CAPÍTULO 22 — Refugio en brazos equivocados
POV: Aurora
Después de ver toda la evidencia esparcida en mi oficina, después de procesar que había una cuarta mujer, después de aceptar que mi matrimonio había sido una mentira desde el principio, algo se rompió dentro de mí.
No quería estar sola. No podía estar sola.
Marqué a Dante sin pensar. Contestó al primer tono.
—¿Aurora?
—¿Puedes venir? Por favor.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—No. No estoy bien. Solo ven.
—Dame quince minutos.
Colgué. Miré el reloj. Las diez de la noche. Valeria dormía. Rosa también. La casa estaba en silencio absoluto, ese silencio pesado que te hace escuchar tus propios pensamientos demasiado fuerte.
Me serví una copa de vino. Luego otra. Para cuando Dante llegó, iba por la tercera y todo me daba vueltas.
Rosa lo dejó pasar con expresión preocupada. Él subió directo a mi oficina. Cuando abrió la puerta, yo estaba de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
—Aurora.
Me giré. Debí verme terrible porque su expresión cambió inmediatamente.
—¿Cuánto has tomado?
—No lo suficiente.
Caminó hacia mí, me quitó la copa de la mano y la dejó sobre el escritorio.
—Háblame. ¿Qué pasó?
—Nada. Todo. No lo sé.
Las lágrimas empezaron a caer sin permiso. Dante me abrazó y yo me derrumbé contra su pecho. Lloré todo lo que había estado conteniendo. La traición. La humillación. El dolor de saber que nunca fui suficiente.
—Cuatro mujeres, Dante. Cuatro. Y probablemente más que no hemos descubierto. ¿Qué tiene de malo conmigo?
—Nada. No hay nada malo contigo.
—Entonces ¿por qué no fui suficiente? ¿Por qué necesitó a tantas otras?
—Porque es un enfermo. Un sociópata que no puede sentir nada real por nadie.
—Pero yo lo amé. Durante quince años lo amé con todo. Le di mi juventud, mi confianza, mi dinero. Le di una hija. ¿Y para qué? Para ser una más en su colección.
Dante me tomó la cara entre las manos, obligándome a mirarlo.
—No eres una más. Eres Aurora Domínguez. Brillante, fuerte, hermosa. Vales más que mil de él.
—No me siento fuerte. Me siento rota.
—Estás herida. No es lo mismo.
Sus pulgares limpiaban mis lágrimas con una ternura que me partió el corazón. Nadie me había mirado así en años. Como si realmente me viera.
—Dante, yo…
No sé quién se movió primero. Tal vez ambos al mismo tiempo. Pero de repente sus labios estaban sobre los míos y todo lo demás desapareció.
El beso fue hambre pura. Años de soledad, semanas de tensión, todo explotando en ese momento. Su lengua invadió mi boca y gemí contra sus labios. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra él hasta que no hubo espacio entre nosotros.
Retrocedió hasta que mi espalda golpeó la pared. Su boca bajó por mi cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas que mañana tendría que esconder. No me importó. Quería sus marcas. Quería olvidar que alguna vez otro hombre me había tocado.
Mis manos se metieron bajo su camisa, explorando músculos duros, piel caliente. Él gruñó cuando mis uñas rasparon su espalda.
—Aurora, espera.
—No. No pares.
Mis dedos fueron a su cinturón. Dante me agarró las muñecas.
—Para. Tienes que parar.
—¿Por qué? ¿No me deseas?
Como respuesta, presionó su cadera contra la mía. Su erección era imposible de ignorar, dura como piedra contra mi estómago.
—Te deseo tanto que me duele. Pero no así.
—¿No así cómo?
—No cuando estás borracha. No cuando estás vulnerable. No cuando mañana vas a arrepentirte.
—No me voy a arrepentir.
—Sí lo harás. Y voy a odiarlo.
Intenté besarlo otra vez pero me detuvo. Me tomó de los hombros y me apartó suavemente.
—Cuando hagamos esto, y vamos a hacerlo, va a ser porque realmente me quieres. No porque estés huyendo de Máximo.
—No estoy huyendo.
—Sí lo estás. Y no te culpo. Pero no voy a ser tu venganza o tu consuelo. Quiero ser tu elección.
Las palabras me golpearon como agua fría. Tenía razón. Estaba usando esto como escape. Como forma de no sentir el dolor.
—Lo siento.
—No te disculpes. Solo respira.
Me guió hacia el sofá. Me senté. Él se sentó lo suficientemente lejos para no tentarnos a ambos pero lo suficientemente cerca para que sintiera su presencia.
—Cuéntame qué pasó realmente. ¿Qué te hizo llamarme?
Le conté todo. La cuarta mujer. El bebé. Los diagnósticos psiquiátricos. Las mentiras que se seguían multiplicando.
—No sé quién es. Estuve casada con él quince años y no tengo idea de quién es realmente.
—Es un mentiroso profesional. Eso es quien es.
—¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo fui tan ciega?
—Porque confiabas. Porque amabas. Eso no te hace ciega. Te hace humana.
—Me hace idiota.
—No. Te hace alguien con corazón. Él es quien está roto, no tú.
Apoyé mi cabeza en su hombro. Dante pasó su brazo alrededor de mí, sosteniéndome sin presionar.
—¿Alguna vez se siente menos doloroso?
—No lo sé. Nunca he estado casado. Nunca he confiado en nadie lo suficiente.
—¿Ni siquiera una vez?
—Una. Hace mucho tiempo. Terminó mal.
—¿Qué pasó?
—Me traicionó. Con mi mejor amigo. Los encontré juntos en mi propia cama.
—Dios, Dante.
—Fue hace quince años. Ya lo superé. Más o menos.
—¿Por eso no confías en nadie?
—Por eso elijo con cuidado. Y por eso no voy a aprovecharme de ti cuando estás así.
Lo miré. Realmente lo miré. Este hombre que había aparecido en mi vida como una tormenta. Que me ofrecía ayuda sin pedir nada a cambio. Que me detenía cuando podría haberme tenido.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—Porque te lo mereces. Y porque cuando finalmente estemos juntos, quiero que sea perfecto.
—¿Estás tan seguro de que vamos a estar juntos?
—Completamente.
La confianza en su voz me hizo sonreír a pesar de todo.
—Arrogante.
—Realista.
—¿Y si no funciona? ¿Y si soy demasiado dañada?
—Entonces te reconstruyo. Pieza por pieza si es necesario.
Esas palabras me rompieron y sanaron al mismo tiempo. Me acurruqué más contra él.
—Quédate esta noche. Solo para dormir. No quiero estar sola.
—Aurora…
—Por favor. En el cuarto de huéspedes si prefieres. Solo necesito saber que alguien está aquí.
Dante respiró profundo.
—Está bien. Me quedo. Pero en el sofá de tu oficina.
—Puedes usar la cama de huéspedes.
—Prefiero estar cerca por si necesitas algo.
—Gracias.
—No agradezcas. Descansa. Mañana va a ser otro día difícil.
Subí a mi cuarto. Me quité la ropa y me metí a la ducha. El agua caliente lavó el maquillaje corrido, pero no pudo lavar la frustración que sentía.
Dante tenía razón en detenernos. Lo sabía. Pero mi cuerpo no lo sabía. Todavía sentía el calor de sus manos, el sabor de su boca, la dureza de su erección contra mí.
Cuánto tiempo había pasado desde que alguien me deseaba así. No el deseo aburrido de un matrimonio viejo. Sino hambre real. Necesidad.
Máximo no me había tocado con esa intensidad en años. Tal vez nunca. Siempre había sido mecánico, predecible. Ahora entendía por qué. Estaba ocupando su energía en tres mujeres más.
Cuatro. En cuatro mujeres más.
Salí de la ducha y me puse un pijama. Bajé a la cocina por agua. Dante estaba en mi oficina, sentado en el sofá con su laptop. Había cambiado la camisa arrugada por una camiseta que encontró en algún lado. Probablemente de Máximo.
—¿No puedes dormir? —preguntó sin levantar la vista.
—No. ¿Tú?
—Estoy trabajando. Revisando contratos.
—¿A medianoche?
—Prefiero mantenerme ocupado.
Entendí lo que no decía. Él también estaba luchando contra la tentación.
—¿Puedo sentarme contigo?
—No es buena idea.
—Por favor.
Cerró la laptop con un suspiro. Me senté en el otro extremo del sofá. La distancia entre nosotros se sentía como un abismo.
—Cuéntame algo —dije—. Algo que nadie sepa de ti.
—¿Por qué?
—Porque necesito pensar en otra cosa que no sea mi vida destruida.
Dante se quedó callado un momento.
—Toco piano. Desde niño.
—¿En serio?
—Mi madre insistió. Decía que todo hombre debía saber crear belleza además de destrucción.
—¿Todavía tocas?
—A veces. Cuando necesito pensar.
—Tócame algo. Ahora.
—No tengo piano aquí.
—Máximo tiene uno. En la sala. Nunca lo usa.
Lo guié escaleras abajo. El piano de cola era una reliquia de la familia de Máximo que nunca tocaba. Polvo cubría la tapa.
Dante se sentó y levantó la tapa. Sus dedos tocaron las teclas con reverencia.
—¿Qué quieres escuchar?
—Lo que quieras.
Empezó a tocar. No reconocí la pieza pero era hermosa. Melancólica. Como si cada nota llevara dolor y esperanza mezclados.
Me senté en el piso junto al piano, escuchando. Viendo sus manos moverse sobre las teclas con gracia imposible para alguien tan grande.
Cuando terminó, tenía lágrimas en los ojos otra vez.
—Eso fue hermoso.
—Era de mi padre. Lo tocaba para mi madre.
—¿Dónde están ahora?
—Muertos. Hace mucho tiempo.
—Lo siento.
—Yo también.
Nos quedamos en silencio. Yo en el piso. Él en el banco del piano. Unidos por el dolor que ambos cargábamos.
—Aurora, debería irme.
—Lo sé.
—Pero no quiero.
—Yo tampoco quiero que te vayas.
—Esto es tortura.
—Lo siento.
Se levantó del piano. Me ofreció su mano. La tomé. Me levantó del piso pero no me soltó.
—Cuando esto termine. Cuando estés libre. Voy a cortejarte apropiadamente.
—¿Cortejarme?
—Sí. Cenas, flores, todo el ritual anticuado. Vas a saber exactamente cuánto te valoro.
—Suena aburrido.
—Va a ser todo menos aburrido.
Me besó. Suave esta vez. Prometedor.
—Ahora sube a dormir. Yo me quedo aquí abajo.
—Dante…
—Ve. Antes de que cambie de opinión y te lleve a esa cama sin importar las consecuencias.
Subí. Pero no dormí. Me quedé despierta pensando en él abajo. En cómo se había detenido cuando podría haberme tenido. En cómo me miraba como si realmente valiera algo.
Máximo nunca me miró así.
Y mañana iba a tener que enfrentarlo otra vez en corte.
Pero al menos esta vez, no estaría sola.
* * *