Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 29 Camino a Casa
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29 Camino a Casa

Camino a Casa

—¡Corred!

Se oyó un batir de alas y Lainon y Zéndar echaron a correr por el suelo junto a Sontúr y Ramien. En sus brazos llevaban los cuerpos de los caídos, de Tensári, Idernon y Galdith.

Irrumpieron en los aposentos del rey, volcando mesas y sillas a su paso.

—¡¡Resguardaos!!

El suelo se sacudió, vibró con tal violencia que les hizo estremecer los huesos. Los marcos de los cuadros cayeron de las paredes y el muro de cristal del rey estalló hacia el interior.

Calor, una luz verde cegadora; el mundo exterior seguramente se estaba acabando, hundiéndose en un abismo de destrucción, y aunque a La Compañía le pareció una eternidad, solo pasaron unos segundos antes de que la luz empezara a desvanecerse y el estruendo se apagara hasta convertirse en un retumbar lejano.

Algo rugió desde el otro lado del mundo, y su eco les heló la sangre. El suelo bajo sus pies se detuvo y una especie de silencio se posó sobre ellos, como si se hubieran sumergido bajo el agua y hubieran salido a la superficie justo a tiempo para oír el eco de un mundo que una vez existió.

Fel'annár se había ido. Había dado su vida para matar a Gra'dón, para evitar que el Captor de espíritus liberara las almas que contenía.

Había cumplido con el deber que había nacido para defender, había mantenido a salvo el Bosque Perenne.

Pero aquello había costado las vidas de Tensári, Idernon y Galdith.

Lainon sintió la pesada mano de Zéndar en el hombro.

Le sirvió de ancla mientras contemplaba el rostro de la devastación.

Ramien depositó a Idernon en el suelo, mientras Lainon acariciaba con la mano la frente fría de Tensári.

Zéndar miró a Galdith con pesar y luego se giró cuando Sontúr trepó por los muebles caídos y los cristales.

Carodel seguía clavado contra la pared, ya sin conocimiento.

—Ramien. Sujétalo.

Ramien levantó las piernas de Carodel con cuidado, y no flaqueó cuando Sontúr extrajo las flechas. Soportando todo el peso de su amigo, lo soltaron de la pared y lo tumbaron en el suelo. Sontúr presionó sobre las heridas sangrantes.

Sangraba.

—¿Está vivo? —preguntó Zéndar tras su yelmo de búho.

—Por ahora. He causado más daño al sacar esas flechas.

—No has tenido elección, hermano.

Sontúr asintió hacia Ramien, con la mirada perdida más allá de él, hacia Idernon y Galdith. No había forma de salvarlos.

Lainon se puso en pie, con Tensári en brazos. Sontúr y Ramien lo vieron pasar por delante de ellos, moviéndose con cuidado sobre la alfombra de cristales y saliendo fuera. Con Zéndar a su espalda, Lainon alzó los ojos al cielo.

Los otros tres Shirán aterrizaron suavemente a su lado, con la vista puesta en los Ber'ator caídos.

El guiverno había desaparecido pero, tras de sí, sobre el dosel inmóvil del Bosque Perenne, brillaban mil luciérnagas, como si se hubieran liberado de los ojos dorados de la bestia.

Lainon caminó hacia ellas, con el peso en sus brazos y lágrimas en los ojos, pues aquello era hermoso.

Un tributo silencioso, un adiós pesaroso; y el reconfortante calor de su luz se movió, formando un patrón en el cielo, uno que conocía bien.

Era el símbolo de los Shirán.

Lentamente se fue desvaneciendo, hacia dondequiera que estuviera Fel'annár ahora.

Lainon se volvió hacia Sontúr y Ramien cuando salieron de los aposentos en ruinas del rey, con la mirada puesta en el patrón que aún persistía en el cielo. Eran todo lo que quedaba de La Compañía ahora, a menos que Carodel sobreviviera de algún modo.

—Debo llevar a Tensári a casa.

Sontúr asintió, casi demasiado afectado para hablar. —Dile a Fel'annár que se apresure a volver, que nos espere cuando llegue nuestro momento.

Lainon asintió solemnemente, permitió que los otros Shirán soportaran parte del peso de Tensári. Juntos emprendieron el vuelo, viajando despacio, como un majestuoso séquito hacia el símbolo desvanecido de los Shirán. Camino a casa para un Ber'ator más, perdido al servicio de Aria.

Ramien gritó, con un tono tan desesperado como incrédulo.

—Ha respirado. ¡Sontúr, ha respirado, estoy seguro!

El príncipe se apartó de donde trabajaba con Carodel. No podía moverlo hasta que la hemorragia estuviera controlada.

Había lástima en su mirada por el Muro de Piedra. Había perdido a sus dos mejores compañeros esta noche.

—Ramien…

—No. Lo digo en serio. Ayúdale…

Sontúr respiró profundamente, caminó hacia donde Ramien se inclinaba sobre Idernon y se agachó. Puso una mano ante su boca.

Nada.

—Está muerto, Ramien.

—Espera. Por favor solo… espera.

Sontúr se agachó más, hasta que su propio rostro quedó ante el cuerpo de Idernon.

Esperó.

La boca de Idernon se abrió ligeramente. Seguramente era un movimiento involuntario. Sontúr lo había visto suficientes veces antes. Siempre traía una esperanza renovada donde no la había.

La boca de Idernon se movió de nuevo, se abrió como para aspirar aire y Sontúr esperó. No significaba nada a menos que fuera regular.

Pero la tercera vez, oyó el aire entrar en la boca de Idernon y los ojos se le abrieron de par en par.

—Santa Aria…

—¡Te lo he dicho! —Ramien estaba enfadado, pero Sontúr le puso una mano tranquilizadora en el hombro y lo apartó.

—Déjame trabajar.

Y Sontúr lo hizo. Se dijo a sí mismo que Tensári no había muerto, que Fel'annár no había muerto, que Galdith estaba de pie detrás de ellos.

Obligó a su cuerpo a no protestar por sus heridas e ignoró su corazón roto.

Todo lo que existía eran Idernon y Carodel.

Lo único en lo que pensaría era en cómo mantenerlos respirando, en mantener su sangre dentro de sus cuerpos.

—Tenemos que llevarlos a la Sala de Curación.

Pero el solo pensamiento de ir a la Sala de Curación bastaba para recordarles a todos que Llyniel estaría allí.

¿Lo sabía ya? ¿Comprendía que su alma gemela se había ido?

¿Había sentido el momento en que su alma había huido?

Mientras Sontúr y Ramien llevaban a toda prisa a Idernon y Carodel a la Sala de Curación, Bulan permanecía en el centro del gran patio, encorvado y jadeando por el esfuerzo.

Ante él, las puertas rotas de Ea Uaré y, a su derecha, el agrietado y desmoronado muro oriental.

Más allá, entre los montones de escombros y las fisuras, el enemigo yacía muerto.

Miles de cuerpos, carbonizados más allá de toda identificación.

Huesos retorcidos, armaduras, hojas y joyas yacían desechados, símbolos sin sentido de una vida pasada.

Pero fue lo que vio más allá de las puertas del norte lo que le revolvió las entrañas y le llenó de pavor.

El Bosque Profundo estaba en silencio, y completamente inmóvil.

Había visto la cúpula de luz verde, había visto a la bestia etérea alzarse desde el Bosque Perenne y luego escupir su fuego desde lejos.

Todos lo habían visto, cayendo de rodillas, conmocionados y desesperados, a pesar de que la batalla ya había sido ganada.

El enemigo debía de haber entrado en el Bosque Perenne.

El Señor de la Guerra seguramente lo había detenido.

Fel'annár estaba muerto.

Bulan sabía que tenía razón, e incluso ahora, mientras giraba sobre sí mismo para contemplar la devastación a su alrededor, los guerreros gritaban de dolor e incredulidad.

—¡El Señor de la Guerra ha muerto!

Bulan cerró los ojos, dejó caer la cabeza sobre el pecho, que aún jadeaba.

Sabía lo que debía hacer ahora. Buscar al rey, buscar a Gor'sadén. No muy lejos, Hobin estaba de pie frente al Bosque Perenne, con su misterioso compañero ya desaparecido.

Bulan se dio la vuelta, pensando que nunca volvería a poner los ojos en aquel lugar.

Era un lugar venerado, un bosque que Or'Talán había regalado al pueblo silvano para luego denegarles la entrada.

Pero ¿qué bosque se volvía contra los suyos?

¿Contra el mismísimo Señor de la Guerra?

¿El único entre ellos que podía oír su voz?

¿Sentir su difícil situación? ¿Por qué había venido la bestia?

¿Por qué había sacrificado tan fácilmente a Fel'annár simplemente porque se interponía entre ella y el Nim'uán?

¿Era por esto por lo que Or'Talán les había advertido que se mantuvieran alejados?

Notó una pesada mano en el hombro y se giró, mirando los ojos gris marengo del capitán Airen. —Será recordado; su nombre será exaltado en toda Pelagia. Yo me encargaré de que sea así.

Bulan le devolvió la mirada, esperó a que su mente distraída registrara las palabras de Airen y luego asintió en agradecimiento. El capitán pelágico se alejó y Bulan recorrió con la mirada a los guerreros, aún conmocionados, que le rodeaban.

Gor'sadén no aparecía por ninguna parte.

Pavor y una creciente desesperación le palpitaban en el pecho y en las sienes. Debía saberlo. Debía estar allí arriba, en la meseta, y enfrentarse al terrible precio de la victoria.

Pero, por ahora, había trabajo por hacer, y Bulan lo haría por Fel'annár.

No pensaría en el hijo que podría haber criado.

No pensaría en el Señor de la Guerra al que con tanto orgullo llamaba sobrino, al que su propia hija había decidido seguir.

Bloquearía la imagen de su rostro, las voces que incluso ahora exaltaban su nombre.

Simplemente recordaría lo que Fel'annár había defendido.

El bosque, el hogar de Bulan, el refugio de este mundo.

Y ahora, esa también sería su prioridad. Haría lo que Fel'annár ya no podía. Protegería a la gente, y solo cuando estuvieran a salvo, entonces, lloraría su pérdida.

El río Calro se había calmado, aunque Llyniel no reparó en ello.

Madera y cuerpos flotaban en el agua, acumulándose alrededor de los muelles, y las orillas sembradas de escombros estaban plagadas de los restos carbonizados de los Señores de la Arena que se habían lanzado al agua para apagar las llamas que los habían envuelto.

Llyniel no lo había visto, y en realidad no le importaba.