Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 15 Por Toda La Eternidad #5
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15 Por Toda La Eternidad #5

Contaron la historia de los Segadores del norte, de cómo habían sembrado el terror en los corazones de los inmortales.

Hablaron de la Madre, de cómo surgió de las arenas, magnífica mientras se retorcía, dejando un rastro de devastación como nunca habían visto.

Pero, inevitablemente, la conversación siempre derivaba hacia el mago; de cómo él y las raíces gigantes la habían derribado, de cómo cargaron después sobre los elfos, brindándoles un techo protector incluso mientras atacaban a sus guerreros.

Dijeron que habrían ganado de no haber sido por el mago y sus poderes.

Magia, sucesos antinaturales, un elfo alado que era un ave de caza negra.

Aquello les ponía la piel de gallina, y Gra'dón sabía que tendría que animar a sus guerreros, advertirlos para que el pánico no se apoderara de ellos antes de la batalla.

Pero, sobre todo, pensaba en las penurias de sus hermanos, en lo mucho que habían compartido el sueño de una familia reunida, de cruzar la Fuente como era su derecho, inmortales como eran.

Se inclinó, alargó la mano hacia el cofre y lo abrió. Apartó el retrato y rebuscó entre las gemas. Escogió dos y las sostuvo en la palma de las manos.

—Una perla marina para mi valiente jefe Janveh.

Un rubí para mi intrépido jefe Sondak. Me habéis servido bien, habéis cruzado territorio enemigo, heridos y solos, para informarme del destino de mis hermanos.

Cabalgaréis conmigo a la guerra, a lomos de Lagartos de Gas.

Juntos aplastaremos a los inmortales, haremos nuestras estas tierras y luego veremos si todos podemos reclamar la eternidad para nosotros mismos.

Los jefes murmuraron y asintieron con la vista puesta en las gemas que tanto codiciaban.

Pero Sondak no miraba el regalo de Gra'dón.

En su lugar, mantenía la vista fija en el retrato que estaba junto al cofre.

Con los ojos ambarinos muy abiertos, giró la cabeza hacia Janveh, a su lado.

Pero este estaba preocupado con su nueva adquisición.

Sondak captó la mirada de Gra'dón y abrió la boca para hablar.

—¿Qué ocurre, jefe?

—El... el retrato.

Gra'dón frunció el ceño, lo miró y luego volvió a mirar a Sondak. —¿Qué pasa con él?

—Es él.

Al lado de Sondak, Janveh apartó la vista de la joya y siguió la línea de visión de su amigo hacia la figura inacabada de Fel'annár.

—Madre santa…

Gra'dón se incorporó, tomó el retrato y lo mostró. —¿A quién veis?

Sondak apartó la mirada y se obligó a mirar a su comandante.

—Veo al Plateado. Portador de vorágines, Maestro de Árboles… ¡Veo al mago, Emperador!

Gra'dón se puso en pie, mirando a Sondak con ojos incrédulos como si este hubiera perdido el juicio, y luego al retrato que le había fascinado desde que lo vio por primera vez.

Este era el mago, su perdición, el asesino de Key'hán y Xar'dón, un bastardo real.

Tomó el retrato inacabado de la mesa y se lo acercó a la cara. Contempló los brillantes ojos verdes, el cabello largo al que el artista aún no había dado color, la figura alta y fuerte de un guerrero.

No lo bastante alto. No lo bastante fuerte.

Cerró los dedos hasta que la mano fue una garra, y el retrato quedó arrugado en su interior.

—Debemos preparar un plan contra él, tal como hicimos en Abiren'á. Falló debido a esas hojas que decís que tienen los elfos…

—No todos ellos, señor —ofreció Janveh desde donde él y los otros jefes estaban ahora de pie—. Solo uno de sus señores guerreros tenía esa espada. Los otros le protegían para que pudiera romper las líneas.

—No hay árboles cerca de las murallas de la ciudad.

—Él también usa las raíces.

—Aun así, están demasiado lejos para serle de utilidad… ¿a menos que pueda hacer que caminen? —Gra'dón se volvió hacia Sondak con mirada inquisitiva.

—No vimos árboles que caminaran, señor. Se movían de un lado a otro, agitaban sus ramas, las usaban como garrotes y espadas. Pero no se desenraizaban.

—Debemos tenerle en cuenta en nuestra estrategia. Quiero a todos mis jefes aquí mañana al amanecer.

Los jefes hicieron una profunda reverencia, intercambiando una mirada de incertidumbre. La cena, sin duda, había terminado.

—Podéis retiraros.

Ya solo en la tienda, Gra'dón miró el puño cerrado y lo abrió lentamente. Vio cómo el lienzo se desplegaba, y los pliegues sobre la figura inacabada del mago distorsionaban su rostro, dándole un aspecto feroz y peligroso.

—Te quitaré la vida, Plateado. Por Key'hán y Xar'dón, te arrancaré los ojos de la cabeza y los machacaré contra el suelo.

Te sacaré el hígado y te lo meteré por la garganta, veré cómo te asfixias con él.

Ensartaré tu cuerpo en la pica más alta y te exhibiré como los estandartes de Jezarion para luego dar tu cadáver como alimento a los Lagartos de Gas.

Tallaré tus huesos para hacerme un yelmo y lo llevaré como recordatorio de tu caída.

—Escúchame, mago. Si me ves, corre. Corre hasta los confines más lejanos del mundo y sabe que siempre te daré caza, incluso en tus sueños.

Los pelágicos eran conocidos por su habilidad para moverse por el agua.

Pero eran los guerreros, con su agotador entrenamiento, quienes destacaban como los mejores nadadores, con una capacidad inigualable para aguantar la respiración durante minutos.