13 Sombras del Pasado
Sombras del Pasado
Macurian podía oír murmullos, las palabras susurradas de otros prisioneros. Se preguntaba cuánto tiempo llevarían allí.
Kalan, uno de los tres guardias que había identificado hasta el momento, estaba terminando su ronda, repartiendo comida por las celdas con las llaves tintineando en la penumbra. Pronto llegaría el momento de apagar su vela y se vería sumido en la oscuridad total de las mazmorras del rey Thargodén.
Una de las paredes no era más que barrotes de hierro que separaban su mezquino espacio del corredor exterior.
Frente a él y a ambos lados se encontraban los doscientos veinte guerreros restantes que se habían atrevido a entrenar en el Kal'hamén'Ar con alguien que no era un Maestro.
Habían servido a Lord Band'orán, traicionado el linaje de Or'Talán y matado a sus compañeros guerreros, a quienes una vez llamaron hermanos.
Incluso si alguna vez salían de allí, para ser ejecutados o exiliados, Macurian dudaba que llegaran muy lejos antes de que alguien les rebanara el pescuezo.
Ya había escuchado sus susurros y tomado buena nota de lo que decían y de cómo lo decían. Tenían miedo de comer, y Macurian no podía culparlos por ello. Afirmaban que su comida había sido envenenada, una suposición razonable dadas las circunstancias. Se lo mencionaría a Rinon.
Algo golpeó contra los barrotes de hierro de su celda y una voz gritó desde algún lugar más allá.
—Callaos, escoria renegada.
Macurian se levantó, alargó la mano hacia los barrotes y apoyó la frente contra ellos, asimilando su nueva realidad, una que podría durar una eternidad si Handir así lo deseaba.
Podría salir de allí sin problemas; tenía décadas de práctica escapando de mazmorras, y la seguridad de los calabozos de Ea Uaré no era nada comparada con los de Pelagia en los que se había infiltrado recientemente.
Pero no quería huir, ya no. Quería cambiar de vida, pero debía asegurarse de no morir por causas naturales.
Los Ilícitos aún no habían sido sentenciados.
Cabía la posibilidad de que se les permitiera recorrer el Camino Largo.
Su castigo terminaría en el momento en que cruzaran la Fuente, pero el príncipe menor de Ea Uaré pensaba que tal vez hubiera una oportunidad de utilizarlos.
Los dioses sabían que necesitaban cada espada, cada arco.
A pesar del carácter ilegal de su entrenamiento y de su disposición a traicionar a Thargodén, eran, sin duda alguna, guerreros excelentes.
Handir hacía bien en explorar esa posibilidad, al menos.
—¿Quién eres? —Una voz suave, seguramente del elfo de la celda de al lado.
—Macurian.
Un momento de silencio. Podía imaginar a los demás escuchando, curiosos por su identidad y sus faltas.
—¿Y qué has hecho tú, Macurian?
Soltó un resoplido, escuchando cómo resonaba, como si se burlara de él, desafiándolo a hablar de las atrocidades que había cometido. Pero antes de que pudiera contenerse, respondió a la voz sin rostro, una de las muchas almas solitarias de aquel lugar.
—Intenté matar al Señor de la Guerra.
No hubo respuesta, y Macurian dedujo que debían de ser silvanos. Tendría que andarse con ojo con aquellos Ilícitos.
—Nosotros también.
Macurian se sobresaltó y separó la cabeza de los fríos barrotes.
—Pero es demasiado tarde para arrepentimientos. El rey nos ha condenado a muerte, al igual que seguramente te pasará a ti, Macurian. No nos encontraremos más allá del Velo.
La Sombra frunció el ceño, recurrió a su memoria sin igual y recordó las palabras exactas que el príncipe había usado para referirse a aquellos guerreros apenas unos días antes.
Es previsible que sean sentenciados al exilio, Jarabon. Al menos ese es el deseo de mi padre, aunque dudo que el asunto se haya llevado aún ante el Consejo Real.
—¿Quién os ha dicho eso?
—¿Qué más da, Macurian?
—Importa. Quienquiera que os dijera eso está mintiendo.
El silencio regresó, pero pronto comenzaron los murmullos y el ruido fue creciendo lentamente.
—Si pudiéramos creerte... si se supiera que aún no hemos sido sentenciados... puede que al final todos acabemos muriendo de causas naturales.
—Y por eso él o ella que mintió no debe descubrir que lo sabéis. Podemos usar esta información en nuestro beneficio.
—No lo entiendo.
—Lo harás. Ahora, escucha con atención.
—¿Escuchar qué, Sombra? ¿Causando problemas entre los prisioneros? A los guardias nos han advertido sobre tus formas poco fiables. Es hora de un pequeño cambio de aires.
El carcelero abrió la puerta de su celda, le puso los grilletes en las muñecas y lo empujó por el pasillo bajo la atenta mirada de los Ilícitos. Habría sido tan fácil escapar... Pero se lo había prometido a Handir y le había dicho a Rinon que no lo haría.
Giraron a la derecha y caminaron hasta el final de lo que Macurian sabía que era el ala de aislamiento. Abrieron una pesada puerta de metal, lo empujaron dentro y le obligaron a ponerse de cara a la pared. Kalan le quitó los grilletes y luego cerró la puerta de un golpe.
Los ojos de Macurian tardaron un momento en acostumbrarse a la oscuridad. Tuvo suerte de contar con la pequeña ventana, casi pegada al techo. Era suficiente para que un jirón de luz entrara en la habitación prácticamente vacía.
Había tanto silencio allí, sin nadie con quien hablar. ¿Cómo iba a llevar a cabo su misión para Handir desde aquel sitio?
Maldijo en cuatro lenguas, se sentó pesadamente en un banco de piedra y reflexionó sobre su situación.
Aquella noche, su plato de comida se quedó intacto.
Era de noche en los aposentos del rey, y Rinon estaba sentado con una camisa holgada y calzas, el pelo húmedo y los pies descalzos ante el fuego. A su lado, Maeneth estaba sentada hombro con hombro con su gemelo, con la vista fija en su hermano y en sus ojos hinchados.
Rinon se había perdido la cena tras quedarse dormido en su habitación, todavía vestido con el uniforme desgastado por el viaje.
Maeneth y Sontúr habían estado trabajando en el Gremio Académico, estudiando e investigando la lanza de fuego, pero Sontúr probablemente había advertido que ella necesitaba regresar para ver a Rinon, así que se había ofrecido a quedarse.
Trabajaría solo hasta que ella volviera.
Handir había compartido los detalles de la aparición de Macurian y su posterior misión con ella y su padre, mientras Rinon sorbía su vino pensativo. Handir lo observaba, preguntándose en qué estaría pensando, pero la pregunta de Maeneth lo distrajo.
—Deberías traer a Sorei a cenar, presentárnosla formalmente. —Maeneth miró a Handir y luego volvió a volverse hacia Rinon, observándolo de cerca.
—Se lo pediré, si mi padre lo considera oportuno. —Bebió, con la mandíbula un poco demasiado tensa.
—¿Debería considerarlo? —Thargodén se inclinó hacia delante, copa en mano.
Rinon no esperaba aquello; se quedó mirando a su padre mientras sopesaba sus próximas palabras.
—Sí.
Apartó la mirada del rey a la fuerza y miró el interior de su copa, casi vacía. —Visitaré al ex-Sombra mañana, veré si ha oído algo sobre esos Ilícitos.
Si Maeneth se sintió decepcionada por el súbito cambio de tema de Rinon, no se le notó.
—Es un traidor, Rinon —murmuró el rey.
—Y sin embargo Macurian hizo algo enormemente valiente, padre. Arriesgó su vida para sacar a Airen de Dan'bar y recuperar esa lanza de fuego. Puede que nos dé una oportunidad de defendernos contra este monstruo que viene.
—Eso no cambia el hecho de que hiciera esas cosas, y este rey no ve con buenos ojos a cualquiera que amenace a su familia, Rinon. Específicamente, intentó matar a mi hijo.
—Tienes razón. Pero tiene una historia que contar —murmuró Rinon, y luego bebió de su propia copa—. Tenía un motivo poderoso para rescatar a Airen. Parecía sincero cuando Handir lo interrogó.
Thargodén miró fijamente a su pensativo hijo y frunció los labios. —Habla con él si quieres, pero no pienso ponerlo en libertad pronto.
Rinon miró los ojos pétreos de su padre, sabiendo que no cedería.
Respiró profundamente. Solo él había visto al ex-Sombra en acción, sabía que, de haberlo deseado, Macurian podría haber evadido la captura.
Pero no lo había hecho. Se había limitado a quedarse allí, poniendo las manos tras la espalda porque Handir se lo había pedido.
Macurian estaba diciendo la verdad. ¿Pero podía Rinon confiar en él, sabiendo que había muchos en Ea Uaré que pagarían una suma generosa por la cabeza de Fel'annár? No estaba seguro de que pudiera, al menos todavía no.
El rostro de su antiguo amigo Sar'pén se materializó en su mente, recordándole que nunca debía omitir los detalles, diciéndole que hacía bien en sospechar.
Se puso en pie y se pasó una mano por el pelo suelto.
—Voy a que me dé un poco el aire fresco.
—Duerme un poco, hermano. Mañana será un día ajetreado para todos nosotros.
—¿Empezaréis a trabajar en esas lanzas de fuego?
—Sontúr y yo hemos estado trabajando en ellas durante todo el día. Incluso ahora él está en el Gremio. Me uniré a él dentro de un rato. Tenemos la intención de trabajar toda la noche, ver si podemos preparar un prototipo para probarlo mañana por la tarde.
Rinon miró a su hermana y logró esbozar una débil sonrisa. Con un asentimiento poco entusiasta a su padre y a su hermano, se marchó.
En cuanto la puerta se cerró con un clic, Handir se volvió hacia Maeneth. —¿Así que sabías que era serio?
—El hecho de que nunca hablara de Sorei, de que intentara restarle importancia a sus sentimientos por ella... Siempre lo sospeché.
—Bueno, desde luego no se contuvo en el patio. Toda la ciudad vio ese beso —dijo Handir.
—No creo que lo planeara así, hermano. Creo que había mantenido sus sentimientos tan apretados tras ese muro de hielo que cultiva... que simplemente se le escaparon.
—Eso no es propio de Rinon —murmuró el rey.
—No, no lo es. Ha cambiado. Ella lo ha cambiado.