21 Legados #2
Pero la mente de Fel'annár se había alejado una vez más de aquella habitación. Le había llevado de vuelta a Sen'uár y a aquella primera batalla contra los Señores de la Arena, cuando todavía era un novicio bajo el mando de Lainon y Turion.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Tensári.
—Estaba recordando Sen'uár.
Galdith se irguió. Ya sabía que Fel'annár había estado allí, en la destrucción de su aldea natal.
—Fue tu primera verdadera batalla. Esos recuerdos nunca se borran.
—No. —La mano acarició el arnés que cruzaba su pecho, pero no era cuero lo que sentía bajo los dedos.
Era el vello suave de un bebé, muerto en sus brazos.
Recordó la pena que había sentido, la rabia, la incredulidad ante la crueldad de la guerra—.
Mataron a esos civiles, a tantos como pudieron, a los que no pudieron correr lo suficientemente rápido.
Lo hicieron a propósito, para enfurecernos, para aterrorizarnos. Pensaron que huiríamos...
—Pero no lo hicisteis. Los defendisteis lo mejor que pudisteis, Fel'annár.
Él se volvió hacia Galdith y vio el dolor en su mirada.
—Si te hiciera una pregunta personal, ¿me responderías, Galdith?
—Muy probablemente sí.
Fel'annár asintió, eligiendo sus palabras con todo el cuidado posible.
—Tu mujer y tu hijo. ¿Por qué nunca hablas de ellos?
Galdith se quedó mirándolo. No esperaba esa pregunta. Idernon observó al veterano silvano, el guerrero airado que habían conocido en el camino a Tar'eastór.
—No es fácil. Hablar de ellos es una tortura para el alma, un castigo deliberado... —Galdith habló tan bajito que tuvieron que inclinarse hacia delante para oírle.
—Siguen existiendo, Galdith, igual que Galadan.
—Pero no están aquí. —Galdith se levantó bruscamente, se apartó de Fel'annár y se quedó mirando las llamas tras la espalda de Lainon.
—Sí que lo están, Galdith. Están aquí, mientras hables de ellos, mientras los recuerdes.
Puede que al principio sea una tortura, Tensári sabe bien de eso.
Pero con el tiempo, su recuerdo es un tributo.
Cuando realices ese viaje tú mismo, cuando recorras el Camino Corto, como haré yo algún día, los verás y te preguntarás por qué les negaste un lugar en tu corazón durante tanto tiempo.
El silencio regresó, salvo por el suave crepitar del fuego, y Fel'annár supuso que eso era todo lo que obtendría del guerrero eternamente apesadumbrado. Casi dio un respingo cuando Galdith habló. No fue más que un susurro silencioso, como si hablara consigo mismo. Y tal vez lo hacía.
—Ella se llamaba Dena y mi niño... mi niño era Fenu. Todo el mundo lo quería, el único bebé con el pelo rojo.
Fel'annár se echó hacia atrás donde estaba sentado. El mundo se inclinó de lado, pero los ojos permanecieron muy abiertos, fijos en la mirada empañada de Galdith. Debía de haber oído mal; se movió hacia el borde de su asiento, con el corazón latiendo mucho más rápido que su capacidad para respirar.
Se vio a sí mismo sentado en una roca baja entre las nieblas que se asentaban tras la batalla.
En sus brazos, un cuerpecito acurrucado contra su pecho, con la cabeza en el hueco de su cuello, sin vida.
Recordó cómo aquel momento lo había cambiado.
Había sido un novicio al entrar en Sen'uár, pero ya era un guerrero para cuando se marchó.
Los demás habían advertido su asombro, pero Galdith estaba atrapado en el pasado, recordando a su familia por primera vez.
—Nunca hablo de ellos porque siempre me pregunté...
si... sufrieron. —Unos ojos de color marrón oscuro se posaron tentativamente en Fel'annár, revelando por primera vez la fuente de su pesar, la razón por la que nunca había aceptado su pérdida, por la que nunca se había permitido llorar por ellos: porque no podía soportar pensar en cómo habrían muerto.
—¿Qué edad tenía Fenu? —Fel'annár intentó asimilar la increíble coincidencia, preguntándose todavía si se estaba equivocando. Miró a Lainon y comprobó que este le devolvía la mirada.
Él lo sabía.
—Siete meses.
Galdith emergió de sus recuerdos, dándose cuenta solo entonces de que Fel'annár lo miraba con asombro.
—¿Qué pasa? —preguntó, confundido.
—Yo... Yo estaba allí, Galdith, esto ya lo sabes.
—Sí. —La confusión se tornó en sospecha, incredulidad, casi rabia.
Fel'annár bajó la mirada al suelo, armándose de valor.
—Otros niños murieron aquel día. Fue mi primera batalla; yo no tenía experiencia, no estaba preparado para ello por mucho que estuviera seguro de que podría manejarlo.
Al final, me senté conmocionado en el suelo con un bebé en los brazos.
Turion vino a mí, habló conmigo y después llevé al niño a las piras y cuidé de su cuerpo.
Fue una muerte rápida, una estocada de una daga enemiga.
—Una lágrima cayó al suelo ante Fel'annár.
Nunca había hablado de esto con nadie excepto con Turion y Lainon.
—Tenía el pelo rojo, Galdith.
El rostro de Galdith tembló y se tensó hasta colapsar en una mueca de tal dolor que apartó la vista.
Se cubrió la boca con la mano temblorosa, con los hombros hundidos, y lo único que pudo hacer La Compañía fue observar cómo la verdad se hundía bajo el grueso velo de autoprotección de Galdith, a través de las brumas de la confusión y la pena, a lo largo de todos aquellos días desesperados de súplicas a Aria: ¿habría sido su muerte rápida? ¿O habría sido brutal?
—Dicen que los niños se encuentran antes, al igual que sus padres. —Carodel se acercó a su amigo y extendió una mano tentativa, cuyos dedos apenas rozaron el hombro vuelto.
El silencio se prolongó, pesado y, sin embargo, extrañamente melancólico, casi reconfortante.
Para Galdith, significaba el cierre, una respuesta a su eterna pregunta.
Para Fel'annár, era saber que Fenu, esa pequeña alma que había sentido volar lejos, había sido amada por un guerrero extraordinario al que llamaba amigo.
Aquello suavizaba ese interminable momento en el tiempo que recordaba a menudo.
La próxima vez que ese recuerdo acudiera a él, vería a Fenu, con los ojos abiertos, mirándolo con una sonrisa desdentada.
Otra lágrima rodó por la mejilla y se levantó; caminó hacia Galdith y vio cómo este se giraba para mirarlo de frente.
—Queridos dioses, doy gracias porque fueras tú quien lo sostuviera en esos momentos finales.
Galdith abrió los brazos y se estrechó contra Fel'annár mientras caían lágrimas silenciosas.
Fel'annár apretó los brazos alrededor de su amigo.
—Es por lo que luchamos, Galdith. Por este amor que nos eleva y casi nos destruye.
Mañana, lucharé por Fer'dán, Angon y Nurodi.
Lucharé por Lainon y Galadan, por Pan'assár y Or'Talán.
Lucharé por Lássira, y lucharé por Dena y Fenu.
Se mantuvieron sujetos a la distancia de los brazos. —Yo también lo haré, por todos aquellos que cayeron en Sen'uár. La próxima vez que piense en ellos, ya no me mirarán con angustia ni me pedirán ayuda. En su lugar, me devolverán la sonrisa y me dirán que volveré a verlos.
Alguien sorbió por la nariz y alguien soltó una risita suave. —Usa un pañuelo, blandengue. —Antes de que Ramien pudiera objetar, Sontúr ya había girado la cabeza, ocultando el rostro, y durante un largo rato, nadie habló.
Turion recorrió con el pulgar el borde del diario que tenía ante él.
Tenía muchos como ese; la mayoría de los comandantes los tenían, pero algunos eran más concienzudos que otros. Turion no era como Fel'annár, ni como Or'Talán. Se parecía más a Pan'assár, quien solo escribía en ciertos momentos, después de batallas, guerras o revueltas.
Ahora era, sin duda, uno de esos momentos.
A lo largo de sus muchos años de capitanía, Turion había perfeccionado su habilidad para ocultar las emociones, sabiendo perfectamente cómo sus reacciones podían influir en aquellos bajo su mando.
Aquel día había hecho pleno uso de esa capacidad, pero ahora, en la privacidad de su propio despacho, sin más testigos que las velas, permitió que su rostro expresara lo que quisiera mientras la mano movía la pluma y las palabras surgían en una caligrafía cuidadosamente elaborada.
Creo que grité al ver morir a aquel pobre guerrero.
Y lo había hecho. Pero también lo habían hecho todos los demás.
Turion nunca había visto una muerte más sombría.
Sin embargo, aquellos que habían luchado en la guerra del norte, sí.
Había escuchado sus informes sobre los Segadores, de cómo sus costados de serpiente picaban y paralizaban, solo para que sus formas espectrales se alimentaran de la carne viva mientras sus víctimas gritaban.
Turion se echó hacia atrás en el sillón, dejando que un fuerte escalofrío le recorriera la espalda.
Mientras estaba allí sentado escribiendo, otros recogían ingredientes, los dosificaban y los preparaban para su distribución en tantos cuarteles y hogares como fuera posible.
Henú y Salo lo supervisaban todo y, ahora que el Camino Oscuro había sido revelado, Fel'annár le avisaría si el enemigo hacía algún movimiento.
Se inclinó de nuevo hacia delante, mojó la pluma en tinta y siguió escribiendo.
Cuando todo esto termine, si todos sobrevivimos, quiero que se le otorguen los máximos honores militares a Fel'annár. En cuanto a La Compañía, estos son mis deseos:
El teniente Idernon debe ser investido como capitán del Círculo Interior, registrándose su nombre familiar y su blasón entre los nobles de la casa.
A la teniente Tensári se le ofrecerá la capitanía, a falta de la aprobación del Comandante Supremo Hobin. Al capitán Lainon se le concederá la Esmeralda del Bosque, al igual que a todos los demás miembros de La Compañía.
Los guerreros Ramien, Galdith y Carodel serán ascendidos a tenientes.
Turion bajó la vista hacia su lista y comprendió entonces que era casi como si estuviera redactando sus últimas voluntades. El amanecer marcaría el primer día de guerra, tal vez incluso el último.