Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 21 Legados #3
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21 Legados #3

Si llegara a caer, lego mi hoja Misericordia a mi muy buen amigo, el capitán Lainon.

Recuérdame con cariño, hermano. Tú y yo hemos logrado grandes cosas, y no la menor de ellas el descubrimiento del hijo silvano de nuestro rey, el heredero que rezo para que algún día sea nombrado príncipe.

Cuida de él como siempre lo has hecho, pues en Fel'annár hemos visto el regreso del honor y el deber.

A través de las brumas de la intolerancia, del prejuicio y el odio, se abrió camino hasta la superficie, marcó el regreso de Pan'assár de Los Tres y la justicia para todas las razas de Ea Uaré.

Es príncipe por derecho. Es príncipe por sus actos.

Turion se echó hacia atrás de nuevo, con los ojos fijos en la palabra «príncipe».

Sonrió y, por un momento, no hubo escarabajos, ni niebla, ni terror.

En su lugar, vio al novicio, con su cabello indomable y sus ojos inquisitivos.

Turion siempre había sabido que albergaba grandeza, incluso antes de darse cuenta de quién era.

Había sido algo instintivo, algo inexplicable que su alma había reconocido.

No se había equivocado y, ante esa certeza, Turion se enorgulleció del papel que había desempeñado en el camino de aquel guerrero novicio que llegaría a ser general, un señor de la guerra, un Ber'anor. Y si Thargodén lo permitía, príncipe de Ea Uaré.

Colocó la pluma con cuidado junto al diario, lo cerró y dejó que los dedos se deslizaran sobre la rugosa cubierta de cuero. Un largo suspiro después, se levantó y caminó hacia el hogar, colocando otro leño en el fuego.

Aún le quedaban horas por delante, atrapado en el interior con el enemigo a escasa distancia. Si el humo funcionaba, Turion iniciaría los preparativos finales de inmediato. No habría tiempo que perder, tal vez incluso fuera demasiado escaso.

Se preguntó dónde estaría ahora el capitán Eramor, dónde estaría la Madre Patria. Pero la última vez que le había preguntado a Fel'annár, él había dicho que todavía estaban a días de distancia. Mañana, Ea Uaré estaría sola.

Turion se sentó en su sillón favorito, apoyó la barbilla en la palma de la mano y se quedó mirando las llamas que parpadeaban suavemente.

Se sentía completo, satisfecho por el trabajo bien hecho.

Había visto a Fel'annár llegar al final de su camino y, en cuanto al suyo propio, bueno, eso estaba aún por escribir.

Sontúr estaba sentado ante el fuego en los aposentos de la princesa Maeneth. A su lado, ella lo observaba de perfil.

—Hemos usado todas las bombas en el lanzador de bombas. Solo nos queda rezar para que la producción no se haya detenido, para que estén aprovechando bien el tiempo.

—Y para que tomen las precauciones de manejo necesarias.

—Los entrenamos bien. Si solo sale una cosa buena de esto, es el tiempo y las manos extra que tenemos para crear más bombas.

Maeneth asintió y se volvió de nuevo hacia Sontúr. —Estás pensativo.

Él se volvió hacia ella despacio, estudió su rostro y habló en voz baja. —Como todos. Es una noche extraña, muy extraña, Maeneth. Pero respecto a tu pregunta, estaba pensando en lo que pasará después de la guerra.

—Quizá no deberías. No sabemos si habrá un futuro para nosotros.

—No. Pero si lo hay, querría conocerlo. Lo planearía, por si sobrevivimos a esto, si, por algún milagro, vencemos a los Nim'uán.

Ella no dijo nada; se echó hacia atrás en el asiento y lo vio girar todo su cuerpo hacia ella, con las manos extendidas y los dedos tensos mientras buscaba las palabras adecuadas.

—Nos vinculamos y, sin embargo, nuestras familias aún no lo saben.

Ahora no es el momento y, aun así, puede que después de esta noche nunca lo haya.

Una débil sonrisa asomó a los labios de Sontúr.

—Mi padre me necesita, tanto como necesita a Gor'sadén. Él también debe regresar, tarde o temprano, o de lo contrario renunciar a su mando en la Madre Patria.

Maeneth se acercó más a él, extendió una mano y la posó suavemente en el centro de su pecho. —Y yo no puedo dejar Ea Uaré, ahora no. Pero nuestra residencia física es un asunto secundario, por mucho que nuestros padres sean reyes.

—¿Qué importa realmente, excepto para nosotros? Si hay un mañana, tú y yo lo resolveremos. Se nos da bien eso.

—Sí, es cierto. —Él la besó, necesitando sentir su carne contra la suya, sellar su pacto de amor eterno.

Había una vida para ambos después de esta guerra.

Sería un paraíso encontrado, con Maeneth en el centro, y Sontúr Ar Vorn'asté, príncipe de Tar'eastór, juró que lucharía por esa vida con todo su ser.

Gor'sadén había abandonado los aposentos de La Compañía y se dirigía al despacho de Pan'assár en el Círculo Interior, con la historia de cómo Lainon y Turion encontraron a Fel'annár aún resonando en su mente. Regresaría con ellos antes de la quema de medianoche.

Navegó por los pasadizos antaño secretos, localizó el símbolo que había memorizado y empujó la pared. Subió hacia arriba, salió a un cuarto de almacenamiento bajo el Círculo Interior y, al poco, estaba dentro de los despachos de Pan'assár.

Encendiendo una única vela que estaba sobre el escritorio de su amigo, los ojos se centraron en el diario que sabía que Turion le había dejado para que lo encontrara.

Pan'assár solía ser reacio a usarlo; decía que escribir atontaba el cerebro, volvía a uno blando y extraía del escritor emociones que, de otro modo, habrían quedado enterradas o hábilmente ocultas.

Por supuesto, nada de eso encajaba con Pan'assár.

Nada le afectaba tanto como para perder el control.

Al menos eso era lo que quería que todos creyeran.

No era verdad. Gor'sadén lo sabía, al igual que Or'Talán.

Se sentía viejo, porque allí estaba sentado, dejándose llevar por la nostalgia una vez más.

En su mente, estaba de vuelta en las llanuras de Tar'eastór, galopando sobre las Tierras Bajas con Pan'assár y Or'Talán cuando eran jóvenes adultos, Discípulos Kah, llenos de sueños y grandes deseos.

En aquel entonces ignoraban las astucias de Aria.

Ella había plantado la semilla en sus mentes, una de propósito divino por si alguna vez llegaban a reconocerla, permitirle crecer y entonces nutrirla.

Pan'assár debía proteger a Or'Talán como su Ber'ator, mientras que Or'Talán debía proteger el Bosque Perenne. En cuanto a él mismo, debía guiar al heredero como Ber'anor en caso de que Or'Talán muriera. Los Tres habían sido el plan de Aria para la seguridad futura de su portal secreto.

Pan'assár había salvado la vida de Or'Talán muchas veces... hasta la traición de la Batalla bajo el Sol, cuando falló. Fue entonces cuando Gor'sadén pasó a ser el instrumento necesario para guiar a Fel'annár, preparándolo física y mentalmente para la tarea que tenía ante sí.

Y aquí estaban. Fel'annár era casi un Maestro Guerrero Kah, estaba tan preparado como podía estarlo para la guerra venidera. Los Tres habían cumplido su propósito y ahora su deber estaba completo. Fel'annár ya no lo necesitaba como su Maestro, lo sabía. Pero siempre sería un padre para él.

Cogió la pluma, abrió el tintero y encontró tinta fresca. Alguien mantenía aquellas estancias como si Pan'assár no hubiera muerto.

Mojó la pluma en el líquido oscuro y sedoso y escribió en la siguiente página en blanco del diario que tenía delante.

Nuestro deber está cumplido. Nuestra historia será contada. Soy Gor'sadén, Ber'anor, el último superviviente que queda de Los Tres.

Lainon y Tensári habían partido hacia el Camino Oscuro, dejando a Fel'annár al cuidado de La Compañía.

Habían salido en el Gremio Académico, hablado con los aterrorizados maestros y alumnos que ya habían recibido la visita de dos guerreros.

Ellos, como todos los demás, estaban ocupando el tiempo antes de que trajeran la mezcla, buscando en sus libros y pergaminos cualquier referencia que pudieran encontrar sobre insectos similares a aquellos carnívoros que atacaban desde el interior de sus involuntarios anfitriones.

Se giraron e hicieron una reverencia ante la llegada del maestro del gremio. Pero no fue Lerita quien saludó a los dos Ari'atór.

Lainon se inclinó profundamente, mientras Tensári observaba, insegura de si Lainon lo conocía de antes. Por su parte, todo lo que sabía era que él era Ari, un Ber'anor.

El recién llegado hizo un gesto con la mano a los maestros académicos y a sus discípulos, esperó a que se ocuparan de sus asuntos y entonces se acercó a Lainon y Tensári.

—Teniente Tensári, este es el Maestro Ket'subá, jefe de la Orden de Shirán.

Ket'subá frunció el ceño, lanzó una mirada de advertencia al Ber'ator y Lainon se apresuró a explicarle: —Ella lo sabe, Maestro.

Ket'subá levantó la cabeza, estudió el rostro de Tensári y comprendió lo que era.

—¿Y la maestra del gremio Lerita? —preguntó ella.

—Está donde debe estar —dijo Ket'subá.

Tensári ladeó la cabeza, decidiendo no insistir en el tema.

—Seguidme. —Fue todo lo que dijo antes de dirigirse hacia la escalera de caracol.

Subieron hasta la última planta y entraron por una puerta custodiada.

Pero el guardia no era un guerrero ordinario.

Llevaba el mismo uniforme que Lainon. Tensári resistió el impulso de estirar el cuello para mirar la parte posterior de su coraza, para ver si tenía las mismas dos aberturas para alojar las alas.

Pero se distrajo con el magnífico yelmo que llevaba el guerrero.

Era mucho más grande que cualquier otro que hubiera visto. Se arqueaba sobre sus hombros, bajando por la espalda, haciéndole parecer mucho más alto de lo que era.

Estaba tallado con la imagen de una golondrina.

Dio un respingo cuando Ket'subá habló.

—Cualquier cosa que se diga aquí no puede repetirse, teniente. Como su superior, le exijo juramento de silencio.

—Entonces le pido cautela, Maestro Ket'subá. No ocultaré información que pueda proteger a mi Ber'anor.