CAPÍTULO 29 — Amenazas reales
POV: Aurora
El día después de la victoria legal desperté con una paranoia que no lograba sacudirme de encima. Cada ruido de la casa me hacía saltar; cada auto que pasaba frente a la ventana me apretaba el pecho.
Rosa lo notó en cuanto bajé a desayunar.
—No dormiste —dijo, sirviéndome café sin que se lo pidiera.
—No pude. Sigo pensando en el mensaje de anoche. —Rodeé la taza con las dos manos, buscando calor—. Las cuentas congeladas lo tienen acorralado, Rosa. Y un hombre desesperado es lo más peligroso que hay.
Ella quiso restarle peso a la cosa, decir que eran palabras vacías, pero no terminó la frase. Las dos sabíamos que Máximo nunca soltaba una amenaza al aire.
Valeria bajó lista para la escuela, con los audífonos puestos como una armadura. Se sirvió jugo sin mirarme, ese ritual de hielo que arrastrábamos desde hacía semanas.
—Yo te llevo hoy —ofrecí.
—Me lleva Rosa. —Ni siquiera levantó la vista.
Insistí con lo del camino, con la idea de que podíamos hablar a solas, y obtuve a cambio un «no tengo nada que decirte» que me dejó la garganta cerrada.
Salió detrás de Rosa sin despedirse. Miré a Carolina, que le daba de comer a Mateo en el otro extremo de la mesa, y la pregunta se me escapó sola, más cansada que esperanzada: si esto mejoraba alguna vez.
—No lo sé —admitió ella—. Mateo todavía es muy chico para entender. Pero algún día va a preguntar dónde está su papá, y voy a tener que decirle la verdad: que hizo cosas malas y está pagando por ellas.
Una verdad amarga para una boca tan pequeña. Asentí sin saber qué responder.
El teléfono vibró. Sarah.
—Buenos días. Tenemos un problema pequeño —dijo, y por el tono entendí que «pequeño» era un eufemismo—. Castellanos presentó las autorizaciones de transferencia que Máximo aseguraba tener. Documentos con tu firma, dando permiso para mover el dinero del fideicomiso.
El estómago se me fue a los pies.
—Eso es imposible. Yo nunca autoricé nada de eso.
—Lo sé. Por eso contraté al mejor perito en análisis de firma del país. Llega en dos horas a revisarlos. Si son falsificaciones, Máximo acaba de sumar falsedad documental a su lista de cargos.
No me atreví a preguntar qué pasaba si no lo eran.
Colgué con náusea, repasando todos los papeles que Máximo me había puesto delante a lo largo de los años: impuestos, escrituras, trámites rutinarios.
¿Habré firmado algo sin leerlo, confiada como una idiota?
La duda era su veneno favorito, y todavía me lo seguía inyectando a la distancia.
El timbre sonó. Abrí esperando al perito y me encontré con un desconocido: alto, corpulento, traje barato, cara de pocos amigos.
—¿Aurora Torres?
—¿Quién pregunta? —Mi mano apretó el borde de la puerta.
—Traigo un mensaje del señor Torres. —Metió el pie antes de que pudiera cerrar—. Dice que deje de joderle la vida. O hay consecuencias.
—Salga de mi propiedad antes de que llame a la policía.
—Llámela. Para cuando llegue, yo ya no estoy. —Sonrió como quien ha hecho esto cien veces—. Pero el mensaje quedó claro, ¿verdad?
Se alejó caminando sin prisa hacia un auto negro estacionado en la esquina. Me temblaban tanto las manos que tuve que repetir la placa en voz alta para memorizarla mientras marcaba a Sarah.
—Máximo mandó a alguien. A mi casa, Sarah. Hasta mi puerta.
—¿Te tocó? ¿Estás bien?
—Solo entregó el mensaje. Pero sabía dónde vivo. Vino directo.
Me ordenó llamar al 911 y documentar cada violación de la orden de alejamiento.
Dos oficiales llegaron en quince minutos, anotaron mi declaración, la placa, la descripción, me dieron un número de caso y se marcharon prometiendo investigar.
Yo ya sabía cómo terminaba eso: auto rentado, nombre falso, nada que rastrear.
El tipo era un profesional, y los profesionales no dejan huellas.
Carolina bajó con Mateo en brazos apenas se fueron las patrullas, los ojos enormes de susto.
—Vi las luces desde la ventana. ¿Qué pasó?
—Máximo mandó a alguien a intimidarme. —Me senté porque las piernas no me sostenían—. Si puede meter gente hasta acá, Carolina, no quiero ni pensar en lo que sigue.
Lo que seguía llegó dos minutos después, en forma de llamada de la escuela.
—¿Señora Torres? Habla la directora Martínez. Tuvimos un incidente.
El corazón se me detuvo en seco.
—Un hombre intentó recoger a Valeria diciendo que usted lo enviaba —continuó—. Por fortuna, Rosa estaba con ella y lo encaró. El hombre salió corriendo cuando amenazamos con llamar a la policía. Valeria está bien, asustada pero bien. Rosa ya la lleva a casa en taxi.
Le di las gracias con la voz quebrada, colgué y marqué a Dante sin pensarlo. Contestó al primer tono, como si hubiera estado esperando.
—Intentaron llevarse a Valeria de la escuela —solté de un tirón—. Primero mandaron a alguien a amenazarme y después fueron por mi hija.
—No te muevas de ahí. Voy para allá y llamo a seguridad. —Ni una pregunta de más, ni una duda.
—¿Cuál seguridad?
—La mía. Algo que debí hacer hace semanas.
Cortó. Carolina me miraba con horror; yo apenas podía sostener el teléfono.
Rosa llegó cinco minutos después con Valeria, y por primera vez en semanas mi hija atravesó la puerta corriendo y se lanzó a mis brazos.
—Mami, tenía miedo —murmuró contra mi cuello.
—Ya pasó, mi amor. Ya pasó. —La apreté hasta que dejó de temblar—. ¿Qué fue lo que pasó exactamente?
Por encima de su cabeza, Rosa fue armando la escena con voz todavía agitada: salían normal de la escuela, un hombre se les acercó diciendo que yo lo mandaba por una emergencia, ella desconfió porque yo la habría llamado primero, el hombre intentó tomar a Valeria del brazo, Rosa gritó, los maestros salieron y el tipo huyó.
Después sacó el teléfono y me mostró la foto que había alcanzado a tomar: un Chevy gris, placa a medias.
Auto distinto al de la mañana, pero la misma clase de operación. La misma mano detrás.
Dante llegó veinte minutos más tarde con tres hombres que entraban a una habitación y la volvían suya: Viktor, Luca y Marco. Turnos de ocho horas, me explicó, uno siempre despierto. Cuando protesté que no podía pagar algo así, no me dejó terminar.
—No te lo estoy cobrando, y no te lo estoy preguntando. Alguien intentó llevarse a tu hija. Eso no vuelve a pasar.
Valeria los observaba desde el sofá con los ojos muy abiertos.
—¿Son como guardaespaldas? —preguntó, y cuando le dije que sí, frunció el ceño—. ¿Por qué los necesitamos?
No había manera bonita de decirlo.
—Porque tu papá está muy enojado, cariño. Y a veces la gente enojada hace cosas peligrosas.
—¿Papá nos quiere lastimar?
—No lo sé. Pero prefiero cuidarte de más que de menos.
En tres horas, Dante convirtió mi casa en una fortaleza con eficiencia militar: Viktor en la planta baja, Luca en el perímetro, Marco en el turno de la noche, cámaras en cada entrada, cerraduras nuevas, ventanas reforzadas.
Yo lo miraba moverse y pensaba que ningún hombre me había protegido nunca con esa convicción.
Máximo solo había sabido protegerse a sí mismo.
Sarah apareció al mediodía con el perito: el doctor Chen, un hombre mayor de lentes gruesos y un maletín lleno de instrumentos.
Le entregué todo lo que encontré con mi firma —cheques viejos, contratos, autorizaciones escolares de Valeria— y lo dejé trabajar.
Examinó los papeles durante dos horas, en silencio, con una lupa y una luz que proyectaba sombras larguísimas sobre la mesa.
Cuando por fin levantó la vista, lo dijo sin dramatismo, que era lo que lo hacía aterrador.
—Las firmas de las autorizaciones son falsificaciones. Muy buenas. Quien las hizo tuvo acceso a ejemplos reales de su firma. Pero hay inconsistencias microscópicas en la presión del trazo y en el ángulo de las letras. Puedo demostrarlo bajo juramento, con ampliaciones fotográficas.
Sarah sonrió con esa sonrisa de tiburón que yo había aprendido a amar.
—Esto es falsedad documental. Cargo federal. —Ya marcaba al fiscal mientras hablaba.
Desde donde yo estaba se escuchaba la emoción contenida de Rivera al otro lado. Para mañana al mediodía, dijo, Máximo Torres estaría bajo custodia. Cuando Sarah colgó, su cara se puso seria otra vez.
—Esto escaló rápido, Aurora. Cuando lo arresten mañana va a enfurecer más de lo que ya está. Necesito que pases la noche en un lugar seguro. Un hotel, bajo nombre falso, con Valeria y Carolina.
—¿A dónde voy a ir? Esta es mi casa.
—O viene a mi penthouse —intervino Dante—. Seguridad de edificio, cámaras en todos los pisos, portero las veinticuatro horas. Más seguro que cualquier hotel.
—No puedo ir a tu casa. —Bajé la voz—. Valeria ya sospecha lo que hay entre nosotros. Ir contigo se lo confirmaría.
—Entonces ella se queda aquí, con Viktor y Luca. Tú vienes conmigo solo esta noche.
—No voy a separarme de mi hija justo ahora.
Fue Valeria quien zanjó la discusión, apareciendo en el umbral con los brazos cruzados, habiéndolo oído todo.
—Ve, mamá. Voy a estar bien con Rosa y los guardias. —Y antes de que yo replicara, añadió algo que me dolió más que cualquier amenaza—: Además, prefiero estar un rato sin ti.
Empaqué una maleta pequeña tragándome la culpa. Carolina decidió quedarse con los niños; si algo pasaba, dijo, quería estar ahí.
El penthouse de Dante, en Tribeca, era todo cristal y acero, con vista a Manhattan entero y un piano de cola que presidía la sala como un animal dormido.
Me enseñó el cuarto de huéspedes, me ofreció vino, me dijo que tomara lo que necesitara.
Cuando le agradecí —la seguridad, el refugio, todo—, no quiso recibirlo.
—No agradezcas. Debí hacerlo desde el principio. —Me sostuvo la mirada un segundo de más—. Y no eres mi empleada, Aurora. Eres mucho más que eso.
Me metí a la ducha antes de que esa frase hiciera más estragos. Cuando salí, él había preparado pasta y ensalada, y comimos en un silencio que, para mi sorpresa, no incomodaba.
El teléfono de Viktor cortó la calma. Un sedán negro, vidrios polarizados, había pasado tres veces frente a la casa en la última hora. Le pedí que tomara fotos y que llamara a la policía si intentaba algo. Colgué y miré a Dante.
—Están vigilando mi casa.
—Entonces hiciste bien en venir.
—¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Cuánto tiempo voy a tener que vivir con miedo?
—Hasta que esté en prisión. Y con lo que tenemos, va a ser pronto. —Lo dijo como una promesa, no como un consuelo.
Esa noche el sueño se me llenó de hombres arrancándome a Valeria de los brazos. Desperté sudando a las tres de la mañana y salí del cuarto por un vaso de agua. Encontré a Dante en la sala, descalzo, tocando el piano en la penumbra. Una pieza triste, hecha de pausas.
—No puedes dormir —dije, más afirmación que pregunta.
—Nunca duermo mucho. Los monstruos vienen de noche. —Sus dedos no se detuvieron—. Los del pasado. Los errores. La gente que tuve que lastimar para llegar hasta acá.
Me senté en el banco, a su lado.
—¿Te arrepientes?
—De algunas cosas. De otras no. —Me miró sin dejar de tocar—. De conocerte, por ejemplo, no me arrepiento ni un segundo.
—Dante…
—Lo sé. Mal momento. Contigo siempre es mal momento.
—No es eso. Es que no sé cómo procesarte. Todo lo que eres. Todo lo que has hecho.
—No me proceses. Acéptame o recházame. Es más simple de lo que crees.
—Para ti todo es simple. ¿Confío en ti o no?
—Esa es la única pregunta que importa.
Le dije la verdad: que confiaba en que me protegía, pero no en sus motivos.
Él respondió que sus motivos no tenían nada de complicado —me quería, y lo que quería lo protegía—, y cuando le reproché que eso sonaba a posesión, no lo negó del todo.
Dijo que era distinto, que yo no era una cosa sino algo valioso que no estaba dispuesto a perder.
Le advertí que no era suya para perder. Sonrió en la oscuridad.
—Todavía no.
Tendría que haberme molestado esa arrogancia. En cambio me hizo sonreír, y esa sonrida fue mi rendición. Me besó despacio, después hondo, las manos en mi cara, en mi pelo, y esta vez no me detuve. Esta vez lo dejé llevarme de la mano hacia su cuarto.
Mañana arrestarían a Máximo. Mañana todo iba a cambiar.
Pero esa noche solo quería olvidar que mi vida era un desastre. Aunque fuera por unas horas. Aunque mañana tuviera que pagarlo.