29 Camino a Casa #2
No sabría decir cuánto tiempo hacía que estaba sentada allí, con la barbilla apoyada en las rodillas flexionadas y los brazos rodeándolas.
De vez en cuando, un guerrero se detenía y hacía una reverencia, con la mano en el corazón, esperando que ella reconociera la deferencia.
Pero no lo hacía. No podía verlos, pues la mirada la tenía vuelta hacia su interior.
Estaba buscando, escuchando, intentando alcanzar algo, con los sentidos tensos.
Pero no había nada. Solo silencio, como el del Bosque Perenne al otro lado de las aguas.
Sabía que este momento llegaría. Había arruinado su propia vida, roto su propio corazón por aquel único instante en Tar'eastór, en la ladera de la colina cuando la batalla era inminente. Había aceptado a Fel'annár a pesar de que su juicio le decía lo contrario.
Era una necia, una idiota desesperada y lastimosa.
Lágrimas calientes rodaban sin control por el rostro, cayendo sobre la túnica negra.
Lloraba por sí misma y lloraba por Fel'annár.
Lloraba por los tiempos que nunca llegarían, por su futuro, que había muerto.
Lloraba por los hijos que nunca tendrían, por la vida de paz y paraíso con la que habían soñado.
Todas aquellas maravillosas cosas se habían ido, se habían apagado, como las estrellas al amanecer.
Todo lo que le quedaba aquí era su deber. Pero no se puede curar sin corazón. No se puede salvar a otros si no puedes salvarte a ti misma. No se puede servir ni ser útil si te sientes inútil y perdida.
Y así se sentía Llyniel. Por primera vez en su vida, no sabía qué hacer, cómo ser, qué decir o qué sentir.
Confusión, profunda y desconcertante, como si alguien hubiera abierto su mente y permitido que todo lo que ella era escapara, para flotar a su alrededor caóticamente.
Se estaba perdiendo a sí misma, quería estirar el brazo y recuperar sus pensamientos y recuerdos, meterlos de nuevo donde debían estar, como una niña envidiosa que recoge sus juguetes.
Cerró los ojos con fuerza, ahogó el sonido de su desesperación y se abrazó las piernas con más fuerza aún.
Lo había sabido. Siempre lo había sabido.
Pasos detrás de ella. El crujido de la tela, movimiento por el rabillo de los ojos nublados.
Maeneth.
Rogó por que hubiera silencio. Suplicó con todo su corazón que su amiga no hablara, que no pronunciara palabras de superficial consuelo.
Y no lo hizo.
Llyniel parpadeó lentamente, permitiendo que el mundo real la asaltara.
Se marcharía a Araria y luego más allá, en cuanto la Sala de Curación fuera manejable.
Aquello llevaría meses, y hasta que llegara ese momento, sería una curandera sin corazón, una mujer insensible que comería y bebería para seguir con vida, con el único propósito de recorrer el Camino Largo de vuelta a casa.
A Fel'annár.
Rinon jadeó mientras Sorei lo sujetaba. Kristain sostenía el pie del príncipe entre las manos, inclinándolo hacia un lado y otro, tirando y alineando.
Kristain deseó que Llyniel estuviera allí para ayudar, pero ella había sufrido un vahído y había salido tropezando de la Sala de Curación, seguida por Maeneth. Había visto a Thargodén observándola, con la sospecha y un pavor creciente reflejados en los ojos de un padre.
Rinon gritó, soltó un jadeo indignado y luego una sarta de obscenidades. Kristain sabía que el príncipe heredero no había pretendido insultar a todo su linaje familiar.
—Absolutamente. Nada. De peso. Si lo apoyas, podrías arruinar tus posibilidades de volver a caminar. Te lo digo yo, príncipe. —Kristain se volvió hacia Thargodén y observó con aire impasible cómo el rey balanceaba ambas piernas por el borde de la cama.
—No les pasa nada a mis piernas...
—Hasta que cedan porque te desmayes debido a la pérdida de sangre. Quédate al menos hasta mañana.
Thargodén se echó hacia atrás contra el cabecero, intentando detener el movimiento involuntario de los ojos.
—Necesito saber qué está pasando ahí fuera, si los rumores son ciertos.
—Entonces deje que vaya yo, señor.
Thargodén clavó la mirada en los gélidos ojos azules de Sorei. —Me informarás de inmediato.
—Desde luego. Pero puede que me lleve algo de tiempo. Debo encontrar a los comandantes Gor'sadén y Hobin, a los capitanes Bulan y Dalú, y a La Compañía.
Kristain guardó sus cosas, se colgó la bolsa al hombro y luego miró a Thargodén. Sus miradas se cruzaron. Allí, bajo las brumas menguantes del delirio en los ojos del rey, el rumor era casi una certeza para ambos.
Kristain apartó la vista, incapaz de observar cómo la terrible verdad empezaba a calar. Necesitaba insensibilizarse. Los guerreros habían librado su batalla. Ahora, era el momento de que Kristain librara la suya propia.
Salió de la habitación, con Sorei justo detrás de él.
La Sala de Curación estaba increíblemente abarrotada y el ruido resultaba molesto, pero una voz familiar se elevó sobre el estruendo.
A lo lejos, Ramien, el Muro de Piedra, cargaba con Idernon y, a su lado, aparecía el rostro sombrío y ensangrentado del príncipe Sontúr, con Carodel inconsciente en sus brazos.
—Necesitamos camas, con urgencia.
Kristain asintió, pero la mirada se le demoró en Sontúr; vio el ligero gesto de negación de su cabeza. Lo único que pudo hacer fue verlos marchar hacia las habitaciones que les había indicado, sabiendo que aquellos que no estaban allí, habían muerto.
Tensári, Galdith, y malditos sean los dioses, Fel'annár.
El viento había cesado. La tierra ya no se movía al ritmo de los árboles. El muro de oscuridad dio paso a la vista de la ciudad semiderruida de Ea Uaré a través de los árboles inmóviles.
Handir sabía lo que significaba.
Una rama se partió a sus espaldas y Handir se incorporó, entornó los ojos ante la luna brumosa y luego se volvió hacia Macurian, que permanecía totalmente inmóvil a cierta distancia.
El ex-Sombra lleno de cicatrices lo observaba, con los rasgos pétreos aún duros e implacables.
Y, sin embargo, había comprensión en aquellos ojos que tanto habían visto y tanto habían hecho, no siempre para bien.
—Si te dijera que lo siento, ¿me creerías?
Handir ladeó la cabeza y dio un paso hacia Macurian; su voz era suave, casi melancólica.
—Sí.
La Sombra asintió. —¿Y si te dijera que fue el elfo más extraordinario que he conocido jamás? Que siempre lo recordaré... ¿seguirías creyéndome?
Handir se detuvo ante el forajido arrepentido, aquel que había luchado contra un monstruo para darle el tiempo necesario para poner a su gente a salvo en los bosques serpenteantes.
—Seguiría creyéndote.
Macurian asintió y luego se volvió hacia la ciudad lejana. Handir hizo lo mismo.
El fuego aún ardía y el humo flotaba sobre los muros semi-derruidos. Sabía lo que yacía dentro y alrededor. Quería abandonar el bosque de luto, ayudar de alguna manera. Pero sabía que era demasiado pronto para eso. Solo estorbaría.
Pero la espera sería agotadora.
Aún debía escuchar la confirmación de la muerte de Fel'annár. ¿Y su padre? ¿Rinon y Maeneth? ¿Sus amigos Sontúr, Idernon y el resto de La Compañía? Si Fel'annár había muerto, Tensári seguramente también lo estaría... y Lainon.
Entonces vio el rostro de Llyniel en su mente, solo para sobresaltarse cuando Macurian habló de nuevo.
—No eres un guerrero, príncipe. Luchas de una forma distinta, una que me exaspera porque yo no puedo hacer lo que tú haces.
Pero sea lo que sea lo que encontremos allí, te guardaré las espaldas, si me aceptas.
Tienes mis servicios, por todo el tiempo que desees, en homenaje a aquel al que no pude matar. Por deferencia hacia él.
Handir escudriñó el rostro de Macurian, vio cada matiz, cada tensión de la piel, cada línea, cada movimiento de la mirada; todas las enseñanzas de Aradan se traducían en su mente.
—Tienes mi perdón absoluto, Macurian. Y si es tu deseo servirme, me alegrará contar contigo todo el tiempo que quieras. Debo regresar a la ciudad.
Macurian lo miró fijamente, como si no hubiera escuchado las palabras de Handir. No fue alegría lo que inundó sus sentidos. Fue alivio.
En su mente, vio a su hermano, con una sonrisa pacífica en el rostro.
Había traicionado a aquel al que más había amado siempre y ahora, por fin, podía enmendarlo.
Podría hacer que se sintiera orgulloso, enfrentarse a él en el próximo mundo, cuando llegara el momento, y decirle que había protegido a Handir, príncipe de Ea Uaré.
Los guerreros y comandantes de Ea Uaré trabajaron duro para asegurar la fortaleza, tan bien como pudieron dadas las circunstancias.
Las puertas habían sido borradas del mapa, la torre occidental estaba casi destruida y el muro oriental presentaba grietas y derrumbes parciales. En cuanto a la Gran Meseta, se había partido en dos, y una nueva montaña se alzaba al oeste, entre el palacio fortaleza y el Bosque Perenne.
Gor'sadén no podía decir cuántos habían muerto. Era demasiado pronto; aún se estaban recogiendo los cadáveres élficos mientras las piras ardían para los Señores de la Arena, para aquellos que no habían sido ya quemados vivos por el Fuego Pelágico.
Macabras pilas de calrazianos y bestias yacían tan lejos de las puertas como habían podido conseguir. Les llevaría días quemarlos, y pronto el hedor sería insoportable. Pero a eso olía la guerra; Gor'sadén había estado en suficientes.
En cuanto a los rumores, no se podía saber si eran ciertos. Gra'dón podría seguir vivo. Fel'annár podría seguir vivo.
Pero Gor'sadén no había visto lo que había sucedido.
Necesitaba verlo para creerlo y, sin embargo, ¿dónde estaba Fel'annár si no estaba muerto?
¿Por qué se habían aquietado los bosques?
¿Se lo había llevado La Compañía a toda prisa a la Sala de Curación?
¿Habían resultado tan heridos los demás miembros de La Compañía que no habían pensado en informarle? ¿Era así de sencillo?
—¡Comandante!