16 Mi Capitán #4
El comandante frunció el ceño, con los ojos de nuevo en el embozado Ari'atór. —¿Y qué tiene esto que ver con él? —Turion señaló a la figura encapuchada.
—Bueno. —Rinon se inclinó hacia delante, entrelazando las manos ante sí—. Este es Azure.
La confusión mantuvo la lengua de Turion en su sitio, le hizo fruncir el entrecejo y le tensó las comisuras de los labios. —¿Qué quieres…?
—Es cierto, Turion. Escúchale. No soy como era antes, ni como tú me conociste.
Esa voz, ese tono, el acento de un Ari'atór que había vivido en muchos lugares.
—¿Quién… quién eres tú para que yo deba conocerte? —Turion se puso en pie, con los ojos anclados en la capucha y la mente luchando con esa voz, una que conocía pero que no lograba ubicar.
La figura se levantó y se echó la capucha hacia atrás. —Soy yo, amigo mío. He vuelto por un tiempo.
Mil fragmentos de hielo causaron estragos en Turion y este dio un paso atrás, con la piel ardiendo y a la vez helada, los ojos tan abiertos que seguramente le dolían y el corazón martilleando en el pecho.
Era Lainon quien le devolvía la mirada. Lainon el Ber'ator.
Lainon, que había muerto defendiendo a Fel'annár en las frías, frías montañas de la Madre Patria.
—Moriste… —No fue más que un susurro ronco.
—Sí. Lo recuerdo. —Dio un paso más cerca, mientras Rinon y Bulan se levantaban también, observando a Turion mientras la realidad se negaba a calar.
—No es posible. Regresar del Camino Corto, cruzar las fronteras entre un mundo y el siguiente…
—Es posible, para unos pocos, y por razones específicas que solo Aria puede revelar. Estoy aquí para ayudarte, una última vez, amigo mío.
Turion negaba con la cabeza, incapaz de avanzar más allá de su pregunta, una que Lainon no había respondido.
—No hay más que contar, amigo mío. Es así de sencillo. Estoy aquí, y me alegra muchísimo volver a verte, mi capitán.
Las lágrimas llenaron los ojos de Turion y este dio un paso adelante, escudriñando el rostro de Lainon. Era el mismo rostro, ni más viejo ni más joven, pero los ojos eran más brillantes, más sabios, llenos de una cualidad de otro mundo que no tenía palabras para describir.
Se abrazaron con las manos aferrándose desesperadamente. —Realmente has vuelto, en carne y hueso, y no como un espectro venido para hacerme mear de miedo…
Rinon resopló mientras observaba, mientras que Bulan sonrió.
—En carne y hueso, por el tiempo que dure esta guerra.
—¿Y después? ¿No te quedarás?
—No sé dónde debo servir ni en qué calidad. Un deber a la vez, Turion. Es todo lo que sé.
—¡Dioses santos, Lainon!, pero las cosas que hicimos juntos, los caminos que recorrimos y las verdades que descubrimos por el camino.
—Fel'annár, sí. Tú lo encontraste.
Bulan se acercó más. —¿A qué te refieres con que lo encontrasteis?
Lainon se apartó de Turion, permitiendo que el capitán y el príncipe se unieran a la conversación.
En los minutos que siguieron, Lainon y Turion compartieron su historia de cómo habían guiado a Fel'annár en la senda de un novicio guerrero, de cómo, juntos, habían lidiado con sus poderes emergentes.
Finalmente, hablaron de cómo Lainon le había revelado la verdadera identidad de Fel'annár tras encontrarse accidentalmente cara a cara con Handir.
Bulan se acercó a los dos amigos reunidos, mirándolos a uno y a otro.
—Entonces os debo a ambos una deuda de gratitud por lo que hicisteis por mi sobrino.
Era ingenuo y ajeno a todo, lidiando con una habilidad que no comprendía, y que probablemente aún no comprenda.
Ahora sé por qué os tiene tanto aprecio a los dos.
—Bulan puso una mano en el hombro de cada uno—. Sois mi familia ahora, si aceptáis.
Turion hizo una inclinación, mientras que Lainon sonrió con suavidad.
—Y supongo que yo debería decir lo mismo —murmuró Rinon pensativo—.
No me alegré de su llegada, no podía ver más allá de lo que significaba para mi madre y mis hermanos.
Me ofendí con su mera presencia porque mi ira hacia mi padre se había convertido en mi motor.
Pero cuando esa ira empezó a disiparse, comencé a ver a través de las nubes del resentimiento.
Con esta historia me habéis iluminado, me habéis dado una perspectiva diferente de Fel'annár el niño, el novicio guerrero que podía hablar con los árboles y que nunca había tenido el lujo de una familia salvo por su tía.
Conozco el resto de la historia, de cómo os las arreglasteis para meterlo en la comitiva de Handir a Tar'eastór, y de cómo Pan'assár frustró parte de vuestro plan yendo él mismo.
Turion resopló y sacudió la cabeza. —A menudo me pregunto cómo habrían cambiado las cosas si hubiera sido yo quien comandara esa misión.
Resulta que Pan'assár regresó como un elfo cambiado, compungido y arrepentido de su afinidad con el movimiento de Band'orán.
Tú, sin embargo, nunca regresaste. —Turion se volvió hacia Lainon, sonriendo al hermano que había perdido.
—Hasta hoy —añadió Lainon.
—Lo que no entiendo es lo que ha dicho Rinon antes. Que eres un ave de caza.
Lainon sostuvo la mirada de su amigo. —Fel'annár tiene su don, y yo tengo el mío.
—Y no te lo creerás hasta que lo veas —dijo Rinon, dejando a Turion aún más perplejo de lo que ya estaba.
La puerta de los aposentos de Fel'annár y Llyniel se cerró de un golpe y la Lestari se encontró cara a cara con su alma gemela; los ojos eran fieros, casi crueles en su intensidad. Ella se estremeció, sintiendo las oleadas de emoción como el dosel verde del Bosque Profundo en un vendaval de otoño.
Él presionó los labios contra los de ella en un beso suave, lleno de anhelo y desesperación. Ella respondió con un deseo egoísta, profundizándolo con la boca abierta e invitante.
Pero ella había visto a través del velo, más allá de las capas de subterfugio. Sentía el agotamiento, la fatiga en los músculos y el latido en la mente que le decía que esta guerra no le había resultado fácil al alma.
Tendría cuidado de no prolongarlo, de no extraerle la verdad y dejarlo como un guerrero mermado para la guerra que aún estaba por venir.
Le conocía, le conocía mejor que nadie. Él necesitaba conservar ese escudo, esa ilusión de bienestar.
Necesitaba decirse a sí mismo y a los demás que podía continuar, que podía seguir adelante y guiar a sus guerreros a una guerra que seguramente no podrían ganar; esta vez no.
Pero sabía que lo intentaría, que moriría en el intento si eso era lo que hacía falta. Le odiaba por eso.
Se apartó, trazando con el dedo un ojo cerrado, observando con fascinación cómo se abría y la pupila se dilataba.
—Hay un baño caliente esperándote.
—Me quedaré dormido.
—Lo sé. Pero yo no. Me quedaré a tu lado, velaré por ti, daré gracias a Aria porque sigues en este mundo, me convenceré de que te quedarás un poco más, otro minuto, una hora. Otro día, una semana más.
Fel'annár la estrechó en los brazos, apoyando la pesada cabeza sobre la de ella. Solo quería quedarse allí, dormir en sus brazos y no pensar en el mañana.
—Cuando Taniq tomó mi mano y te vi en aquel lugar entre los árboles… te veías tan bien, tan fuerte y sano. Parecías un príncipe guerrero, amor mío, y sin embargo, mírate ahora, agotado de cuerpo y alma.
—Viste lo que quería que vieras —sonrió él sobre la cabeza de ella—. Me alegra que funcionara.