Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 17 Luces de Bel’arán #3
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17 Luces de Bel’arán #3

Había madera caída por todas partes, y los carpinteros de Gra'dón trabajaban sin descanso, cortando y tallando el tronco para convertirlo en estacas y lanzas, jabalinas y flechas.

Otros llenaban largos botes con Arena Negra, empaquetándolos y atándolos bien.

No era la primera vez que Gra'dón deseaba haber encontrado el Fuego Azul.

Pero, a pesar de sus considerables esfuerzos, no lo había hallado, y el tiempo apremiaba.

Cuanto más tardara en llegar a la ciudad, más tiempo daría a su enemigo para prepararse.

Grandes torres de madera y metal se erguían hacia el cielo, con gruesas cuerdas oscilando bajo la suave brisa que ya no olía a sal.

Torres de asedio, plataformas móviles para sus balistas y fundíbulos; la construcción no cesaría hasta que fueran visibles para el enemigo.

No había traído sus lanzas de fuego de largo alcance.

Aún existía la posibilidad de que el rey elfo tuviera Fuego Azul.

Gra'dón no tenía intención de jugar con eso en un bosque sobre el que pronto reinaría.

En su lugar, usaría lanzas de fuego de mano cuando llegara el momento de que las torres de asedio atracaran en lo alto de las murallas.

Pronto estaría en lo alto de las torres más altas de la ciudad, con el cadáver del mago colgando de cadenas, decapitado y manco, con una rama de árbol atravesándole el pecho, un cuchillo en el cuello y una lanza en el estómago.

El pensamiento lo entusiasmaba; sentía cómo la parte del Señor de la Arena que habitaba en él tomaba el control, mientras la parte racional se batía en retirada, y se deleitaba con ello, dejando que lo elevara.

Deslizó los dedos sobre Telzorán, sintiendo su caricia de respuesta en lo profundo de los huesos.

¿Dónde estás, mago?

Según sus caudillos, viajaría por tierra o por el río, en cuyo caso aún podría estar a días de distancia.

Estaría reñido, pero si Gra'dón conseguía llegar a la ciudad y asegurarse una victoria rápida, solo tendría que retener a la familia real como rehén para que el mago saliera de los bosques que comandaba a campo abierto, lejos de los árboles asesinos.

Pasó junto a los canteros, los carpinteros y los ingenieros mientras probaban sus máquinas; los guerreros se arrodillaban a su paso.

Sus caudillos le habían contado todo lo que sabían sobre el mago y su compañía, sobre la vorágine y los árboles que se movían, sobre su habilidad con la espada y la lanza.

Pero también le habían hablado de su debilidad.

Se preocupaba por gente a la que no conocía, no los mataría ni siquiera para cumplir un propósito, y los árboles formaban parte de esa debilidad.

Del mismo modo que eran su fuerza. Los necesitaba para realizar su magia.

Gra'dón se alejó del campamento, más allá de los troncos caídos y las ramas astilladas, hasta el nuevo linde del bosque. Se detuvo ante el primer roble, echó la mano atrás para coger su espada y la desenvainó.

—¿Puedes oírme, mago? ¿Puedes leer el contenido de mi mente, Sol Verde?

Levantó su espada sobre la cabeza y descargó un tajo sobre el roble, desgarrando la corteza, rebanando la madera, golpeándola hasta que se astilló. Dio patadas y puñetazos hasta que los nudillos sangraron, y cuando el árbol no fue más que un tocón, se quedó allí jadeante.

—Escúchame, Fel'annár. Señor de la Guerra.

Príncipe de tu pueblo. Gra'dón viene a por ti.

Asesinaste a mi familia, y yo responderé de la misma forma.

Tu madre, tu padre, tus hermanos y tu amor.

Tus hijos, sus hijos, cualquiera que comparta tu sangre compartirá tu terrible destino.

Despídete de ellos mientras puedas, porque cuando tú y yo nos encontremos, será demasiado tarde.

Se apartó del árbol destrozado y vio a dos guardias a cierta distancia. No podían mirarlo. La ira surgió de nuevo y caminó hacia ellos; casi deseaba que retrocedieran para poder arremeter contra ellos.

No lo hicieron.

—¿Qué pasa? —preguntó mientras envainaba su espada.

—El oficial de la patrulla en el linde del bosque ha interceptado lo que parecía ser una caravana de mercaderes que se dirigía hacia la costa. Los ha matado a todos excepto a dos elfos. Afirman tener información y riquezas que os interesarán.

—¿Por qué ha dado credibilidad a sus afirmaciones?

—Dice que son nobles. Que portaban riquezas.

—¿Dónde están esas riquezas?

—Las tenemos nosotros, Emperador. Dicen tener información sobre cómo podríais entrar en la fortaleza, pasadizos que podrían ayudaros en vuestra empresa. He pensado que querríais hablar con ellos.

La ira de Gra'dón se había esfumado. En su lugar, curiosidad. Aquellos dos elfos estaban dispuestos a traicionar a su rey a cambio de sus vidas. Telzorán se retorció a su lado, y un profundo anhelo bullía bajo su apariencia de mando.

—Traedlos ante mí.

Los dos guardias se inclinaron, retrocedieron con deferencia y luego se alejaron rápidamente.

El grito de un ave de presa sonó por encima. Gra'dón miró hacia arriba y vio una bandada de pájaros negros volando hacia el norte. No tenía paciencia para los pájaros negros.

Ningún Señor de la Arena la tenía.

Mientras los bosques cantaban y rezaban, los Centinelas informaban a Fel'annár sobre el enemigo, sobre sus máquinas y bestias y los caudillos que las montaban. Escuchaba mientras se recogía el pelo en una coleta sencilla que caía por la espalda, sobrepasando el final del arnés de armas.

Llyniel ya se había marchado a las Salas de Curación. Tensári estaba frente a su puerta y, mientras bajaban las escaleras, Gor'sadén y Hobin se unieron a ellos.

En el Círculo Interior, los guardias de las puertas saludaron solemnemente y luego se hicieron a un lado. Bulan sonrió y les hizo un gesto para que lo siguieran.

Los cuatro comandantes y el Ber'ator se detuvieron en el umbral del comedor de oficiales. Ante ellos, todo el salón se puso en pie en silencio, con Turion y Rinon al frente. Juntos, se inclinaron profundamente y luego les abrieron paso, observando cómo se sentaban a una mesa redonda.

—¡Salud al Señor de la Guerra!

—¡Salud!

—¡Salud al Capitán Bulan!

—¡Salud!

Bulan sonrió, captó la mirada de su sobrino y no pasó por alto la sonrisa de orgullo en el rostro de Gor'sadén.

El tenso silencio que había prevalecido los últimos días se transformó en un animado murmullo.

El Señor de la Guerra y su tío eran el soplo de optimismo que habían necesitado, la prueba de que les era posible mantener a raya al enemigo, al menos lo suficiente para que llegase la ayuda de la Madre Patria y para que sus propios guerreros se unieran a la lucha al regresar.

Salo, Henú y Sorei pronto se les unieron y, mientras desayunaban, discutieron la situación en el sur, el éxodo civil desde Puerto Helia, la plaga de Desviados y los extraños Sabuesos que llevaban arneses.

Turion hablaba poco, y Fel'annár sabía que se había quedado despierto toda la noche hablando con su mejor amigo, el que había muerto.

Surgieron las inevitables preguntas sobre la guerra en el norte, pero las respuestas de Fel'annár fueron escuetas y vagas.

Sabía que los había dejado insatisfechos, pero hablar de su victoria ahora se sentiría como las secuelas de la guerra, no como el amanecer de la que sería, tal vez, su batalla más grande.

En su mente, conocía la importancia de mantener la concentración, de canalizar sus pensamientos y sentimientos solo hacia lo que pudiera ayudar y no estorbar.

Fel'annár sabía que Bulan, Hobin y Gor'sadén lo comprendían, pues ellos no fueron más comunicativos que él mismo.

Solo podía rezar para que hubiera tiempo y oportunidad de relatar sus hazañas en los días venideros.

Pero antes, debían encontrar la manera de defenderse de la mayor amenaza a la que se había enfrentado jamás Ea Uaré.

Después del desayuno, el grupo se dirigió a las almenas. El Círculo Interior se relevaría en una hora, y Fel'annár aún no había visto qué preparativos se habían realizado. Mientras se dirigían a la torre más cercana, un civil les gritó desde las puertas.

Fel'annár se volvió hacia él y vio al nutrido grupo de refugiados que se preparaban para partir hacia el bosque. Lo observaban desde lejos, esperando una respuesta a la pregunta que todos tenían en la punta de la lengua.

—¿Es seguro el bosque, Señor de la Guerra?

—El bosque es seguro. Si los Desviados atacan, corred hacia los árboles. Yo sabré si hay peligro. Ningún enemigo os hará daño allí, no mientras yo viva.

El elfo lo miró fijamente, se ajustó el saco de tela al hombro y luego se inclinó profundamente. Fel'annár lo saludó con la cabeza y luego se dirigió a la torre y subió.

Turion lo miró con curiosidad en los ojos.

El comandante había estado en el consejo mental y seguramente sabía cuánto había crecido el don de Fel'annár, pero podía ver las dudas en su mirada, la esperanza de que sus afirmaciones no hubieran sido vanas, de que todos aquellos civiles que se habían marchado antes, y los que aún se estaban yendo, estarían de verdad a salvo.

Era algo de lo que se ocuparía más tarde.

Los guerreros pululaban por las almenas, cargados de suministros; flechas, astillas y antorchas, pesadas tinajas listas para ser llenadas de aceite.

Capitanes y tenientes gritaban sus órdenes, supervisaban a los novicios, ayudaban cuando el tiempo se lo permitía.

Todo el mundo parecía saber exactamente lo que estaba haciendo.