23 El Muro Oriental #6
—Ve a las Salas, Fel'annár. Hay tiempo. Aún tenemos lanzas y bombas. Podemos defendernos durante un rato, hasta que los Señores de la Arena comiencen su ataque a las puertas principales.
—Permíteme quedarme allí abajo, comandante. Hemos luchado contra Lagartos antes. Seguramente serán lo primero que atraviese esas puertas.
Turion dudó y Fel'annár vio la batalla librarse en los ojos del capitán.
—Debes mantenerte a salvo, ya lo sabes. Sin ti, el bosque se detendrá y nuestro pueblo quedará vulnerable a las artimañas de los Señores de la Arena y los Lagartos.
Quédate en los muros. Ayúdame a defender esta ciudad desde un punto ventajoso, para que no pierdas de vista el bosque que diriges.
Tenemos muchos buenos guerreros allí abajo, listos para enfrentarse a lo que sea que atraviese esas puertas, incluidos tu hermano y tu tío.
Pero tú y yo debemos defender estos muros, dar a Eramor y a Tar'eastór el tiempo que necesitan para ayudar desde fuera.
Fel'annár asintió lentamente mientras consideraba la lógica de Turion.
Estaban en una inferioridad numérica abrumadora.
Sabía que una vez que el goteo de Señores de la Arena se convirtiera en un arroyo, pasaría a ser un río y luego un mar, una marea que los ahogaría a todos.
Ese momento marcaría la llegada de los Shirán.
Fel'annár miró a Lainon y luego se volvió hacia Turion.
—No puedo reprochar vuestro razonamiento, comandante.
El General Rinon mantendrá las puertas, con los capitanes Bulan, Airen y el comandante Hobin.
En cuanto a mí, tengo a La Compañía, tengo a Gor'sadén y a Tensári guardándome las espaldas. Volveremos en cuanto podamos.
Vasanth se había equivocado. No había estado lista para morir. No había estado lista para luchar en una guerra.
El cuerpo había obedecido. Las extremidades se habían movido cuando Dalú lo había ordenado. Pero mientras tanto la mente gritaba y se retorcía mientras miraba en estado de conmoción la destrucción, la barbarie, el sufrimiento y la muerte.
Seguro que nada valía esto.
Se volvió desde los muros dañados al este, las pilas de escombros que los guerreros y curanderos peinaban en busca de algún superviviente.
Detrás de ella, sus compañeros novicios estaban sentados o arrodillados, derramando lágrimas y restregándose la cara con manos que temblaban y brazos que dolían por el peso de las innumerables piedras y rocas que habían retirado, los cuerpos que habían cargado y los cubos de agua que habían usado para extinguir los incendios.
Los miró, preguntándose si el propio rostro se vería así, y casi dio un salto cuando Dalú habló.
—No es lo que esperabas, ¿verdad? La gloria, el sentimiento de orgullo por un trabajo bien hecho. La determinación justa y la hermandad. No es lo que soñabas, lo que deseabas que fuera, ¿no?
Vasanth escudriñó el rostro del veterano guerrero, siguió la cicatriz plateada que llegaba casi hasta la oreja, pasó por los ojos sabios, los ojos de un veterano que había visto cosas que nadie debería ver jamás.
Pero en ese momento, lo entendiera o no, algo había cambiado en la mente de la joven novicia.
Una repentina comprensión de que Dalú, a pesar de su experiencia, se equivocaba.
—No es lo que esperaba, no. Nada de esto fue nunca por la gloria o el orgullo.
Ni por satisfacción o hermandad. Palabras vanas que no significan nada.
Hago esto por mí misma, capitán. Lo hago en obediencia a mi corazón.
Deseo vivir. Deseo servir a mi rey y a mi tierra.
Hago todo esto porque soy egoísta. Amo esta tierra, a sus gentes, mi gente.
Vasanth vislumbró a Fel'annár y a La Compañía cruzando el patio, encaminándose a las Salas, llevando a hombros a otros guerreros heridos.
Por un instante, la mirada se encontró con la de Fel'annár.
Miró los penetrantes ojos verdes del primo, preguntándose qué tenía él que inspiraba tal lealtad.
Los ojos se le enfocaron de nuevo en Dalú ante ella.
Apenas unos momentos antes, Vasanth se había dicho a sí misma que nada valía este sufrimiento. Ahora, se había demostrado que estaba equivocada. El amor sí valía todo esto, incluso la propia vida.
Dalú devolvió la mirada a la joven novicia. Ella era sobrina de aquella que debería haber sido reina. Era hija de Bulan, nieta de Zéndar, prima de Fel'annár.
¿Qué había esperado él?
Se irguió más, y aquellas palabras de perdición y pesarosa comprensión que había pronunciado momentos antes se desvanecieron de la mente, y en su lugar, personificada en la forma de una joven guerrera silvana de pelo negro, Dalú recuperó la determinación.
—Levántalos. Anímalos si puedes. Llenad vuestros carcajes y portad vuestras armas con orgullo. Uníos a nosotros en las puertas, Ara Bulan. Luchad con nosotros; os habéis ganado ese derecho.
Vasanth levantó la cabeza y apretó la mandíbula. El miedo luchaba con el orgullo. El pavor batallaba con la determinación. Tal vez ahora estuviera lista para la guerra, cuando antes no lo había estado porque no la había comprendido.
Quizás ahora, ella estuviera preparada para morir.