30 Recuerdo de Luz y Amor
Recuerdo de Luz y Amor
Luz… le cegaba, pero no podía cerrar los ojos.
—Quédate quieto.
Quieto… estaba quieto. No sentía nada. ¿Quién estaba con él? ¿Quién era… quién era él?
El pánico burbujeaba en las profundidades de su… ¿cuerpo? Debía de tener uno, porque podía pensar. Pero ¿por qué no podía moverse? ¿Por qué no podía recordar su nombre? ¿De dónde venía? ¿Qué estaba haciendo aquí?
Lanzó un suspiro entrecortado, quiso gritar a alguien para que le ayudara, pues el pánico crecía dentro del pecho que no sentía, estancándose en la parte posterior de una boca que no se movía.
—Quédate quieto.
¿Quién era aquel? ¿Cuál era su nombre? Debería saberlo, pero no lograba recordarlo. Quiso abrir la boca y preguntar, pero no creía tener una.
Un recuerdo de luz y amor. Luz verde y amor perenne. Pero ¿qué era la luz y quién era aquel amor?
—Suficiente por hoy. Descansa ahora, Ber'anor. Poco a poco.
Poco a poco. Pero ¿qué era el tiempo? ¿Cómo se movía para que pareciera que no pasaba en absoluto?
Luz cegadora, verde y omnipresente; estaba cayendo en el Bosque Perenne. Estaba cayendo en los brazos de Aria.
Estaba cayendo… y de pronto, se hallaba en otro lugar, en otro tiempo…
Ella le llamaba Fel'annár, Sol Verde, niño inmortal con corazón de silvano y rostro de alpino; el suyo era un rostro que cosecharía odio, encendería el amor, inspiraría lealtad y traería persecución. Un rostro que Amareth de Lan Taria había protegido durante cincuenta y un años.
¿Madre?
Las criaturas del bosque de Ea Uaré sabían poco de tales cosas.
Pero sí sabían que el peligro se aproximaba y que debían huir.
Los pájaros estallaron en un canto excitado y las alas se desplegaron, batiendo furiosamente hasta elevarse, y volaron más alto, hacia las imponentes ramas del Bosque Profundo.
Pero un pájaro no se había inmutado. En su lugar, el diminuto chochín observaba el sendero de abajo antes de volverse hacia una ardilla cercana.
Shirán.
Se mantuvo alerta y totalmente quieto, con sus brillantes ojos azules fijos en el mismo sendero.
Escupió una bellota, pensando que tal vez podría asfixiarse si intentaba correr con ella todavía en la boca, e ir deprisa lo hizo, pues el estruendo era ahora más fuerte y el instinto le impulsó a trepar por la corteza y recorrer una rama extensa y cargada de musgo: su hogar, para esperar a salvo a que pasara la disonancia.
Vio mechones de color rubio plateado y castaño, ondeando al viento juguetón, gloriosos estandartes de seda líquida, en armonía pero claramente distintivos, al igual que los tres elfos que se inclinaban sobre los cuellos lanzados de sus monturas galopantes, con las piernas rebotando en sus costados jadeantes, los codos bombeando y los rostros juveniles imbuidos por la alegría de la cabalgata, con una anticipación apenas contenida por la llegada del alba y una nueva vida.
A medida que el camino se volvía más transitado, algunos aldeanos pedían cautela mientras se sacudían el polvo tras el paso de los tres elfos a caballo. Pero había un brillo en sus ojos y el asomo de una sonrisa indulgente en sus labios. Otros levantaron los brazos y saludaron.
—¡Saludad a la victoriosa Compañía!
La Compañía…
Había algo en sus ojos, algún conocimiento que le ocultaban.
Risitas y carcajadas, bufidos de risa y frenéticos cascos golpeando el suelo.
Momentos después, los tres muchachos tiraron bruscamente de las riendas, enviando una nube de polvo de finales de verano al aire.
El golpe de las botas sobre el suelo indicó a los enfadados mozos de cuadra que los jinetes habían desmontado, pero a medida que la nube se disipaba, también lo hacía su enfado.
En su lugar, sonrieron y asintieron, tomando las riendas y guiando a los caballos jadeantes al interior.
Señor del Bosque.
El chico de cabellos plateados sonrió y asintió en agradecimiento antes de alzar el rostro hacia el sol del atardecer.
Cerró los ojos por un momento, sintiendo la cálida luz en la piel, empapándose de ella, y respiró hondo en un fútil intento de calmar su emoción.
De calmar las voces en su cabeza que siempre habían estado allí.
—Hasta el amanecer, hermanos.
Sus dos amigos le devolvieron la sonrisa, con los ojos brillando con la promesa de aventura, de libertad, y se agarraron los antebrazos polvorientos unos a otros. El joven silvano los observó durante un momento mientras se dirigían a casa, con sus madres y padres, hermanos y hermanas.
Ramien. Idernon…
La sonrisa se le borró del rostro y se dio la vuelta, con la mirada recorriendo Lan Taria, quizás por última vez.
Colgándose el macuto al hombro, caminó por el sendero principal hacia su propio hogar y hacia la única familia que había conocido: Amareth, la hermana de su madre.
No era su madre. Pero una vez la había llamado así.
—¡Fel'annár! —gritó su instructor de esgrima desde el otro lado del campo—. ¡No te vuelvas arrogante, muchacho! —Sonrió y mantuvo un puño en alto.
Soy Fel'annár.
—¡No prometo nada! —gritó Fel'annár con una sonrisa antes de saludar y continuar por el camino. Pero, de alguna manera, sabía que si miraba atrás, su instructor le estaría observando, con la sonrisa desvanecida.
—Buena suerte, hijo —dijo la voz más queda y suave del panadero mientras le tendía una hogaza caliente que Fel'annár tomó con ambas manos y un humilde asentimiento.
De niño, Amareth le enviaba a por pan cada mañana y, si tenía suerte, el panadero le pasaba algunos de los picos crujientes que se habían desprendido de las hogazas, enviándole a casa con una palmadita en la cabeza.
Fel'annár los devoraba por el camino, sacudiéndose la ropa antes de que Amareth pudiera amonestarle por comer antes del desayuno.
Pero siempre se olvidaba de limpiarse las migas de la boca, con la cabeza demasiado perdida en las nubes, llena de sueños de guerrero y extraños susurros.
Oyente.
Pasó por delante del herrador y del pastelero, inhaló el celestial aroma a pimienta y cerdo que perduraba a su paso, y luego vio al jefe de los forestales y a su aprendiz, que sonrieron y asintieron en sus propias despedidas silenciosas.
Ya estaba cerca de casa, de la única persona a la que no se había despedido.
Pero entonces, mientras estaba frente al árbol que le había albergado durante cincuenta y un años, pensó que quizá había sido negligente.
La mano libre, áspera y callosa por el entrenamiento, rozó la corteza mientras subía las escaleras, con una suave sonrisa en los labios y una sensación de bienestar en el corazón, a pesar de que el estómago le daba vueltas por la inminente emoción de una despedida forzada.
Amareth le sonrió, con unos ojos cariñosos pero desaprobadores recorriendo el desastre de las trenzas que ella misma le había tejido en el pelo esa misma mañana.
Había protección y amor en su mirada, pero Fel'annár se esforzaba por ignorar las otras emociones, esas que ella siempre intentaba, sin éxito, ocultarle.
Fel'annár podía oler la sopa de guisantes y sabía que la serviría con frutos secos tostados y crema agria, su favorito. Mientras comieran, ella seguramente apartaría la mirada para que él no pudiera ver su lucha interna, y él se mordería la lengua, una vez más.
¿Qué le pasó a mi madre? ¿Quién era mi padre? ¿Por qué no hablas?
Amareth, en efecto, le sirvió sopa de guisantes y esta se asentaba ahora, pesada y reconfortante en el vientre, mientras Amareth trabajaba con el cabello de Fel'annár, tejiendo la historia de su vida en cada trenza cuidadosamente elaborada.
Niño de Lan Taria, hijo de Amareth, guerrero silvano. Fel'annár sabía que ella no tejería la trenza del linaje, pues ¿qué iba a decir?
Fel'annár Ar Thargodén.
Él mismo nunca había sido capaz de trenzarse el pelo.
Podía tensar una flecha y disparar desde un caballo en un instante, partir una bellota posada en la rama más lejana y alta; pero no sabía trenzarse el pelo, era tan torpe como un oso con un violín.
Sonrió ante la imagen que aquello evocaba, intentó aferrarse a ella, pero su mente no cooperaba, y se volvió una vez más al pasado, al primer recuerdo que podía evocar.
Era el de una dama entre los árboles. La amaba, la había llevado consigo como un escudo de guerra a través de años de juegos bulliciosos, de burlas soportadas y batallas libradas en los campos más crueles por los guerreros más crueles: los niños.
Las burlas habían pasado, pero sus propias preguntas permanecían.
—Ella te llamó Fel'annár… porque tus ojos son más verdes y brillantes incluso que el Sol Verde del Bosque Profundo.
Amareth solía contarle la historia de cómo su madre le había puesto nombre, por sus legendarios ojos verdes, su legado silvano para su hijo mestizo. Amareth le contaba cómo Lássira le había amado y que había muerto. Aquello le calmaba cuando sus preguntas no hallaban respuesta.
Pero la verdad es como el aire, siempre encuentra su camino hacia arriba y hacia la superficie. Llegó bajo la apariencia de un teniente Ari que se había convertido en un hermano para él y luego murió.
Lainon.
Él era Fel'annár, Sol Verde. Era Ar Lássira, Ar Thargodén.
Era Ari'atór, Ber'anor, protector del Bosque Perenne; portador de la luz de los mundos.
Pero seguía sin saber dónde estaba.
Los ciudadanos de Ea Uaré habían estado regresando a la ciudad en un flujo constante durante la última semana.
Algunos volvían a sus hogares, quizá a casas medio en ruinas, mientras que otros venían a ayudar en lo que fuera necesario.
En cuanto a Handir de Ea Uaré, regresó a una ciudad rota, a una familia destrozada por el dolor.
La victoria era ciertamente suya, pues los Nim'uán habían perecido a manos del Señor de la Guerra, su ejército quemado y enviado en huida de vuelta a Pelagia.
Pero el precio había sido la muerte del Comandante General Turion y del Señor de la Guerra, del Ber'ator Tensári, y de otros de La Compañía que habían protegido a Fel'annár antes de que cayera.