CAPÍTULO 30 — Noche de rendición
POV: Aurora
Me llevó hasta su cuarto sin soltarme la boca. Tenía las manos firmes en mi cintura, pero sin exigir, dejándome siempre el espacio para retroceder. No lo usé. Estaba harta de pensar, de analizar, de tener miedo; por una noche quería entregarme a algo que no me pidiera estrategia.
La puerta se cerró a nuestra espalda. El cuarto era enorme, despojado, con ventanales que daban a la ciudad encendida, pero no vi nada de eso. Solo lo veía a él.
—Aurora, si no estás segura… —empezó.
—Cállate. —Lo jalé hacia mí y le mordí el labio con la fuerza justa para arrancarle un gruñido. Sus manos bajaron por mi espalda y me apretaron contra él hasta que sentí cuánto me deseaba.
—Necesito oírtelo decir. —Su voz se rompía contra mi boca—. Necesito saber que esto es lo que quieres.
—Te quiero a ti. Ahora. Deja de hablar.
Algo oscuro le cruzó la mirada. Me levantó del suelo como si no pesara, mis piernas alrededor de su cintura, y me dejó caer sobre las sábanas negras.
Se quitó la camiseta de un tirón; la luz de la ciudad le dibujó el torso, los músculos tensos, una cicatriz vieja que le cruzaba las costillas. Pasé los dedos por ella.
—¿Todavía duele?
—No. Pero me recuerda que sobreviví. —No quiso decir a qué, y yo no insistí. Esa noche no era para sus fantasmas.
Me desnudó despacio, saboreando cada centímetro que iba descubriendo, y cuando su boca bajó a mi pecho arqueé la espalda con un gemido que no pude contener.
Le hundí las manos en el pelo, pidiéndole más, y él me lo dio: dientes, presión, una marca que sabía que duraría días.
Quiero sentir algo real, le dije, y lo entendió como nadie había entendido nunca lo que yo necesitaba.
Sus manos siguieron bajando, me liberaron de lo poco que quedaba, y me dejaron desnuda mientras él aún llevaba los jeans puestos.
Protesté por la injusticia. Él sonrió contra mi piel y dijo que la paciencia tenía premio, que primero tenía planes para mí.
Me separó las piernas y se colocó entre ellas, y su aliento caliente me hizo temblar antes incluso de que me tocara.
—Dime qué quieres.
—Ya lo sabes.
—Dilo.
Lo dije. Y obedeció. Su boca me desarmó con una precisión que me hizo retorcerme contra las sábanas, hasta que el orgasmo me partió en dos y grité su nombre sin importarme quién pudiera oírlo.
Subió besándome el vientre, los pechos, el cuello, y me besó la boca dejándome probar mi propio sabor en su lengua.
Le di la vuelta. Lo quería desarmado a él también.
Le quité los jeans con manos torpes de deseo y lo tomé en la mía, y cuando empezó a maldecir en italiano supe que tenía algo de poder en esa cama después de tantos años sintiéndome invisible.
Bajé la boca sobre él. Me detuvo antes de tiempo, con la respiración hecha trizas.
—Así no. La primera vez que me venga contigo va a ser dentro de ti.
Me alzó y me acomodó sobre él. Entonces lo frené.
—Espera. Necesito decir algo primero.
—Lo que necesites.
—En mi corazón ya no estoy casada. En los papeles sí, todavía, pero acá adentro —me toqué el pecho— ya no queda nada. Máximo lo mató mucho antes que yo. Así que esto no es traicionarlo. Es el primer paso para volver a ser yo.
Me tomó la cara entre las manos.
—No tienes que reconstruirte para mí. Estás perfecta así. Rota, furiosa, hermosa. Perfecta.
Me besó mientras yo bajaba sobre él, despacio, hasta llenarme por completo.
Gemí contra su boca. Y entonces me dijo que me moviera como quisiera, que usara su cuerpo, que tomara lo que necesitara, y por primera vez en quince años alguien me invitaba a tomar en lugar de a dar.
Lo cabalgué buscando mi propio placer sin pedir permiso, y él empujaba desde abajo para encontrarme, las manos en mis caderas, los ojos clavados en los míos.
Me vine otra vez apretándolo dentro de mí. Eso lo arrastró a él hasta el borde: me volteó, me cubrió con su cuerpo y embistió hondo, casi brutal, justo como yo lo necesitaba, hasta que se vació en mí con un gruñido gutural y se derrumbó encima, su peso reconfortante en vez de aplastante.
Nos quedamos así un rato largo, respirando fuerte, el sudor enfriándose. Después rodó de lado y me jaló contra su pecho, trazándome círculos perezosos en la espalda.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien. —No tenía palabra exacta para lo que sentía. Saciada. Liberada. Viva, quizá.
—¿Arrepentida?
—No. Tal vez mañana. Ahora no.
Cerré los ojos contra su pecho, oyendo cómo su corazón volvía a su ritmo.
Pero el sueño no llegó. Me quedé despierta, procesando que había cruzado una línea que jamás imaginé cruzar, que en los papeles seguía siendo la señora Torres, que para la ley aquello era infidelidad.
La culpa empezó a filtrarse por las rendijas: qué pensaría Valeria, qué diría la corte si esto salía a la luz.
Como si me leyera la tensión del cuerpo, Dante me apretó más fuerte y me pidió que dejara de pensar tan duro, aunque fuera por esa noche. Me giré para mirarlo, su perfil recortado contra las luces, la mandíbula firme, la cicatriz de la ceja.
—¿Esto cambia las cosas entre nosotros?
—Espero que sí. Pero solo si tú quieres.
—¿Y si no sé lo que quiero?
—Te doy el tiempo que necesites para averiguarlo. No voy a presionarte.
—Ya me presionaste bastante.
—¿Te arrepientes? —Lo preguntó de verdad, no como reproche.
—No. Y eso es justo lo que me asusta. Acabo de salir de una relación construida con mentiras. ¿Cómo sé que no estoy saltando de un naufragio a otro?
—No lo sabes. Por eso me lo voy a ganar. Cada día, hasta que no te quede una sola duda.
La sinceridad de esa frase me rompió algo por dentro, algo que llevaba mucho tiempo soldado a la fuerza. Me acurruqué contra él y por fin me dormí.
Desperté a las seis con una luz gris entrando por los ventanales y el brazo de Dante encima de mí, posesivo hasta dormido.
Me escabullí al baño y me miré al espejo: el pelo revuelto, los labios hinchados, las marcas que él me había dejado en el cuello y en los pechos.
Me veía exactamente como lo que era. Una mujer recién amada. Y, al mismo tiempo, una mujer culpable.
Me duché dejando que el agua se llevara su olor de mi piel. Cuando salí, él estaba en la cocina preparando café, y el silencio de ahora no se parecía en nada al de la noche.
—Sobre anoche… —empezó.
—Ahora no. —Lo corté con suavidad—. Hoy arrestan a Máximo. Tenemos que ir a la fiscalía.
—Está bien. Pero tarde o temprano vamos a hablar de esto.
—Lo sé. Hoy no.
El trayecto fue tenso. Cuando él buscó mi mano, la retiré, y vi el dolor cruzarle la cara, pero no dijo nada. Sarah nos esperaba afuera de la fiscalía junto a Frida, Carolina y Lin Chen, que había volado desde Miami esa madrugada. Las cuatro mujeres de Máximo, listas para enterrarlo en vida.
Pasamos tres horas declarando. Cada una entregando su pedazo del rompecabezas, cada testimonio cerrando un poco más el círculo. A mediodía, el fiscal Rivera cerró su carpeta.
—Tengo suficiente. Emito la orden ahora. Fraude, falsedad documental, lavado, evasión fiscal. Pediremos diez millones de fianza. Con las cuentas congeladas, dudo que pueda pagarla. Se queda adentro hasta el juicio.
Salimos con una mezcla rara de victoria y vacío. Frida me abrazó primero, después Carolina y Lin, las cuatro enredadas en la acera, unidas por el peor hombre que habíamos conocido. Dante observaba desde lejos, dándome espacio, y solo cuando las demás se fueron se acercó a preguntar cómo me sentía.
—No lo sé. Aliviada. Triste. Todo a la vez.
—Es normal. Acabas de desarmar la vida del hombre con el que estuviste casada quince años.
—Él la desarmó solo. Yo nada más aceleré las consecuencias.
El teléfono sonó. Número desconocido. Contesté con cautela y escuché una voz que conocía de memoria, pero quebrada de un modo que no le conocía.
—¿Aurora? Sé que hoy van a arrestarme. Sé que presentaste cargos. Sé que me voy a la cárcel. —Hizo una pausa que sonó a súplica—. Pero Valeria no merece crecer sin padre. La amo. Y a ti te amé también.
—Debiste pensarlo antes de tener cuatro familias —respondí, y colgué antes de que su voz me alcanzara más adentro.
Dante me miraba con una expresión que no supe leer.
—¿Qué quería?
—Suplicar. Como si eso borrara algo.
—¿Lo borró?
—No. —Y era cierto. Nada deshacía los años de mentiras—. Seguimos adelante.
Pero de camino a casa no logré sacudirme la voz rota de Máximo. Sonaba genuinamente destrozado, y esa duda —si era real o solo su última manipulación— me acompañó todo el trayecto.
Al final daba igual. Ya había decidido. Máximo iba a pagar, y yo iba a reconstruirme sobre las cenizas de lo que alguna vez fuimos.
Lo que no sabía, mientras el auto enfilaba hacia mi casa, era que las cenizas ya estaban en la primera plana de todos los portales del país.