19 Memoria Eterna #5
¿Te refieres a cuando hayas matado a mi nieto?
Yo ya no estaré aquí, Fel'annár. Dile a Alei que le deseo lo mejor, que espero que encuentre lo que busca y que sea algo bueno.
Y si alguna vez te aventuras por Ea Nanú, busca a Zafra.
Dile que prospere, que me recuerde. Los recuerdos serán todo lo que quede de mi paso por los mundos élficos.
Entrego mi cuerpo a los árboles, para hacerme una con ellos.
No volveremos a vernos.
¿Taniq? ¿Taniq?
—¡¿Taniq?!
—¿Fel'annár? ¿Qué ocurre? ¿La ha matado? —preguntó Idernon.
Fel'annár se volvió lentamente hacia él, con los ojos anegados en lágrimas.
—No. No ha sido Gra'dón. —Se presionó la mano contra el corazón y cerró los ojos con fuerza.
Llévala en el viento, Zafra. Llévala siempre.
Desde el norte, una brisa suave bailó a su alrededor. Olía a Ea Nanú y la vio alejarse volando, hacia el enemigo y, supuso, hacia donde fuera que Taniq hubiera elegido para sus últimos momentos de vida.
—Nadie puede ayudar a Taniq ya. Se encuentra en el mismísimo umbral de la realidad.
—Todo está en su lugar, Emperador. Nuestros exploradores están inspeccionando el terreno. Os informaré al amanecer.
—Has cumplido bien, Janveh. Esta noche trabajamos; mañana descansamos y evaluamos nuestra estrategia mientras nuestros ingenieros trabajan. El rey elfo no atacará antes que nosotros.
Janveh hizo una profunda reverencia y la mantuvo hasta que Gra'dón chasqueó la lengua, señal de que podía retirarse.
Solo en su tienda, el emperador bajó la mirada hacia el despliegue de elaborados mapas, una tarea en la que los Señores de la Arena habían trabajado durante décadas.
Muchos de ellos habían caído por esos mapas, muchos habían perdido la vida por la información recabada sobre costumbres, creencias y lenguaje.
Salió de la tienda y alzó la vista hacia el peculiar patrón de Gabru y Telhano, escoltando a la luna creciente en su deambular por el cielo.
Justo al otro lado del claro estaba la tienda de su abuela.
Había ordenado decorarla con alfombras y cojines suntuosos, y había puesto una guardia ceremonial en la entrada, no porque ninguno de sus jefes se atreviera a entrar sin permiso, sino porque quería impresionarla, hacer que deseara quedarse a su lado.
Una mirada al guardia le indicó que ella no estaba allí, de modo que continuó hacia el lindero del bosque. Debía ser cuidadoso, mantenerse alejado de los árboles. Habían matado a Xar'dón.
Ya más cerca, Gra'dón escudriñó la oscuridad y vio un destello de luz en la base del árbol más próximo. Se acercó con una mano en la espada.
Podía oír su propia respiración, el suave crujido de las hojas y ramas bajo sus pies, el golpe sordo de sus pisadas.
Lo vio de nuevo, pensó que parecía el brillo de un cuchillo, pero solo era Taniq sentada allí, con la espalda contra el árbol, frente a un mar de troncos; madera para sus máquinas y para las hogueras de sus guerreros.
Parecía triste, pero entonces pensó que debía de estar dormida, pues no se había percatado de su presencia; o si lo había hecho, estaba sumida en sus pensamientos.
—Taniq.
Unos pasos más y vio raíces envueltas alrededor de sus hombros, alrededor de su cintura, y la mirada se dirigió al rostro de ella. Estaba dormida, con los ojos abiertos pero vidriosos; así era como decían que dormían los elfos.
Un resoplido de aire se le escapó porque, para él, aquello parecía el abrazo de unos amantes. La elfa silvana y el árbol, durmiendo juntos. Se puso en cuclillas ante ella, con una sonrisa asomando a los labios.
—Abuela.
Su sueño era profundo. Alargó la mano y pasó un dedo grande por la mejilla de ella.
Fría.
La mano se le congeló ante el rostro de Taniq, la movió hacia los labios de ella y esperó.
Inmóvil.
—¿Taniq?
Nada.
En su mente vio el rostro pálido, casi morado, de Ankelar, reluciente por el agua en la que se había ahogado, y entonces los ojos se le centraron en Taniq, yaciendo entre las raíces del bosque.
¿La habían matado?
Miró hacia abajo y apartó la capa de su abuela. Bajo ella, una mano pálida sobre una tela manchada de sangre; un pequeño cuchillo en la otra mano, ya laxa.
Con un corte profundo en la muñeca, se había quitado la vida, igual que su madre.
Se puso en pie lentamente y contempló a la mujer sin vida, su último pariente en este mundo. Taniq nunca se encontraría a sí misma. Incluso si Gra'dón cruzaba al otro mundo, nunca la encontraría, nunca vería a Ankelar. Jamás volvería a abrazar a sus hermanos.
Alzó la vista hacia Gabru y Telhano, con la luna entre ellos.
Pero todo lo que podía ver era rojo. Todo era rojo.
Sangre y fuego en sus venas, ardiendo con fuerza, dolor y la terrible necesidad de venganza.
Necesitaba infligir el mismo dolor que le abrasaba el tuétano y amenazaba con hacerle reventar las venas.
Abrió los brazos, echó la cabeza hacia atrás, sintió el frío de la noche sobre los sensibles incisivos. Abrió la boca y, desde lo más profundo del alma inmortal, gritó su agonía a la noche.