11 Consejo Mental #4
Fel'annár deseó poder hablarles de la búsqueda de los reyes pelágicos, de la esperanza que albergaban de encontrar el Fuego antes que el enemigo, y luego encontrar alguna forma de transportarlo con seguridad, antes de la llegada de los invasores.
Pero no podía, porque hacerlo suscitaría la pregunta de cómo lo sabía y quién haría tal cosa.
Fel'annár no podía escuchar en ningún lugar cercano al mar, y Turion lo sabía.
Esta vez, tanto Turion como Taniq se desvanecieron un poco, y Fel'annár forcejeó con la conexión en su mente.
—Estoy perdiendo la conexión. Debemos deliberar una vez que el General Rinon haya vuelto de la costa. Sin embargo, a este paso, estaremos en casa mucho antes de lo que previmos.
Turion asintió y los ojos de Fel'annár se dirigieron a la Oyente Taniq.
—Bendigo el día en que vinisteis a la ciudad, Taniq de Ea Nanú. Si no fuera por vos, nada de esto sería posible.
—Me alegra haberos servido, príncipe mío.
Fel'annár frunció el ceño, ladeó la cabeza y observó cómo la mujer se giraba hacia un lado.
—¿Qué ocurre?
—Si… si me lo permitís…
Fel'annár no tenía idea de a qué se refería. Turion, Yerái y Taniq se desvanecieron mientras otra figura se materializaba a medias.
Mientras la figura se solidificaba, Fel'annár la sintió antes de verla. El frío que le rodeaba se volvió más gélido, la luz plateada de la luna dio paso a los colores más cálidos de un atardecer de verano. Allí, de pie ante él, no del todo en carne y hueso, estaba Llyniel.
Una poderosa sensación de pertenencia le embargó, pues la mitad de su alma había regresado, encajando en su lugar sin esfuerzo.
A pesar de aquel lugar de belleza divina, los ojos color miel de ella estaban fijos en él mientras caminaba hacia ella, y Azure emprendió el vuelo.
Los pensamientos sobre la guerra, la estrategia y la inteligencia flotaron lejos con los vientos del bosque, lavados de su mente por el amor que sentía en su corazón por la mujer que le veía acercarse, con una mano extendida como queriendo tocarle.
Y entonces estuvo ante ella, su propia mano tocando la suya, atravesándola como la niebla del amanecer, cargada con la promesa del rocío matutino. Deseaba saborearlo, embriagador y especiado en su lengua, estrecharla contra él y quedarse allí, a su lado, en la mismísima cima del mundo.
—Llyniel.
Los ojos de ella se inundaron de lágrimas, aunque sonreía, mientras sus dedos translúcidos rozaban su rostro, su cabello; sus ojos buscaban la seguridad de su bienestar.
—Si pudiera detener el tiempo ahora, aquí en los cielos, solo tú y yo, congelados en este largo camino que hemos recorrido. Me quedaría así por toda la eternidad, contemplando mi amor en tus ojos.
Los labios de Llyniel se curvaron en una sonrisa de victoria.
—Pase lo que pase ahora, Fel'annár… aunque no regresaras nunca a mi lado, siempre estaré aquí, en el paraíso, contigo.
Él pudo sentir sus propias lágrimas cayendo, calientes sobre su rostro, incluso cuando la luz a su alrededor se volvió más brillante, borrando todos los colores del mundo; lo único que quedaba era amor.
Llyniel se había ido y, justo antes de que su conexión fallara por completo, alcanzó a ver una pequeña figura tallada, posada modestamente sobre la mesa redonda de piedra.
Frunció el ceño, extendió la mano, la tomó entre sus dedos y le dio la vuelta en su mano.
Cerrando el puño sobre ella, se la guardó en el bolsillo.
Muy lejos, al sur de Ea Uaré, Fel'annár dio un respingo y se encontró tendido de espaldas sobre las raíces del Centinela. Tensári lo observaba desde donde estaba sentada con las piernas cruzadas, cerca de él.
Jadeó, se incorporó sobre sus talones y se limpió las lágrimas que inundaban su rostro.
—Dioses misericordiosos…
—No siempre. ¿Qué ha pasado?
Fel'annár soltó una carcajada, luego intentó reprimirla y no pudo. Se puso en pie y dio una vuelta completa sobre sí mismo, con los ojos incapaces de fijarse en nada, pues aún podía ver Anora y la sonrisa desvanecida de Llyniel con su mundo forestal como telón de fondo.
En todos sus años, algunos memorables y otros brutales, nunca había experimentado un momento de belleza como aquel.
Jamás podría describírselo a alguien que no hubiera estado allí, que no lo hubiera visto con sus propios ojos.
Fel'annár no era Carodel, ni tampoco Marhené, para poder poner palabras a sus emociones.
—Yo… he hablado con Yerái, con Turion y con la Oyente Taniq. Las Hermanas me han prestado su perspectiva.
—¿Qué perspectiva?
Fel'annár comprendió de pronto que no debería decir nada más. —Un lugar que conjuré en mi mente. Las Hermanas ayudaron a… transportarlos de algún modo. Vieron lo que yo vi.
—Debió de ser espectacular. Nunca pensé que tuvieras una imaginación tan vívida.
Un resoplido, un eco de risa. —¡Ni yo tampoco!
—Bueno, si has terminado, deberíamos regresar. Los demás estarán ansiosos.
Fel'annár se volvió hacia su Ber'ator, deseando con todo su corazón poder llevarla a Anora para que pudiera hablar con Lainon, tal vez incluso ver su verdadera forma en un lugar que no fuera un campo de batalla.
Su encuentro con Turion y, en última instancia, con Llyniel, se había producido gracias a la Oyente Taniq. La próxima vez que hablaran, le preguntaría si sabía algo de Ankelar de Ea Nanú, si tenía alguna pista de quién había sido su familia.
Abrió la mano derecha y bajó la vista hacia la pequeña talla.
Era un guiverno.
Frunció el ceño mientras se agitaban en su interior los recuerdos de su incursión en el Bosque Perenne. Se la guardó en el bolsillo, preguntándose cómo había sido capaz de traer algo tangible de un lugar que había imaginado en su mente.
Llyniel estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo, cerca del borde de la meseta. Ante ella, el Bosque Perenne se extendía hasta el horizonte de medianoche bajo sus pies.
Taniq y Turion se habían marchado, aturdidos y sin palabras, capaces tan solo de decir que habían hablado con el Señor de la Guerra y de prometer que asistirían al Consejo de Guerra al día siguiente.
Thargodén lo había permitido; a buen seguro habría visto el estado de los tres cuando la ilusión se desvaneció y comprendieron exactamente lo que había sucedido: lo que Fel'annár había hecho.
De algún modo, se habían encontrado en un lugar tan maravilloso que sabía que nunca podría expresar cómo la había hecho sentir. Ella había llegado cuando el consejo había terminado y, bendita sea Taniq, se le había ocurrido dejar que Llyniel vislumbrara a su alma gemela.
¿Cómo lo había hecho? ¿Habían visto todos lo mismo? ¿Aquel lugar entre las nubes? ¿El bosque desde los cielos? ¿La madera tallada y la mesa de piedra? ¿El ave de caza en el hombro de Fel'annár?
Conocía bien las habilidades de Fel'annár.
Escuchaba al bosque, podía oír lo extraordinario tras lo ordinario, podía conjurar a los árboles para que se movieran a su voluntad.
¿Pero esto? Debería haberla asustado, pero en cambio sentía un poderoso sentido de pertenencia a la tierra y a su señor, al guerrero, Sol Verde, el elfo al que había intentado no amar.
Sonrió donde estaba sentada y, aunque él estaba lejos, una alegría renacida la recorrió para luego instalarse en su pecho, pesada y brillante: fortalecedora.
Sabía que nunca la abandonaría, ni siquiera en la muerte.
El teniente Xiané nunca, en todos sus siglos de vida, había sido atacado por aves de caza.
Estaba acostumbrado a los alcatraces de vuelo bajo, a su comportamiento territorial y sus tácticas de disuasión, pero aquellas aves casi le habían arrancado el pelo.
Xiané había matado a un guardia, le había quitado la ropa y se dirigía a las puertas laterales del palacio del rey. Pero antes de que pudiera siquiera salir del callejón donde se ocultaba, dos criaturas parecidas a halcones se habían lanzado directas a por él.
Se alisó el pelo gris bajo su amplia capucha y lo intentó de nuevo. Sabía dónde estaban, posadas en lo alto del gremio de artistas, desde donde una frondosa cascada de vegetación descendía por el frente y los laterales del edificio.
Miró hacia arriba y vio que lo observaban, pero esta vez estaban totalmente quietas, vigilando mientras él se aproximaba a la puerta lateral.
Estaba custodiada.
Xiané echó mano de su daga, apoyando la mano derecha sobre el pomo mientras se acercaba a la puerta, lo bastante despacio para permitir que el Señor de la Arena que tenía delante entrara.
A solas tras el guardia, se acercó, recorriendo con la mirada el uniforme del Señor de la Arena, buscando un hueco en su armadura.
Lo encontró y, antes de que el guardia pudiera abrir la boca, Xiané le hundió la daga en la base del cuello.
Sin más sonido que el de la sangre derramada, arrastró al guerrero, que aún sufría espasmos, tras el edificio, esperó a que se quedara quieto y luego lo ocultó.
Otros acabarían por encontrarlo, pero aquello le daría tiempo suficiente para llegar a donde solo podía suponer que se habían refugiado los reyes.
Entró y apenas pudo contener un grito cuando un roedor pasó corriendo a su lado. Siempre había odiado a las ratas, los ratones y todo lo pequeño, rápido y peludo. Le daban escalofríos.
Empezó a descender, ocultándose de los pocos calrazianos con los que se cruzaba. Aquí abajo, la mayoría eran civiles. Cocineros y sirvientes, supuso. Pero a medida que descendía, el ambiente se volvía más silencioso y húmedo.
Estaba tres plantas más abajo, solo en aquel lugar cavernoso, pero sabía cuál de los tres pasadizos tomar.
Tras coger un candelero de la pared, caminó con cuidado hasta llegar al final de un largo pasillo.
Aún solo, buscó una pequeña talla, exactamente donde el capitán Airen dijo que la encontraría.
Sus dedos encajaron a la perfección en las muescas.
Algo hizo clic y una grieta en la pared se convirtió en el contorno de una puerta. Alargó la mano y empujó, sintió que la roca cedía y luego giraba hacia dentro.