Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 10 Marcado por el Destino #2
28%

10 Marcado por el Destino #2

Maldijo su estupidez por no haber guardado aquella flecha de la bota; observó cómo el Desviado disparaba a otro elfo y luego a otro.

Un guerrero estaba trepando por el tronco y el francotirador apuntó hacia abajo.

Vasanth dio un grito; la distracción fue suficiente para que otro guerrero lo abatiera.

El Desviado cayó al suelo y los elfos vitorearon mientras los últimos Desviados aullaban y huían.

Desde más lejos, el capitán Henú observaba a los guerreros mientras decapitaban a los Desviados y les presentaban las cabezas a los novicios. Era un acto macabro, pero se trataba de una tradición con un propósito, una parte integral del entrenamiento.

No tardó en ocurrir lo inevitable, y los guerreros se rieron cuando los novicios se pusieron blancos, luego verdes y acabaron perdiendo el desayuno entre los arbustos.

Mientras Vasanth bajaba al suelo de un salto y caminaba hacia el grueso de sus guerreros, se prometió a sí misma que el desayuno se quedaría exactamente donde estaba.

De camino hacia el teniente Chandor y el capitán, se cruzó con el novicio al que había ayudado junto al árbol. Él le bloqueó el paso, la miró un momento y luego, para su absoluta sorpresa, hizo una profunda reverencia, como se le hace a una reina.

Los guerreros y novicios lo bastante cerca como para verlo se quedaron mirando. Vasanth avanzó unos centímetros.

—Por favor, no lo hagas —dijo, esperando que la voz no hubiera sonado como una súplica.

—Me has salvado la vida.

—Eso es lo que hacemos. No hay necesidad de dar las gracias.

—Las tienes de todos modos. —Él se irguió ante ella, humilde y agradecido.

—¿Cómo te llamas?

—Salaharon. Sal, para abreviar. ¿Y tú?

—Vasanth. —Le puso una mano en el hombro al pasar, sin ser consciente de que Henú y Chandor los observaban desde lejos. Cuando estuvo lo bastante cerca de ellos, el teniente se volvió hacia ella.

—Vas a necesitar un par de botas nuevas, novicia.

Vasanth tuvo cuidado de no mostrar las emociones con demasiada claridad en el rostro, pero estaba asombrada de que alguien hubiera visto aquel movimiento.

Había visto a Fel'annár practicándolo a través de un resquicio entre los árboles.

No había sido una sesión de Kal'hamén'Ar; nunca habría espiado algo así.

Asintió al teniente y miró a los demás, pero Henú no tardó en situarse ante ella, con las manos a la espalda.

—Bien hecho, novicia.

Por segunda vez se sobresaltó, intentó no sonreír e hizo fuerza para que el rubor de las mejillas desapareciera, pero sentía que le ardían.

Henú llevó las manos al frente, con la cabeza de uno de los Desviados que ella había matado entre ellas.

La miró, al principio con confusión. Pero a medida que los ojos registraban los párpados caídos, la sangre seca y casi negra sobre la boca, las fibras de venas y cartílagos y… se dio la vuelta, corrió hacia los arbustos y vomitó.

A sus espaldas, estallaron risas escandalosas. Era su bautismo de sangre, uno que, sin ella saberlo, era muy similar al día en que Fel'annár había matado a su primer Desviado, no mucho tiempo atrás.

Esa tarde, Gor'sadén tomó su turno en los remos y, mientras remaba, sopesaba las muchas preguntas que le asaltaban sobre la vida, la muerte y el camino de vuelta.

Ber'anor.

Azure había regresado, tal como habían esperado, y aquello lo hizo reflexionar. Lainon debía de haber tenido Sueños de Revelación, igual que Fel'annár. Pero al contrario que el Señor de la Guerra, Pan'assár nunca lo había comprendido. Aunque, por otra parte, él tampoco.

Por primera vez, Gor'sadén se preguntó exactamente cuándo había comprendido Or'Talán su propia naturaleza.

¿Había sido antes de partir hacia Ea Uaré con el sueño de crear un nuevo reino élfico?

¿O lo había utilizado como excusa para llevar a cabo su verdadero propósito?

¿Proteger el Bosque Perenne bajo el pretexto de conquistar nuevas tierras?

¿Y Pan'assár? ¿Cuándo habían empezado sus sueños?

Habría seguido a Or'Talán a cualquier parte, y Gor'sadén también, de no ser porque uno de Los Tres debía quedarse.

Eran los oficiales de mayor rango en el ejército de Vorn'asté.

De hecho, Gor'sadén había querido ir con sus hermanos tanto como había querido quedarse y honrar su juramento al rey de la Madre Patria.

Al final, Gor'sadén optó por quedarse.

Los Tres se separaron, y él se convirtió en el muy amado, profundamente respetado e incluso venerado comandante general de Tar'eastór.

Y sin embargo, curiosamente, su sentido del deber nunca trascendió hacia un sentimiento de pertenencia.

Mientras prosperaba, parecía que también estaba esperando.

Esperando algo que no había comprendido en aquel entonces.

Cuando llegó la noticia de que Or'Talán había perecido en la Batalla bajo el Sol, Gor'sadén quedó desolado, y esperó el regreso de Pan'assár; pero este nunca se produjo hasta aquel día fatídico en que finalmente apareció, viajando con un hijo de Thargodén que ni siquiera sabía que viajaba con él.

Fel'annár era un joven guerrero que había estado dispuesto a sacrificarse para que los supervivientes de su malograda patrulla pudieran llegar a la Madre Patria. Con aquella primera visión de Or'Talán encarnado, el mundo de Gor'sadén cambió en un abrir y cerrar de ojos.

Solo cuando conoció a Fel'annár lo invadió un sentimiento de pertenencia, no en sueños, sino en el mundo real. La fascinación se convirtió en curiosidad y, poco a poco, Gor'sadén se convenció de que su camino consistía en guiar a Fel'annár hacia la grandeza.

Recordaba aquel sentimiento con total claridad.

El Libro Ari de los Iniciados afirmaba que el vínculo entre Ber'ator y Ber'anor era inquebrantable, una fuerza de la naturaleza que los unía con la Luz Guía del Ber'ator, una luz que podía ser entregada a otro en el momento de la muerte.

Pensó en la conexión entre Fel'annár y Tensári, en el vínculo que había existido entre Fel'annár y Lainon.

Era un entendimiento silencioso, como si las palabras no fueran necesarias.

Era una generosidad incondicional, una vida entregada al servicio de la otra.

Era casi como si compartieran una parte de sus mentes, una parte física de sí mismos.

Sentir que se la arrancaban era doloroso, un resultado antinatural, como si le hubieran cercenado un miembro.

Así se habría sentido él si Fel'annár hubiera muerto en la guerra.

Zéndar había entregado su Luz Guía a Hobin, su Ber'anor. Lainon le había entregado la suya a su propio Ber'anor, Fel'annár. Pero el Ber'anor de Pan'assár estaba muerto. Su Luz Guía debería haber regresado a la tierra.

Pero no lo había hecho. En su lugar, había envuelto a Gor'sadén.

Sus sueños de luz y batalla. Sus visiones de peligro y advertencias; no habían sido sueños en absoluto. Eran revelaciones. Hobin tenía razón.

Gor'sadén era un Ber'anor, y su propósito, de algún modo, estaba ligado a Fel'annár.

Pero ¿qué era, exactamente, lo que Aria quería que hiciese?

Kallan miró a ambos lados; estaba solo mientras los guardias de la prisión se preparaban para el cambio de turno. Tras abrir la trampilla de la penúltima puerta, esperó a que Draugolé se acercara.

—Más de cien prisioneros murieron anoche. Los mismos síntomas que los dos Ilícitos.

El Lord tardó un tiempo en responder. De hecho, Kallan estaba igual de confundido. Sabía que se había utilizado veneno con las dos primeras víctimas, pero ¿por qué querría alguien usarlo para matar al azar?

—¿A qué hora ocurrió?

—Empezó a la hora veintitrés.

—¿A qué hora fue la cena?

—A las veintiuna, más tarde de lo habitual. Hubo un... accidente. Se perdió un caldero de sopa. Algún idiota torpe tropezó y lo derramó todo por mis suelos limpios. Se sustituyó por comida de los barracones.

—Me extrañó que la comida fuera inusualmente buena anoche. ¿Es eso lo que comí?

—Sí, ahora que lo mencionas.

El silencio regresó y Kallan se descubrió esperando con el aliento contenido a que Draugolé hablara. Estaba intrigado.

—Kallan. Averigua dónde están Lord Nestar y Lady Melu'sán. Necesito saber dónde están.

Kallan nunca había oído a Draugolé usar ese tono. Había un rastro de desesperación en él. Para su sorpresa, sintió lástima. —Por supuesto. Milord... aún quedan doscientos veinte Ilícitos.

—Nada asegura que esto no vuelva a ocurrir.

—Os traeré vuestra comida del exterior, milord.

—Gracias, Kallan. Cuento contigo para que me informes de su paradero.

—Volveré más tarde. Todo el mundo está en turno doble tras las muertes.

—No voy a ninguna parte, Kalan. Estaré aquí, esperándote, amigo mío.

Había sido un día largo en los hornos.

Turion le había dado a Sorei cincuenta espaderos, y ella había pasado todo el día entrenándolos en los principios y técnicas para crear Synth Blades.

Les había entregado la fórmula y el proceso bajo juramento de secreto.

Luego había comenzado a explicar el proceso paso a paso, de forma extenuante, y mientras los hornos se encendían, ellos habían dado sus primeros y algo inciertos pasos hacia la creación de la síntesis.

La aleación secreta, el método innovador con el que debía trabajarse, sería un secreto no menos guardado que el del Fuego Pelágico.

No le habían pasado desapercibidas las miradas escépticas, las conversaciones susurradas. Pero el comandante Turion había sido claro. Sin discusiones. Sin sugerencias. La creación de Synth Blades era una de las últimas órdenes de Pan'assár y nadie contradiría su decisión.

A medida que pasaran los días, empezarían a verlo y comprenderlo.

Trabajarían más rápido, más convencidos de lo que hacían, y cuando finalmente sostuvieran los frutos de sus creaciones, tendrían en las manos las mejores espadas conocidas en los reinos élficos y dirían que fueron los primeros en trabajar bajo los auspicios de Sorei, Maestra Espadera.

Pero nunca sería lo bastante rápido.