosidad.

—Así que esta es la mujer por la que perdiste cuarenta millones.

—Cállate, Antonio.

—¿Cuarenta millones? —repetí—. ¿De qué habla?

Dante se levantó, me tomó del brazo y me sacó a un callejón lateral. Nunca le había visto esa furia.

—No deberías estar aquí.

—¿Dónde debería estar? ¿Sentada en casa, ignorante, mientras tu vida se cae a pedazos?

Se pasó las manos por el pelo, ese gesto suyo de desesperación, y me lo soltó: Marco había cumplido la amenaza.

Al rechazar su oferta, llamó a todos sus prestamistas y presionó para acelerar sus deudas.

Tres préstamos grandes vencieron a la vez la semana anterior; no pudo pagarlos todos, tuvo que vender activos a la carrera y a precio de remate.

Seis edificios, tres inversiones tecnológicas, dos empresas pequeñas, todo malvendido.

Casi un cuarenta por ciento de su valor, esfumado.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque es humillante. Pasé veinte años construyendo ese imperio y lo perdí en semanas. Te prometí que podía protegerte y resulta que no puedo ni protegerme a mí mismo.

—No necesito que me protejas con dinero. Necesito que seas honesto.

—La honestidad no paga deudas. —Bajó la voz hasta que casi no lo oí—. Quiero que te alejes. Por tu propio bien.

Las palabras me golpearon como una bofetada. Le exigí una explicación, y la dio: Marco no iba a parar, ya había probado que podía destruirlo financieramente; lo siguiente podía ser violencia, ir tras la gente que él amaba. No iba a arriesgarnos a Valeria y a mí.

—Esa no es tu decisión.

—Sí lo es. Porque yo soy el que trae el peligro. El del pasado violento, el del tío mafioso buscando venganza.

—Sabía todo eso cuando empezamos.

—Saberlo y vivirlo son cosas distintas. Y esto solo va a empeorar.

—Entonces tu solución es huir. Empujarme lejos.

—Mi solución es protegerte del infierno que es mi vida.

—No necesito protección. Necesito una pareja. Alguien que confíe en mí lo suficiente para dejarme decidir mis propios riesgos. —Me giré para irme; me agarró del brazo—. Acabas de terminar conmigo para «protegerme». Eso no es difícil, Dante. Es cobarde.

—No estoy huyendo. Te estoy liberando.

—No me liberas. Me abandonas. Hay diferencia.

Salí del callejón sin mirar atrás. Luca me esperaba en el auto y, mientras me llevaba a casa, intentó explicarme que aquello venía del miedo, no de la falta de amor. Le respondí que el miedo no era excusa para la cobardía. Antes de bajarme, le pregunté cuán mal estaban las cosas de verdad.

—Mal. No está en bancarrota, pero está vulnerable.

Si Marco aprieta más, podría perderlo todo.

—Apagó el motor—. Por eso se reúne con esos hombres.

Antonio Russo, un viejo amigo de su padre, puede ayudarlo.

Tiene recursos, contactos. Pero el precio es la lealtad.

Dante tendría que volver al redil, hacer favores.

Cosas grises. No violentas, pero tampoco limpias.

—¿Y si no le pide ayuda a Russo?

—Pelea solo. Probablemente pierde. Termina con una fracción de lo que tenía, convertido en un sobreviviente más. Para Dante, eso es insoportable. Toda su identidad está atada a ser poderoso. Su orgullo siempre fue el problema.

Esa noche no pude dormir. Pensé en Dante tomando decisiones desesperadas, vendiendo su alma por salvar su imperio, empujándome lejos para proteger lo que le quedaba de orgullo.

Y pensé en mí, en si debía pelear por él o dejarlo ir.

A las tres de la mañana decidí: no iba a perseguirlo, pero tampoco iba a dejar que su orgullo decidiera por los dos.

Le daría espacio para escoger qué clase de hombre quería ser.

Y si elegía el orgullo sobre el amor, entonces no era el hombre que creí.

Pasaron tres días de silencio absoluto. Después, Sarah me llamó con algo extraño: Dante había transferido dos millones a mi cuenta, con una nota que decía «restitución por gastos legales». Intentamos llamarlo; no contestó. Luca tampoco. Estaba cortado del mundo que habíamos construido juntos.

Esa noche apareció un artículo en la prensa financiera: Dante Rivas vende su participación mayoritaria en Vesper & Blackwell por cincuenta millones a un consorcio anónimo.

La editorial. La empresa que compró solo para estar cerca de mí, vendida para tapar deudas.

Llamé a la oficina y una recepcionista nueva me informó, con cortesía de robot, que el señor Rivas ya no trabajaba ahí.

Esa noche Luca por fin contestó.

—No puedo decirte dónde está. Él pidió que te dejara en paz.

—¿Y yo qué? ¿Me borra como borró todo lo demás?

—Tú eres lo único que no puede borrar. Por eso se fue. Porque si se quedaba, no tendría fuerzas para alejarse. Su lógica es que, si no puede darte la vida que prometió, no merece tenerte.

—Nunca prometió una vida de lujo. Prometió honestidad, lealtad, amor. Nada de eso cuesta dinero.

—Explícaselo a un hombre cuya identidad entera se basa en el éxito.

Colgué con una pérdida que no esperaba. Había sobrevivido a Máximo, a la traición de Sofía, a las mentiras de Frida.

Pero perder a Dante dolía distinto, porque él no me había traicionado con mentiras.

Me había traicionado con una verdad mal aplicada, con una protección que no pedí, con decisiones que tomó por mí sin consultarme.

Y eso, de alguna forma, dolía más.